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LAS HORAS DEL VERANO (4)

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Título original: L'heure d'été
País, año: Francia, 2008
Dirección: Olivier Assayas
Producción: Charles Gillibert, Marin Karmitz, Nathanaël Karmitz
Guión: Olivier Assayas
Fotografía: Eric Gautier
Montaje: Luc Barnier
Intérpretes:

Juliette Binoche, Edith Scob, Charles Berling, Jérémie Renier, Dominique Reymond, Valérie Bonneton, Isabelle Sadoyan

Duración: 103 minutos
Distribuidora: Baditri
Estreno: 14 noviembre 2008
Página web:  www.lheuredete-film.mk2.com

Trascender
Escribe Daniela T. Montoya

lashorasdelverano1.jpgUn día de verano se reúne la familia Pauly en el caserón campestre de la abuela. Acuden a celebrar el cumpleaños de esta, Hélène (Edith Scob), con apellido de soltera Berthier. En torno a la mesa situada en el frondoso patio, sus hijos y nietos urbanitas se congregan para celebrar el aniversario.

Hasta allí acuden el mayor, Frédéric (Charles Berlina) junto a su tradicional familia parisien; la diseñadora de interiores Adrienne (Juliette Binoche) quien, junto a su novio, se intenta abrir camino en el otro lado del océano, en la capital estadounidense de las vanguardias y el comercio; y el benjamín Jérémie (Jérémie Rénies), responsable comercial de una multinacional deportiva, ha “huido” al polo opuesto con la convicción de que oriente será el centro del desarrollo económico mundial.

Con semejantes perspectivas vitales, serían previsibles roces o encontronazos. Pero es un día especial. Se suceden risas, charlas dispersas y regalos, como un doble teléfono inalámbrico para que la madre pueda mantener el contacto con sus “distantes” hijos. Habrá que instalar susodicho aparato, que parece no encajar en la peculiar infraestructura de la casa. Ésta es como un pequeño museo.

Antaño habitada por el tío de Hélène, el pintor Paul Berthier, en cada recoveco ha quedado la impronta de su arte. Los cuadros, muebles y objetos, entre los que crecieron Frédéric, Adrienne y Jérémie, poseen un valor añadido a su uso práctico. Además de un valor artístico, del que los hijos de la anciana no son plenamente conscientes de su alcance, contienen un valor simbólico, por los recuerdos de una época y forma de vida (pretérita, pero con extensión presente) en la que cobraron vida.

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Hélène muere

En pocos meses, los hijos se vuelven a encontrar pero, esta vez, en la grisácea capital francesa. Es ya invierno y, ni la gelidez del ambiente ni el motivo acompañan a la alegría. Las horas del verano a las que alude el título de la última película de Olivier Assayas, esos momentos en que la familia se reunía explayando su bonheur en armonía con la naturaleza, han quedado atrás. Ahora toca gestionar la herencia.

lashorasdelverano3.jpgCon Las horas del verano, Assayas retorna a la carga de ese cine sensible, y tan incrustado en el presente, como el de Finales de agosto, principios de septiembre (1998). Un cine que amaga la intrascendencia de la cotidianidad en la exposición de las consecuencias, precisamente, de su ruptura. Para la familia Pauly –ni, tampoco, para los Berthier– ya no habrá más tertulias veraniegas entre el verdor del jardín de la casa campestre. Las reuniones familiares, en este caso para decidir el futuro de esa casa situada a kilómetros de sus vidas, tendrán lugar en pisos, distribuidos en habitáculos compactos, en los que se apretujan para poder discutir sobre la gestión de los bienes de la familia.

¿Herencia, legado o lastre? Los contrastes surgen cuando los tres hermanos han de decidir sobre qué hacer con la casa, los objetos contenidos en ella y el terreno.

Paradojas de la democracia, la mayoría pragmática se impone a la lógica emotividad. Adrienne y Jérémie, desarraigados globalizados, hacen valer su desapego emocional para reconvertir la herencia física en dote económica que bendiga su vuelo independiente por tierras lejanas. Por el contrario, el hermano mayor Frédéric, quien tiene los recuerdos más vívidos de su infancia, se resigna a aceptar la pérdida “voluntaria” de ese vínculo directo con el pasado de su familia. Su propio pasado. Ese que (como tanto nos recalcan diversas películas sobre la memoria) afecta directamente a su identidad.

lashorasdelverano2.jpgLa casa es la guarida de experiencias y sensaciones pretéritas, como ese recoveco en que al tío Berthier le gustaba pintar, o ese descuido infantil que acabó haciendo trizas una figurita, o ese jarrón en el que más brillan las flores del jardín. Asimismo, es el lugar a cuyo cuidado ha dedicado su vida Hélène. Pero los muebles e inmuebles heredados, además de provocar afección, tienen un valor económico asociado a su valor artístico. Un coste cuantificable desde la fría objetividad, pero incomprensible para quienes los han vivido, ya sea creándolos (en el caso de Paul Berthier), ya sea utilizándolos (por ejemplo, por Frédéric o la criada).

