Había muchas expectativas, bastaba el binomio Margaret Thatcher/Meryl Streep para que muchos aventurásemos un biopic de primera categoría, una digna sucesora de aquella The Queen de Stephen Frears (imposible no pensarlo), el pistoletazo de la Streep a su tercer y merecido Oscar. Había en juego el caramelo de un personaje controvertido reciente (quizás demasiado reciente) y la arcilla inmejorable de una intérprete mayúscula.
Sólo faltaba una mirada compacta, dispuesta al atrevimiento y consciente del nombre que estaba abordando para que una gran película tuviera lugar. Indudablemente, aunque sin ser tan terrible como algunos mascullaron en las reseñas del pre-estreno, el resultado deja mucho que desear.
La dama de hierro es la crónica de una vida, concretamente la de la única mujer que consiguió ser Primera Ministra en Gran Bretaña. Olvídense de matices. La mayor preocupación que se nota en la composición no es el equilibrio entre lo luminoso y lo oscuro de un personaje controvertido, sino la forma en cómo comprimir la cronología de esa vida que, al fin y al cabo, no nos importaba tanto como para dedicarle dos horas de metraje. No hay un propósito potente, y al faltarnos eso notamos demasiado la humanización edulcorada del personaje.
Phyllida Lloyd (Mamma Mia!) peca de docilidad ante el retrato de una personalidad fuerte y comete la imprudencia de adoctrinar al espectador sobre la vida de una mujer en lucha. No nos invita a conocer a la Thatcher, sino directamente a admirar su supuesta genuinidad.
Tres líneas temporales componen una ficción entretenida, con elementos dramáticos bien jugados, pero un poco tramposos en cuanto que el relato carece de todo espíritu crítico. El guión enhebra sin nervio la trayectoria de alguien que pasó de humilde hija de tenderos a Primera Ministra. Y aquel dragón batallero se convierte en madre en conflicto, mujer sacrificada o simpática anciana amiga del whisky.
El montaje resulta ortodoxo y comprimido, y convierte la película en un vaivén constante del presente al pasado, de la dama de hierro a la abuelita senil que echa de menos a su compañero desaparecido. Todo esto está bien si consideramos los límites y ambición del género del biopic, lo que no se le puede perdonar a Lloyd es que haya sido tan conformista y haya indultado su monigote antes de desmontarlo.

Una verdadera pena. Sobre todo teniendo en cuenta que la caracterización, fiel a su original, no está lo suficientemente lejos del escarnio, del guiñol de aquella británica armada de perlas y eternamente recién salida de la peluquería que tan bien imitaba Joaquín Reyes. No acabamos de saber si el acabado está más cerca de la alabanza que de la caricatura, y esa carencia de términos medios (a Lloyd le aterroriza la suculenta ambigüedad) hace peligrar considerablemente el conjunto.
Es un proyecto poco madurado y quizás precipitado. Una película que, por lo que se propone, llega antes de tiempo y cae en el oportunismo. Aprovechando que todo el mundo sabe que la auténtica dama de hierro ya anda medio ennoviada con la Parca, la directora hace leña del árbol caído intentando despertar nuestra compasión, y queda muy lejos del retrato de ecos shakesperianos que quizás proyectó en algún momento.
Lo peor de la película pesa en la atmósfera desde las primeras imágenes. Hablo de una molesta moralina de que todo tiempo pasado fue mejor y que ya no nacen personajes vocacionales como aquéllos, que por muy malhechores que fueran hay que ver qué bien puestos los tenían. Una sensación que no sólo aplasta el film, sino que inyecta cierto sentimiento de culpabilidad. Como si la demencia senil, aparte de borrar la memoria de quienes la padecen, también borrara los actos que cometieron y fuese responsabilidad nuestra saldar no sé qué deuda con la posteridad de estos personajes.
Si más allá de este ánimo revisionista totalmente parcial hubiese una corriente de pensamiento que lo sostuviera, el film ganaría muchos de todos los matices de los que carece. Imágenes de archivo y rock punk encadenados a la Thatcher bailando un vals con Ronald Reagan invocan una especie de oda pop-art a los 80, cuando la película ya tendría que estar alcanzando un clímax.

Toda la película se atraganta en una secreta vocación de tv movie y el sabor final bascula entre el ventajismo del momento y un indigesto tufo a laca fijadora que aún nos parece vivo (y que probablemente lo está en los pasillos de la Cámara de los Comunes).
Si bien es cierto que Maggie T —como la llama el grupo punk Notesensibles en su tronada I’m in love with Margaret Thatcher— representa el molde original de todas las políticas conservadoras modernas, la dama de hierro no es una heroína nacional ni un cliché tan auténticamente anacrónico como la reina de Inglaterra, y canonizarla en vida resulta tendencioso e incluso insultante teniendo en cuenta los tiempos que corren y lo aficionada que fue la Thatcher a los coscorrones (léase recortes) de entonces.
La Thatcher no es única, es demasiado parecida al presente como para que nos apetezca verla santificada en una película que no arriesga absolutamente nada aún sabiendo que cabalga sobre caballo ganador. A ratos divertida y creíble, entretenida y plausible, la película es una moto más o menos bien vendida a pesar de su directora y de su personaje y gracias sólo a Meryl Streep.
He aquí un valor final de canonización absoluta, y esta sí la aceptamos porque es la de su actriz protagonista. Estamos ante una interpretación brillante, y aunque eso no sea ninguna novedad para su caso, no sería de extrañar que la Academia de Hollywood aprovechase la buena faena para saldar el asunto pendiente del tercer Oscar de la Streep (ninguna otra actriz lo logró en el pasado). Eso si la crítica popular no desata antes la controversia, y en el Reino Unido parece que ya ha empezado.
Insisto, no es una película terrible. Lo terrible es pensar en ese pentimento que el tiempo da a las mentes conformistas hacia personas que jamás se arrepintieron de sus actos. Los que más la disfrutarán serán los mitómanos: los de Margaret Thatcher (que también los habrá) y los de la Señora Streep. Y en éste último grupo, no nos engañemos, cabemos un poco todos.
Escribe Marga Carnicé

| Título | La Dama de Hierro |
| Título original | The Iron Lady |
| Director | Phyllida Lloyd |
| País y año | Reino Unido, 2011 |
| Duración | 105 minutos |
| Guión | Abi Morgan |
| Fotografía | Elliot Davis |
| Música | Thomas Newman |
| Distribución | Wanda Visión |
| Intérpretes | Meryl Streep (Margaret Thatcher), Jim Broadbent (Denis Thatcher), Richard E. Grant (Michael Heseltine), Iain Glen (Alfred Roberts), Anthony Head (Geoffrey Howe), Roger Allam (Gordon Reece), Alexandra Roach (Margaret Thatcher joven) |
| Fecha estreno | 05/01/2012 |
| Página web | http://www.wandafilms.com/site/sinopsis/la_dama_de_hierro |
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