jueves 24 de mayo de 2012

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La deuda (2)

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Saldo pendiente

la-deuda-0El interés suscitado en el espectador por los primeros quince minutos de la película lamentablemente se va diluyendo como un azucarillo a medida que los diseminados interrogantes van siendo desvelados, sin adquirir consistencia, y las incógnitas se resuelven, sin corpulencia dramática, en una ecuación planteada sobre un dilema cuya excesiva carga de corrección política desvirtúa la herida afectiva y moral por la que los personajes deberían haber supurado un dolor crónico que los ha carcomido como personas.

Una vez las piezas del puzle van encajando, la carencia de desgarro sobre el que pretendidamente se sustenta la historia se hace más evidente, mostrando el patrón del que el director se ha servido para confeccionar una narración que evidencia la debilidad y endeblez de sus costuras, incitando al espectador a cuestionarse algunas de las secuencias que habían cautivado su atención, así como su detonante dramático.

La fragmentación del hilo narrativo, un montaje en paralelo que alterna pasado y presente, unas anticipaciones que crean incertidumbre pero que rápidamente se rellenan con los hechos elididos, unas repeticiones esclarecedoras de las causas previamente sustraídas, son algunos de los mecanismos con los que el director juega para tensionar el relato.

Los saltos espacio-temporales abarcan un periodo inicial en Berlín Este, en 1965, que concluye en Ucrania en 1997. En el ínterin, unas escenas en Tel Aviv, en 1970, espacio en el que también se sitúa el presente de la narración, en 1997. Un triángulo protagonista, constituido por dos hombres y una mujer que sacrifican su juventud en aras del servicio a su país (Israel), como miembros del Mossad, son los encargados de cumplir una misión cuyo aparente éxito los encumbrará al panteón de los héroes nacionales de su joven nación: su gesta heroica (la eliminación de un criminal de guerra nazi, el cirujano de Bikinau) será uno de los pilares sobre los que se fundará el orgullo nacional judío.

Cabe decir que este componente político del filme, deudor de la anterior película israelí sobre la que la actual de John Madden parte, ha sido tamizado por una conciencia más occidentalmente democrática de la que se esperaría de un producto genuinamente procedente del estado hebreo. Este tamiz atrapa las aristas más desagradables o menos digeribles para un espectador bienpensante respecto a las causas y consecuencias de la “solución final”, apostando por la demonización del criminal nazi, otorgándole el rol de antagonista perverso, epítome de la Maldad sin ningún tipo de fisuras, ante cuya presencia las posibles dudas surgidas en sus perseguidores sobre la corrección ética de sus métodos para atraparlo, la posible equivalencia entre el asesino y los encargados de administrar justicia, quedan diluidas, restando credibilidad dramática y rehuyendo una profunda confrontación de la dialéctica amo-esclavo, apostando por un maniqueísmo que convierte la deuda del título en un falso dilema cuyas consecuencias el director sólo quiere explotar en la psicología individual de los personajes, sin cuestionar el alcance político que se podría derivar.

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Arrinconando el discurso político o sometiéndolo a un segundo plano de aceptación común, la trama se bifurca entre el género del thriller de espías con ribetes políticos tan caro al cine de los años setenta y entre el melodrama romántico de triángulo amoroso mal resuelto con nefastas consecuencias personales (vidas rotas) para los integrantes del mismo. Para el primer aspecto se recurre al revestimiento del Maestro, de Hitchcock, intentando emular el suspense y la emoción del mismo en algunas secuencias situadas en el Berlín Este del invierno del sesenta y cinco, en especial la captura del Doctor Bernhardt/Dieter Vogel (el cirujano de Bikinau), con la escena de la ambulancia, así como la fuga, fracasada, a través de una de las estaciones de trenes clausuradas y en poder de los soviéticos.

Este apartado de la película, el situado en Berlín en 1965, con los protagonistas en su juventud, carceleros del secuestrado criminal de guerra, no adquiere la fuerza necesaria en la construcción dramática de los personajes, pues es allí donde se cuece su posterior periplo vital, su fracaso personal. Al mismo tiempo, detiene el ritmo entrecortado de la película, sin que la acción externa sea relevada por la intensidad afectiva y emocional que un espacio claustrofóbico propicia. También en este encierro se renuncia, como ya hemos dicho, a un discurso político transgresor de los lugares comunes más aceptados y extendidos sobre el nazismo y, por consiguiente, sobre la condición humana. La secuencia en la que la joven Rachel se rompe y estalla en llantos frente al dossier de los crímenes cometidos por el verdugo al que debe capturar resulta inverosímil y contraproducente, innecesariamente melodramática.

También en esta cárcel voluntaria se fragua la historia amorosa que condicionará la vida de los protagonistas, conflicto amoroso que se resuelve por una preeminencia de la maternidad futura frente al impulso liberador del amor, en un subrayado del sacrificio personal en aras del servicio a la patria, más mencionada y abstracta su losa que realmente insertada en la narración.

El episodio situado en 1970 no aporta nada a la deriva existencial de los personajes, remarcando enfáticamente su quiebra personal.

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El presente de la narración pierde su carácter reactivo con la salida de escena del personaje de David Peretz (Cioran Hinds), sacrificado por un efectismo del guión (su aparatoso suicidio). Esta especie de fantasma que reaparece tras casi treinta años de ausencia deviene en una conciencia hamtletiana que subraya la mentira en que están instalados los personajes y, por extensión indirecta, muy indirecta, la propia legitimidad del estado de Israel, su legitimidad ética.

Su presencia fuerza una segunda oportunidad para llevar a cabo la tarea que les fue encomendada, para saldar la deuda que estigmatiza el rostro de Raquel y que la ha devorada como persona. Raquel accede a un nuevo sacrificio para mantener el statu quo de su legendario pasado, cuyo desvelamiento acarrearía nefastas consecuencias familiares (y políticas). La repetición de una situación calcada a su anterior fracaso como agente del Mossad, treinta años después de abandonar el servicio activo con su áurea heroica, le otorga la oportunidad de restañar la herida interior, de poner punto y final a la mentira sobre la que se ha edificado su trayectoria vital, a costa de evidenciar diegéticamente todas las lagunas que se habían esparcido a lo largo de la trama.

Lamentablemente, hay que achacar a la impericia del director no haber sabido extraer de los mimbres de la historia que tiene entre manos un relato más aguerrido, más tenso y vibrante. Se acomoda en unos parámetros demasiado complacientes, rutinarios, desaprovechando a un grupo de actores maduros que podían haber dado más de sí, si no hubiesen estado supeditados al elenco más joven, cuya inmadurez revierte en la aparentemente sólida, pero frágilmente endeble arquitectura del relato.

Los pecados de la inocencia fílmica se pagan en los achaques de la vejez narrativa.

Escribe Juan Ramón Gabriel  

 Título  La deuda
 Título original  The debt
 Director  John Madden
 País y año  Estados Unidos, 2010
 Duración  103 minutos
 Guión  Matthew Vaughn, Jane Goldman y Peter Straughan; basado en el guion escrito por Assaf Berstein y Ido Rosenblum para la película Ha-hov (2007)
 Fotografía  Ben Davis
 Música  Thomas Newman
 Distribución  Universal Pictures International Spain
 Intérpretes  Helen Mirren, Sam Worthington, Jessica Chastain, Jesper Christensen, Marton Csokas
 Fecha estreno  08/09/2011
 Página web  http://www.ladeuda-lapelicula.es/
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