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Los chicos están bien (3)

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Tanto con tan poco

loschicosestanbien00Los chicos están bien demuestra que los años de gran cosecha cinematográfica se distinguen no sólo por la calidad de sus apuestas fuertes, ésas que ya van camino a la posterioridad con sus correspondientes estatuillas, sino por la fertilidad que se respira en un momento donde también tienen lugar pequeños hallazgos o sorpresas tan agradables como imprevistas. Esta pieza inevitablemente menor de producción y también de pretensiones ya sorprendió en los Globos de Oro y llama toda nuestra atención durante la primera semana de su estreno.

Cada vez cuesta más que nos sorprendan, que nos inviten a disfrutar de un par de horas de proyección donde nada de lo venidero vaya a rozar ni lo común ni lo previsible. No es una tarea fácil, y esta medida y sabrosa comedia dramática lo consigue. Empezaría con un elogio a su autora por haber realizado una película sin presunción y con brillo propio.

Julianne Moore y Annette Bening interpretan a Jules y Nic, una pareja homosexual que ha logrado componer una familia tan poco ortodoxa como íntegra. Orgullosas madres de dos adolescentes ejemplares, Joni (Mia Wasikowska) y Laser (Josh Hutcherson),  se enfrentarán a sus miedos más íntimos al descubrir que sus adorados retoños han decido conocer al donante de esperma que permitió sus concepciones.  La buena relación que nace entre los chicos y el supuesto padre biológico (Mark Ruffalo) animará las madres a intentar establecer una normalidad a partir del bizarro encuentro, pero el desconcierto les jugará malas pasadas y a nosotros nos hará gozar de un viaje diferente, fresco y sorprendente, lleno de estímulos y de momentos cómicos. 

Estamos ante un drama familiar que no es ni de la vieja ni de la nueva escuela. No hay rastros de tradicionalismo, y tampoco ningún mensaje nihilista de película revolucionaria. Ni Griffith ni Sam Mendes harían acto de presencia en las influencias que pudiésemos glosar aquí y que no tendrían demasiada importancia. Y es que Chodolenko se lanza ante un experimento híbrido, donde no sabemos si el grueso de la tinta es más cómico que dramático, simplemente nos deja la sensación grata de estar ante un modo de emular la realidad que no necesita ningún manierismo para alcanzar su potente grado de elocuencia.

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El tipo de ficción por el que opta la autora, que a pesar de su experiencia audiovisual debuta oficialmente en la gran pantalla con este largometraje, apuesta por la espontaneidad. Todo efecto viene de la sencillez de un argumento verosímil y casual que tiende de forma natural a su mejor cauce. En este caso, la comedia de situación y  el drama intimista. Diálogos inverosímiles, gestos y silencios van de la mano en este sencillo viaje al fondo de la convivencia humana y al encuentro con la propia soledad.

El conflicto reside en la llegada de un extraño a una familia que ya ha alcanzado su felicidad y que no necesita ni anhela más de lo que tiene. Mark Ruffalo encarna este intruso que llega y se convierte automáticamente en objetivo de múltiples proyecciones. Ante la ternura y la amenaza que despierta la llegada de una presencia masculina, los personajes experimentarán una amarga introspección mostrándonos que, por mucho afán de normalidad que deseemos, ciertas conductas de la psique humana son inevitables. Unos chicos que no pueden evitar silenciar el mito del padre; una madre coraje (Annette Bening), que cae en la trampa del miedo al ver peligrar su matriarcado; otra madre (Julianne Moore) menos carismática que, eclipsada por la mater familias, es víctima de la seducción de ese extraño encantador que, por querer caer bien y no ser descortés con nadie, peca de demasiadas atenciones hacia la familia que no le pertenece y que empieza a desear en su soledad.

Las actrices se salen. Tanto del cliché lésbico como de sus anteriores papeles célebres. Bening (American beauty, Conociendo a Julia, Valmont) se alzó justamente con el Globo de Oro, quizás más sorprendente esta vez que la siempre versátil Julianne Moore (Lejos del cielo, Las horas, Boogie Nights).

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En difícil competición, Ruffalo (Mi vida sin mi, Olvídate de mi, Zodiac) encarna a la perfección ese adulto tardío de hoy, outsider y bonachón que no puede calibrar dónde se ha metido. Un personaje solitario en busca de su propia madurez que queda fascinado por los hijos que le despiertan nuevos objetivos vitales. Los chicos debutantes, bellos focos de atención de la historia, caen en unas jóvenes apuestas en bruto, cuyo brillo y naturalidad dan al film una belleza ligera, muy bien sostenida sobre el minimalismo de una locuacidad natural y sin retórica, que cuenta mucho más de lo que parece pretender.

En su ácida vertiente cómica la película no niega una voluntad de parodiar ciertos clichés no tanto sociales como de pura figuración. No hay que ir más allá del espíritu del género: es sano y de recibo que la familia que atraviesa un drama también pueda ser vista, para nuestro placer, como el espejo de un sainete que no busca otro reflejo social que el de los personajes de verdad. Y en éste la comedia convive con la capacidad de fascinación hacia arquetipos que probablemente hayan nacido antes en la ficción televisiva que en el cine, que los estaría acogiendo por primera vez más desde el respeto por la ficción que desde cualquier voluntad de documentalismo o defensa de tipos sociales o sexuales.

Muchos han tachado la cinta, que viene teniendo una estupenda acogida de crítica y público, de carenciada y moralista. Quizás todavía tenemos demasiados prejuicios para aceptar que hay cosas que el cine todavía no nos había enseñado nunca. Y el microcosmos humano que encarnan Moore, Bening y sus retoños, tal como ha decidido plantearlo Chodolenko, podría ser una de ellas.

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Lo extraño visto como algo cotidiano consigue cargar una atmósfera capaz original, sencilla y entera, que nace de los cruces de comunicación entre cinco personajes. La historia carece de cualquier idea de moralismo intervencionista, y su autoría parece confiar plenamente en unos actores espléndidos que saben llevar a sus gestos la esencia y humildad de unos personajes sin fisuras. Los gestos capturan instantes irrepetibles, aún sin estar ante una pieza histriónica.

Rechazamos el rótulo injusto y facilón de “así tendría que ser una familia homosexual en una sociedad ideal” que algunos le han colgado. Estamos ante una buena dramaturgia y una puesta en escena estudiada y conseguida, y no ante un documento social camuflado en un montaje cuya estética aparenta dejar que los hechos se sucedan unos a otros hacia la construcción de una tesis. Si la franqueza conseguida nos deja la sensación de complacencia que creo que logra, es, precisamente, porque estamos ante una buena pieza de cine.

Algún Oscar de reparto le hubiese dado perdurabilidad a su magnífico clima, pero la mayor importancia de Los chicos están bien será, sin duda, su frescura alentadora. Ese algo esperanzador que corre por su sangre nueva y que nos deja muy satisfechos de haberla visto. Disfrútenla todo lo que puedan.

Escribe Marga Carnicé

 Título  Los chicos están bien
 Título original  The kids are all right
 Directora  Lisa Cholodenko
 País y año  Estados Unidos, 2010
 Duración  109 minutos
 Guión  Lisa Cholodenko y Stuart Blumberg
 Fotografía  Igor Jadue-Lillo
 Música  Carter Burwell
 Distribución  Emon y Vértigo Films
 Intérpretes  Protagonistas principales
 Fecha estreno  25/02/2011
 Página web  www.loschicosestanbien.es/
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