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Halitosis poética
Escribe Juan Ramón Gabriel
La representación del delirio constituye un arriesgado ejercicio de sintaxis narrativa cinematográfica, tan delicuescente para un director con ínfulas de creador, como peligroso para el resultado final de su proyecto creativo.
La geometría que debe regir la exhibición de un flujo de conciencia, la mesura de una plasmación desmesurada que forcejea por romper los moldes éticos y estéticos que constriñen un pensamiento en constante ebullición, han de sustentarse sobre una matemática férrea, sobre unos mecanismos discursivos impermeables al contenido desaforado de tal exposición síquica.
La escisión que caracteriza la personalidad de Diana, la protagonista de La vida ante sus ojos, se expande a la columna estructural de la narración, en una aparente aleación entre forma y fondo que no fructifica por la debilidad e inconsistencia, a causa, paradójicamente, de un afán de trascendencia, del argumento primigenio del filme.
Falla la dialéctica entre lo interno-subjetivo, el malestar vital de una teen, Diana de 17 años protagonizada por Evan Rachel Word, y lo externo-objetivo, las secuelas anímicas que un terrible suceso acaecido en ese último año del instituto padece quince años después una Diana interpretada por Uma Thurman.
De tal manera que hay dos tramas, dos películas, dentro del filme, que no acaban de casar entre ellas.
Por un lado, la historia de una joven descarriada, rebelde, transgresora para su edad, aunque todo sea una corteza, un caparazón defensivo que esconde un gran corazón y un anhelo frustrado de amar y ser amada con ternura. Este segmento corresponde a una película de amistad e instituto, siendo la antagonista de Diana su compañera Maureen, una joven responsable, tímida, católica, con fuertes convicciones personales y morales, que contrastan con la superficial frivolidad de Diana, en cuya más profunda intimidad late una envidia admirativa por la manera de ser de su amiga.
Por supuesto que también aparece el profesor, en este caso de biología, que marcará la senda que ha de trazarse, para sobrevivir emocionalmente, la joven Diana. En sus clases donde el director cuece las subtramas metafóricas que recorren el guión: el corazón es el órgano más importante, el cuerpo está constituido por un 72% de agua..., amén del esqueleto de una joven cuya zona pélvica todavía no había calcificado, debido a su prematura muerte, alegoría de la inmadurez de la propia Diana: los alumnos se mofan del profesor, al que atribuyen un enamoramiento con tal esqueleto.
Aprovechando una ausencia del enseñante, escriben en la pizarra slut ("zorra"), acción que le molestará y decepcionará (previamente les había lanzado a sus alumnos un discurso de despedida "emotivo"), compartiendo Diana su malestar, pues esa palabra no la soporta por identificar ella misma su propia conducta con tal término. La culminación de su extravío vital es un aborto ocasionado por la relación con un "artista" mayor que ella, de aspecto físico repelente, metonimia de la repulsión moral que lo habita.
Mediante un montaje en paralelo, se nos muestra a la Diana adulta, con 32 años, casada con un profesor de filosofía al que "cazó" después de asistir a una conferencia suya en su etapa de instituto, inducida su asistencia por el paternal profesor de biología, que le recomienda al joven filósofo como posible faro de la derrota vital de la joven Diana.
Su vida ahora parece encarrilada: tiene una hija pequeña preciosa, Emma, a la que ha inscrito en un colegio católico, de monjas; su marido es el afamado profesor de filosofía, experto en problemas de conciencia, psicólogo particular de su mujer, a su vez profesora de historia del arte en un instituto. Pero bajo este manto burgués y hogareño sigue latiendo el malestar vital de Diana, originado y acrecentado por la terrible experiencia padecida en su último año de instituto: ella y su amiga Maureen son las dos últimas víctimas de la acción de un compañero sicótico, objetivamente, que irrumpe en el instituto con una ametralladora y protagoniza una carnicería. Encuentra a las dos amigas en el baño y les ofrece un dilema espantoso: que decidan cuál de ellas ha de morir. Esta secuencia es el eje axial del filme, el engarce entre los dos planos temporales reseñados. Se ofrece elípticamente y su resolución será el colofón climático de la película.
Ontológicamente y por coherencia de la lógica narrativa, el dilema no es tal para el espectador, puesto que el punto de vista de la película es el de Diana, con lo cual ésta ha de haber sido la superviviente de tan macabra elección. Pero he aquí el truco, la falacia del guión.
Ahora se comprende la "ilógica" representación discursiva que ha recorrido la historia: esas perspectivas omnímodas, esos ángulos imposibles, propios de un deus ex machina ubicuo; esos planos de detalle centrados en diversos aspectos de la naturaleza: los insectos vistos por una especie de conciencia entomológica; los peces y corales; las plantas y su interior, recurrentes elementos alegóricos de la conciencia de Diana.
Ahora se entiende esa ralentización constante del tempo narrativo, ese énfasis en los objetos que rodean el entorno de la disociada mentalidad de Diana; esas obsesiones que la atenazan y que le hacen ver fantasmas en el comportamiento de su hija (tan rebelde como ella misma en su juventud) y de su balsámico marido (le recrea una amante juvenil, alter ego de la propia Diana cazadora de marido de su juventud)
Ahora se percibe también el chasco que nos provoca la tomadura de pelo del director, que ha querido mediante un final abiertamente cerrado clausurar con un golpe de efecto el sinsentido con el que se ha prodigado a lo largo de la trama.
Hemos estado presenciando la representación agónica y delirante de una expiración, la condensación psicológica de la hipotética vida futurible de una moribunda que, en lugar de hacer un repaso de lo vivido, perpetra en sus últimos estertores un mapa de lo que le hubiera gustado que fuera su existencia venidera, de la que no podían estar ausentes sus obsesiones y fracasos juveniles, arrastrados incluso en mitad de su acabamiento existencial.
Así pues, hemos asistido a una ensalada fílmica con ingredientes irreconciliables: película de amistad juvenil enmarcada en el high school; irrupción de la violencia desatada e irracional en ese mismo espacio educativo (algo que se está constituyendo ya en un subgénero cinematográfico); radiografía de la vida cotidiana y por tanto asfixiante de una pequeña ciudad provinciana norteamericana; retrato del malestar anímico de una adolescente en la frontera de la pérdida de esa adolescencia extraviada pero libre; dilema trascendental a la manera de La decisión de Sophie, pero basado en un trampantojo; punto de vista imitador de El sexto sentido, etc.
Y lo peor, todo ello aderezado con gotitas de trascendencia y de hálito poético: un poquito de William Blake; otro poquito de William James, el filósofo pragmático por excelencia, y con la preponderancia de la enunciación, del cómo cuento la historia, sobre el enunciado, qué cuento. Obvio. No había mucho que contar.
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LA VIDA ANTE SUS OJOS (1)