Los cuidados que requieren la casa y su contenido, unido del coste que conlleva mantenerlos, es la excusa que alegan Adrienne y Jérémie para soltar lastre. El método, la selecta subasta y el pacto con el erario público, para que pase a formar parte de la colección de antigüedades del museo de Orsay (1). Este hecho constata que se ha producido un desfase respecto a la generación anterior. Los hijos no pueden (y, en parte, no quieren) conservar el legado artístico que con tanto esmero atendió la matriarca de la familia. Se quiebra, por tanto, con un estilo de vida del cual la casa es el símbolo físico.

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El planteamiento romántico-humanista, que caracterizó la vida y obra del pintor admirado, mueren con Hélène. La preferencia por las técnicas tradicionales, que dan lugar a productos “originales”, es sustituido por la producción industrial (ejemplificadas en Jérémie), imprescindibles para saciar el ansia global de consumo; mientras que la aflicción ante la mortalidad a dado lugar al frenesí desorientado (como el de Adrienne, siempre con prisas), en lugar de aplacarse mediante la persistencia en el recuerdo (en el caso del artista, a través de las obras dejadas a la posteridad).

Assayas plantea en Las horas del verano una simbiosis en el transcurrir temporal. El arte, la sociedad e, incluso, la ontología humana, se fusionan con el paso de las estaciones del año, a través de las que la vida transcurre por ciclos concatenados, donde el fin es origen de un nuevo devenir. El arte vivido en la casa familiar llega a su fin junto al fin del verano y el fallecimiento de su entregada guardiana. El desinterés (teñido de impotencia) de los hijos obliga a que se cierren puertas y ventanas, convirtiendo el inmueble en un ataúd para los objetos artísticos allí contenidos.

lashorasdelverano5.jpgLa oscuridad y el polvo empiezan a sepultarlos en el olvido, hasta que aparecen los técnicos (objetivos) dispuestos a catalogar. Como aves de rapiña, aprovechan la penumbra invernal para evaluar las piezas más valiosas. Se inicia el expolio privado para trasladar los objetos a un museo. Una vez allí, el escritorio o el jarrón, recuperarán cierto brillo. Aunque, tras las vitrinas, ahora son observados por los turistas que llenan los museos (2) consumiendo cultura. Los objetos antaño cuidadosamente seleccionados o creados por Paul Berthier y Hélène, han transmutado su funcionalidad trascendiendo en piezas de admiración. Desvinculadas de su lugar originario, son reubicadas en un “lugar de paso” (como diría Marc Augé) para ser reapropiadas desde la distancia del desafecto. El mismo desafecto que determinó su venta; pero, también, la misma reapropiación con que la nueva generación, los nietos de Hélène, se introducen en la casa desprendida de recuerdos.

De nuevo, es verano. Un día caluroso. Apropiado para reunirse y pasar una jornada alegre con los amigos. Sea  bailando, charlando o paseando por los alrededores, la vida ha vuelto a la casa familiar. Por eso, no se puede afirmar que Assayas sea tremendista. Su conclusión es esperanzadora.

*****

(1) La cita evidente al museo parisino se debe al origen del proyecto Las horas del verano. En un principio, debía ser un corto encargado por el museo de Orsay (encargo que, finalmente, fue anulado), para conmemorar sus 20 años, que constituiría un largometraje junto a las otras partes realizadas por Hou Hsiao-hsien, Raoul Ruiz y Jim Jarmusch.

(2) ¿Qué es el museo, un lugar donde ofrecer un entierro digno al arte caduco, o un sitio en que se vela por su pervivencia? Los primeros se crearon durante la Ilustración, permitiendo una ordenación del arte (historia de los estilos artísticos), pero también conllevaron una democratización de la cultura al permitir el acceso de todos. Posteriormente, Pierre Bourdieu negó esta premisa, advirtiendo que no todas las personas (en función de su clase social) están en disposición de aprehender el arte; mientras que las vanguardias (siglos XIX y XX), en su afán por innovar con celeridad, reniegan de los museos por su carácter “lapidario” (“petrificador”, dirá el historiador W. Tatarkiewicz) al encapsular lo que ya carece de vida.

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