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Melodramático suspense
Escribe Gloria Benito
Giuseppe Tornatore, consagrado por el difundido y oscarizado Cinema Paradiso (1990), es un director poco prolífico, cuyas producciones son siempre esperadas con expectación e interés. Seis años después de Malena, estrena en el 2006 La desconocida, filme que nos llega ahora precedido por cinco premios David de Donatello, que avalan el oficio del director y la calidad de la película.
La historia narra las vicisitudes de la inmigrante ucraniana, Irina (Kseniya Rappoport), en la búsqueda de trabajo en una ciudad italiana. Tras superar algunos contratiempos y dejarse extorsionar por el portero de la finca (Alessandro Haber: El conformista, 1968), consigue trabajo como asistenta y tata en la casa de la familia Adacher. Parece que su obsesión es cuidar a Gina, la hija de Valeria (Claudia Gerini: No te muevas, 2004) y Donato (Pierfrancesco Favino), aquejada de una enfermedad neurológica que le impide protegerse ante los golpes o las agresiones. Las estrategias de Irina para alcanzar sus objetivos se ven turbadas por inquietantes recuerdos de otra vida pasada, en la que se mezclan sexo, violencia y prostitución de mujeres. Todo ello crea un misterio alrededor de este personaje que mantiene en ascuas al espectador, el cual percibe un terrible enigma de la vida de Irina pero no comprende en qué consiste ni cuáles son sus causas y motivaciones.
Si algo hay que reconocerle a Tornatore es su maestría para contar historias. Esta vez se atreve con un género que no había tocado antes: el suspense en forma de thriller con no pocas reminiscencias hitchcockianas. La acción se regula acelerándose o ralentizándose a gusto del director y guionista del filme, con momentos de gran fuerza dramática.
En el desarrollo del relato, Irina se gana la confianza de la familia Adacher, y especialmente la de la pequeña Gina, a la que se propone adiestrar para que pueda sobrevivir a las duras condiciones de la vida exterior. Estas secuencias en las que la niña debe aprender a defenderse reflejan la enorme tensión interior de la protagonista y se resuelven con gran energía narrativa, lo que confiere al relato instantes plenos de vigorosos y tiernos sentimientos.
La violencia del espantoso pasado se encarna en el personaje del proxeneta Muffa (el veterano Michele Plácido: El caimán, 2006), ligeramente inverosímil, aunque no por lo excesivo. Porque el guión, que mantiene de forma impecable la atención del espectador rompiendo el orden cronológico del tiempo de la historia con la inserción de fragmentos del pasado a modo de flash-backs, se quiebra en el momento en que se desvela el misterioso pasado de la desconocida se evidencian los motivos que la mueven.
Aquí el filme parece deslizarse peligrosamente hacia el melodrama, como si el director quisiera explicar demasiado los entresijos de sus criaturas, e incluso deseara complacer a un espectador poco exigente con un final tan feliz como poco creíble.
Lo que podría explicar la supuesta torpeza de un cineasta experimentado como Tornatore, sería interpretar la relación entre Irina y Gina como metáfora del impulso que mueve a las personas a buscar aquello que da sentido a la lucha por la vida y la dignidad. Pero esa es una cuestión de interpretación, que como sabemos es libre y subjetiva.
Otros símbolos son más evidentes, como la escalera de caracol que aparece en planos picados y contrapicados. Unas veces es la bajada a los infiernos y otros la promesa del paraíso, es decir, ambigua como el camino de la vida.
