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La llave de Sarah (2)

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Tan cerrada que roza lo inverosímil

La llave de Sarah, de Gilles Paquet-BrennerSiempre es un placer contemplar a una actriz tan brillante como Kristin Scott Thomas, a pesar de la mediocre calidad de las últimas producciones en que ha participado, ésta incluida. Si en Partir (2009) se introdujo en el personaje de una mujer que salía de prisión para iniciar la búsqueda del sentido de su vida, ahora la encontramos en el papel de la honesta y tenaz periodista estadounidense afincada en París, Julia Jarmond.

El director Gilles Paquet Brenner (Les jolies choses, 2001; UV, 2007) adapta el best-seller del mismo título de la novelista Tatiana de Rosnay, que fue éxito de ventas en 2007, con ligeras variaciones en las dos historias paralelas que se alternan en el relato.

Por un lado, la brutal y atroz experiencia sufrida por la niña judía Sarah Starzinsky (Melusine Mayance) y sus padres, cuando las autoridades francesas del Régimen de Vichy deportaron en julio de 1942 a miles de judíos a los que encerraron en el desaparecido Velódromo de Invierno, actual sede del Ministerio del Interior, como observa con ironía la propia Julia Jarmond. Por otro, asistimos a las pesquisas de la periodista, que se encuentra con la historia de Sarah mientras prepara un artículo de investigación para la revista donde trabaja, y que no se detendrá hasta averiguar todos los detalles de la tragedia del Holocausto y del destino de sus víctimas.

Las dos líneas narrativas se enlazan y alternan mediante sucesivos flash-backs que van de 2002 a 1942, lo que dota a la película de un ritmo ágil y dinámico con el suficiente suspense para mantener la atención de los espectadores, y cimentar un relato entretenido y ameno.

Hay que valorar el tratamiento de un tema que ha sido tabú durante años como es el papel de las autoridades francesas y su colaboración con el régimen nazi en el exterminio judío, así como la indiferencia del pueblo  ante las terribles detenciones de los hasta entonces vecinos o amigos.

Sin embargo la angustia y pánico explícitos que comunican las imágenes del velódromo son el resultado de un tratamiento cercano a la truculencia, trillado recurso para excitar la parte más visceral de las emociones del espectador, y para evidenciar la ignominia de la policía francesa.

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Si la historia de Sarah resulta verosímil, tanto por  la incertidumbre y miedo que  padece el personaje como por la desesperación y culpa suscitadas por el destino de su hermano menor, la trayectoria narrativa de Julia muestra ciertas lagunas que la hacen poco creíble. El personaje encarnado por Kristin Scott Thomas resulta demasiado perfecto, y su integridad personal y profesional, un tanto artificiales y trascendentes. Su interés por las circunstancias y personajes que intervienen en la infortunada vida de Sarah excede los límites del periodismo para conformarse como elemento impulsor y transformador de su vida, lo que resulta un poco excesivo.  

De este modo, la historia de los padecimientos y torturas sufridos por la niña así como su destino final, se constituyen en motores del itinerario existencial de Julia y en el fundamento de su conducta. El pasado, debidamente descubierto y denunciado, determina un futuro de cambios arriesgados, pero sinceros y positivos.

El director hace fácil lo que no lo es tanto, y su mensaje también peca de simplista, pues la idea nuclear que pretende trasladar el filme es que aquellos que se enfrentan a la verdad y la aceptan con valor, dignidad y rectitud, tendrán el premio prometido: la perfecta felicidad y la absolución de los pecados de la Historia. ¿Puede pedirse más?

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El espectador saldrá del cine con los ojos húmedos y sensiblemente reconfortado. Todo muy grato y satisfactorio aunque no hay quien que se lo crea. Claro que, si lo pensamos bien, es lo esperable de una película que adapta un best-seller y que por lo tanto ha de respetar una de las reglas impuestas por el género: que acabe bien.

Se salvan las actuaciones de Kristin Scott Thomas y de Melusine Mayance (Ricky, de François Ozon) y quedan en segundo plano el resto de actores que se mueven en una medianía aceptable. Frederic Pierrot (Hace mucho que te quiero, 2008) repite como partenaire de Kristin Scott Thomas y representa de forma pasable al cónyuge conservador y estable de la periodista; y Niels Arestrup encarna con acierto a Jules Dufaure, el padre adoptivo de una Sarah adulta que surge oportunamente. Más desafortunado resulta el trabajo de Aidan Quinn, el increíble —por inverosímil e improbable— hijo de Sarah y depositario de una ingenua y confiada ilusión de un futuro feliz.

El título original del filme es Elle s’appellait Sarah, lo que responde a la lógica de la versión cinematográfica respecto a la función del nombre en la continuidad temporal de las dos historias. Pero no está nada mal la “traducción” española La llave de Sarah, pues la llave no sólo es el núcleo temático desencadenante del argumento, sino lo que cierra y clausura un relato sin resquicios donde todo queda atado y bien atado.

Escribe Gloria Benito

 Título  La llave de Sarah
 Título original  Elle s'appelait Sarah
 Director  Gilles Paquet-Brenner
 País y año  Francia, 2010
 Duración  111 minutos
 Guión  Serge Joncour, Gilles Paquet-Brenner
 Fotografía  Pascal Ridao
 Distribución  Emon Producciones
 Intérpretes  Kristin Scott Thomas, Mélusine Mayance, Niels Arestrup, Frédéric Pierrot, Michel Duchaussoy, Dominique Frot, Gisèle Casadesus, Aidan Quinn, Natasha Mashkevich, Arben Bajraktaraj
 Fecha estreno  29/12/2010
 Página web  http://www.lallavedesarah.es/

 

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