LA INVENCIÓN DE LA CARNE (2)

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La invención de la carne
Título original: La invención de la carne
País, año: Argentina, 2009
Dirección: Santiago Loza 
Producción: Sebastián Ponce
Guión: Santiago Loza
Fotografía: Guillermo Saposnik 
Música: Christian Basso
Montaje: Lorena Moriconi 
Intérpretes: Umbra Colombo, Diego Benedetto, Gaby Lerner, Lisandro Rodríguez, Mariano Villamarín
Duración: 82 minutos
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El diablo en el cuerpo
Escribe Gabriela Mársico

Santiago Loza (Extraño, Cuatro mujeres descalzas, Rosa Patria) con La invención de la carne pone en primer plano el cuerpo para indagar la materialidad de su carne, y sobre todo, para intentar descifrar el enigma que se cierne en torno a lo que el mismo cuerpo produce, entre otras cosas, el deseo…

En La invención de la carne, el cuerpo es el verdadero protagonista. El cuerpo como territorio a explorar es el punto de partida en donde Mateo (Diego Benedetti) y María (Umbra Colombo) coinciden en esa búsqueda que emprenderán en el viaje que se dará tanto en un plano físico como espiritual.

María utiliza su cuerpo como una mercancía, lo entrega tanto a los estudiantes de medicina para que realicen sus prácticas, así como a extraños que conoce eventualmente y con los que mantiene intercambios sexuales. Mateo, por su parte, está interesado en el cuerpo, incluso en el propio, como un lugar de estudio primero, y de experimentación después…

El cuerpo de María será exhibido en fragmentos a través de planos quirúrgicos, en el momento en el que ella misma lo entrega a las prácticas de estudiantes. Luego, veremos el mismo cuerpo deambulando por las calles, liberando flujos de deseo, o sometido a prácticas sexuales, olvidado en algún rincón, intoxicado, abandonado a sí mismo, o en reposo.

El cuerpo de Mateo, a su vez, se verá sumergido en el agua de la pileta de natación, buscando, quizás, un grado de purificación imposible para saciar su inveterado ascetismo, o para aplacar el dolor de su  ya agobiado cuerpo en medio de un ataque, o en tensión por el placer que surge de un momento de gratificación sexual.

María utiliza su cuerpo como una mercancía

Agua de manantial

Desde el principio nos encontramos frente a una especie de psiquismo hidrante que atraviesa el universo del filme.

Desde la ascética fotografía hasta la puesta en escena con una estética donde predomina lo onírico, le otorgan al agua un cuerpo y una voz casi protagónicos.

Una gota de agua que cae, golpea y crece hasta llenar vasos, frascos, peceras, piscinas, bañeras, y hasta un río a través de un manantial. El agua es el origen, el alimento, la fuente y el refugio para el cuerpo. Los personajes encontrarán en el agua la sustancia en donde mejor se mueven. Es en el agua donde el cuerpo encontrará un bienestar y un sosiego perdido, y por eso, añorado.

Ya se trate del agua de una piscina, de una ducha, o de un baño de inmersión, los personajes encontrarán allí una intimidad tan profunda como un lugar de ensueño donde serán abarcados, atendidos, saciados después de haberse adentrado en los rincones más secretos de su propia realidad, es decir, de su propio deseo…

El cuerpo de Mateo busca ser comprendido, tal vez, abrazado

La ley del deseo

El cuerpo de María no es otra cosa que un cuerpo en errancia, imposible de aplacar, de domesticar aún cuando se hayan montado circuitos para explicar su funcionamiento, evaluarlo, medirlo, sujetarlo.

El cuerpo de Mateo busca ser comprendido, tal vez, abrazado, sin embargo escapa a cualquier tipo de encuentro con el otro, evitando así todo intento de sujeción o encierro.

Como si el cuerpo formara parte de una búsqueda de un sentido escurridizo, de una respuesta siempre en fuga, en busca de algo que está allí, en algún lugar, pero, al igual que el objeto de deseo, siempre lejos de nuestro alcance.

La película de Santiago Loza resultó incómoda en Locarno y en San Sebastián