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Problemas de adopción
Escribe Carlos Losada
David Planell tiene en su haber un buen guión, que realizó, muy bien, Gracia Querejeta, titulado Siete mesas de billar francés. Escribió algunas series para televisión, y es realizador de cuatro cortometrajes; amén de otros guiones, ser nominado a los Goya y premiado por el Círculo de Escritores Cinematográficos. Con este bagaje, ¿por qué su primer largo como director no es interesante, pese al tema tratado, y encima su guión es confuso y con trampas?
La clave está en el guión. Y no por haber escogido una adopción problemática, con peruano de ocho años que no está conforme ni con él mismo; sino por cómo enhebra las situaciones y los planes para que pase de acogido a adoptado. Las secuencias destilan verborrea sin cesar y enlazan con una trampa mortal: la cuidadora del niño es su propia madre, ya superados los traumas de bebida e incendio, que la separaron de él, y llevaron al chico a distintos hogares.
Y no porque no te las creas, la vida presenta casos más inauditos, sino porque ves la elaboración del guión; y los diálogos, que a veces pueden parecer reales, destilan ganas de epatar y de ser más modernos que nadie. La inmadurez de los padres se enmascara con la cuidadora, pues ninguno sabe lo que quiere; y en un niño que no parece tan problemático como el realizador pretende.
Creemos que el guión debería ser más sencillo y abordar la adopción con más realismo. Los diálogos con la trabajadora social no sabemos si van en clave de comedia o de esperpento. Y si éstas son así, más valiera que la obra fuese de un humor corrosivo; aunque, sí, tiene detalles. Por eso la película adolece tanto de realismo como de auténtico sentido del humor.
Quedan las intenciones, las buenas intenciones, que nunca bastan. Por eso, a David Planell le convendría pasar de hijo acogido del cine a un auténtico hijo adoptado; esto es, integrarse con la dirección cinematográfica, superando así su valía como guionista para instalarse en la creación de imágenes. Cuando esto ocurra, habremos ganado un nuevo y buen realizador, que falta hace.
En cuanto al título, La vergüenza, no lo entiendo. ¿Es, como dice Planell, por abochornarnos por decir las cosas a destiempo o por la mala conciencia? Eso no lo revela el filme. Tal vez la vergüenza radica en no haber logrado lo que se proponía. Confiemos en que la próxima vez lo consiga.
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LA VERGÜENZA (2)








