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Infancia, soledad: metástasis
Escribe Carlos Losada
Me vais a permitir que empiece con una pregunta habitual, de esas que nos hacemos casi sin querer. ¿Qué es la mente humana?
La respuesta, inevitablemente algo retórica, no carece de sentido. Veamos, algo así como intentar coordinar las diferentes informaciones que nos llegan, para que nuestra vida tenga algo más que un sentido y como consecuencia nos lleve desde la realidad cotidiana hasta la sensación de saber y conocer por qué y para qué vivimos. Y se nos plantea un interrogante, tal vez algo fatuo. Si eso no ocurre así, si nos sentimos frustrados, incapaces, inseguros, rechazados, odiados, marginados, ¿cómo responderemos ante nosotros mismos y los demás?
Aquí podíamos traer a colación, entre otras, dos muy interesantes películas sobre las implicaciones y ramificaciones de la mente humana en el comportamiento y desarrollo del individuo. Ambas son diferentes, tanto en forma como en textura y resultados, pero ambas necesarias. Nos referimos a Corredor sin retorno (Sam Fuller, 1963) y Monos como Becky (Joaquín Jordá, 1999).
Y es hora de empezar a hilar sobre Andrés Rabadán y sus implicaciones vitales: lo que aconteció, lo que dejó de pasar y lo que es posible que nunca suceda, o nunca tuvo lugar, salvo en su imaginación, que es una suerte de hermandad entre su mente y sus vivencias, sus filias y fobias, como atestiguan tantos de sus dibujos.
En el acertado documental de Ventura Durall, de unos sesenta y cuatro minutos, titulado El perdón, que en el fondo, y hasta en la forma, es un complemento diría que necesario a la película que nos ocupa, Las dos vidas de Andrés Rabadán, ya se muestra la idiosincrasia del protagonista, con la inestimable colaboración de sí mismo y su familia, sobre todo su hermana, que nos ponen sobre aviso de una existencia más que conflictiva, desasosegante, que no tenía por qué desembocar en la tragedia que le marca. Aunque, vayamos por partes.
Si la infancia transcurre entre el aislamiento y la soledad, sobre todo la soledad, diría que muchas veces deseada por él mismo, dado el entorno paterno que le cerca -con una madre un tanto pusilánime y que deja hacer, para no empeorar las cosas-, existe el peligro de caer no ya en el aislamiento, sino en la malsana costumbre de ir fabricándose un mundo que nada tiene que ver con su ambiente, y menos con su condición. ¿Infancia feliz? Para Andrés, traumática y desdichada, porque tiene que buscarse otros soportes para superarla.
Y aquí está el principal problema: no la supera, desembocando esa soledad deseada en una metástasis cada vez más intensa, porque no puede controlar sus impulsos. Ahí están esos descarrilamientos provocados, como un toque de atención de su personalidad. Y el uso de la ballesta para librarse de su padre, al que necesita castigar, por mucho que le quiera -parecen invertirse los papeles, que diría un psicólogo-, porque no trata bien a su madre y saber que puede estar abusando de su hermana.
En las declaraciones del propio Andrés a Durall, se desprende que no actúa como justiciero, sino como inconsciente motor de unos acontecimientos que no pueden dejar de pasar. ¿El destino? Creemos que más sencillo: las conductas de los hombres, que siempre nos llevan a la resolución inevitable, aunque no deseada. La conducta del padre con su madre, a la que veía llorar con frecuencia -terminarán llevándola al suicidio-, y los abusos hacia su hermana, que se fue de casa, son el desencadenante de los acontecimientos que tuvieron lugar en 1994.
Así, el cuadro de la mente de Andrés Rabadán -bien incorporado por Alex Brendemühl- se completa con la liberación que supone la muerte del padre, y no mencionemos a Freud, la ternura que le manifiesta después de muerto; y una necesidad más que obligada por dejar atrás aquello de "odiaba a todo el mundo porque se sentía rechazado", y hacerse su propio universo, ensamblado por una infancia solitaria y una metástasis ya en plena regresión.
Durante su estancia en el módulo, cuando ya no le atiborran de pastillas, lee algunos libros, entre ellos la significativa, y maravillosa obra maestra, novela de Thomas Mann La montaña mágica. Y le entra el gusanillo de escribir, de expresarse, de hablar de sus impresiones, y de sus vivencias. Éstas y otras manifestaciones podemos encontrarlas publicadas, con fotos, en el diario El País, del 27 de abril de 2008.
De sus dos novelas, la titulada Historias desde la cárcel se vendió bastante bien, y tiene una frase relevante y reveladora: "Era y no soy. Soy y no era". Ahora, con motivo de estrenarse la película, piensan reeditarla.
Y hace tres exposiciones de sus dibujos, tan abrumadores como oscuros y realistas para su mente y su espíritu, que muestran su inquietud y soledad, sus fobias y sus ansias de olvidar ese módulo psiquiátrico penitenciario, donde sigue recluido a pesar de haberse casado, porque según dice "los locos estamos estigmatizados y nuestras condenas no las perdona nadie"; si bien la película da un soplo de esperanza a raíz de la boda con una de las enfermeras.
Y este es el momento de decir que la película Las dos vidas de Andrés Rabadán, de Ventura Durall, es bastante defendible, sobre todo porque Durall procura ser fiel a las sucesivas conversaciones que tuvo con Andrés once años después de ser encarcelado. Al incorporarlo, Alex Brendemühl, de acuerdo con Durall, tiene la presencia actual cuando recuerda los acontecimientos, lo que sirve como análisis casi puntilloso de los hechos acaecidos, y casi como si estuviese exorcizándolos, sobre todo en el momento que se convierte en el asesino de la ballesta.
No obstante, a la película le falta fuerza emocional, ahondar más en los sentimientos; y no ser sólo la crónica, a veces realista, de los internos desquiciados, algunos más que otros, de ese módulo penitenciario donde los carceleros suelen ser seres sin humanidad ni sentimientos, cosa que ocurre con harta frecuencia; y donde las montañas se ven incrustadas en los alambres de espinos, que la asimilan a un campo de concentración, se insiste; y que bastaría con un par de planos para que el espectador lo asumiera y comprendiera.
Pero eso sí, tiene una secuencia estupenda, cuando la enfermera le arropa con una manta: ahí hay emoción, entrega, comprensión, sentimiento. La imagen conmueve y viene a decirnos: es lo que Andrés ha necesitado desde su más tierna infancia, demasiado ahíta, en cambio, de frialdad y dureza.
Las dos vidas de Andrés Rabadán tiene inocencia, porque sus imágenes intentan ser sinceras, y de paso que nos ayudan en el conocimiento de cómo funciona la mente, y hasta dónde puede llevarnos nuestro entorno cuando la soledad deseada se convierte en metástasis, y se hace difícil volver al principio: el perdón es necesario para alcanzar la paz con nosotros mismos.
Sería deseable que todos tuviéramos una segunda oportunidad. Eso apunta esta película, y es posible que con acertado criterio.
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LAS DOS VIDAS DE ANDRÉS RABADÁN (2)








