El arte de lo innecesario
Allá por 1936 Walter Benjamin anticipó un concepto que hoy parece muy obvio, pero que entonces no lo era tanto. Fue el primero en hablar de la reproducción técnica de las obras de arte, es decir; que con el avance de las tecnologías se perdería la condición de obra de arte como única e irrepetible. Con una simple cadena de montaje industrial podríamos tener montones de David de Donatello o de Las Meninas de Velázquez, sin necesidad de ser la familia Médici o Felipe IV.
Esto es un avance increíble, debemos agradecer el prodigio de la técnica que puede hacer que cualquiera de nosotros tengamos una película en casa y podamos verla cuando nos dé la gana, o que tengamos una reproducción de ese cuadro de Van Gogh que tanto nos gusta colgado en el salón. Hasta ahí muy bien.
Con Déjame entrar (2010), pasa algo similar a esto. Hace dos años Tomas Alfredson realizó una maravillosa adaptación de la novela de John Ajvide Lindqvist, Déjame entrar. La novela tuvo un éxito arrollador, que se acentuó con la aparición en 2008 de la película de Alfredson, todo un soplo de aire fresco (helado, más bien) en el panorama del cine europeo e internacional, con un enorme éxito de público y de crítica, no en vano, triunfó en los festivales de Sitges (Mejor película europea), Tribeca Film Festival (Mejor película) y los festivales de cine fantástico de San Sebastián y Málaga (Premio del público y Mejor película respectivamente).
Tras el enorme éxito de la película originaria en 2008, la maquinaria hollywoodiense se puso a trabajar en la compra de derechos y sólo dos años después tenemos la cinta de Matt Reeves, responsable de un taquillazo como Monstruoso.
En defensa de la segunda adaptación de Déjame entrar se puede decir que el señor Reeves está perfecto en la dirección. Como es lógico, bebe directamente de lo que ya hizo Alfredson dos años antes, con lo cual, trabajar para intentar mejorar un material ya de por sí excelente me parece ridículo. Y es cierto que esta revisión de Déjame entrar universaliza el mensaje de la anterior.

Hay una auténtica legión de críticos que justifican la realización de esta película diciendo que es más “entendible” para el espectador americano medio. Se desarrolla más o menos en la misma época (principios de los ochenta), pero en Estados Unidos en lugar de los suburbios de Estocolmo. Aparte de esto, tres cositas más la diferencian del original y nada más. En este sentido no es tan infame como otros remakes, como Vanilla Sky (2001) de Cameron Crowe, más que remake, calco sonrojante de Abre los ojos (1997), de Alejandro Amenábar .
Los niños, Kodi Smit-McPhee y Chloe Moretz, están fantásticos, no cabe duda. Por no hablar de la interpretación de Richard Jenkins en el papel del padre de la niña vampiresa; cumplidor, fascinante, con mucho oficio, es uno de esos actores que te remueven por dentro, simplemente su personaje en A dos metros bajo tierra podría dar sentido a toda su carrera, sin necesidad de nada más.

No estoy poniendo en duda la ejecución de Déjame entrar (2010). Es una película muy bien hecha, con un director acertado, unos actores excelentes y una ambientación buena, más cálida que la original, que era como dijo Guillermo del Toro: “Un cuento de hadas glacial, tan delicado, atormentado y poético como nunca había visto”.
El problema de esta película es que es totalmente innecesaria, básicamente porque ya estaba hecha. Y muy bien, además. ¿Alguien se imagina un remake de La chaqueta metálica de Stanley Kubrick dos años después? ¿Verdad que no? Pues eso.
Escribe
| Título | Déjame entrar (Let me in) |
| Título original | Let me in |
| Director | Matt Reeves |
| País y año | Estados Unidos, Reino Unido, Suecia, 2010 |
| Duración | 117 minutos |
| Guión | Matt Reeves |
| Fotografía | Greig Fraser |
| Distribución | Aurum |
| Intérpretes | Chloë Grace Moretz, Kodi Smit-McPhee, Richard Jenkins, Elias Koteas, Sasha Barrese, Cara Buono, Chris Browning |
| Fecha estreno | 22/10/2010 |
| Página web | www.dejameentrarlapelicula.com |
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DÉJAME ENTRAR (LET ME IN) (2)







