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Suecos tristes
Escribe Marcial Moreno
Hacer un análisis de la condición humana es, para una película, un proyecto ciertamente ambicioso. Sin embargo en más de una ocasión nos hemos topado con obras que lo consiguen, si no en la extensión en que aquí lo hemos planteado, sí al menos en algunos aspectos de esa inabarcable totalidad.
Porque, no nos engañemos, lo que hace de un objeto una obra de arte no es sólo la calidad técnica o, si nos centramos en el cine, el hecho de que se cuente bien una historia, sino que esa historia trascienda lo inmediato y adopte tintes universales, de tal modo que nos sintamos reconocidos en la pantalla, por mucho que la distancia objetiva que nos separa de las características concretas de lo narrado sea inmensa. En otras palabras, las grandes películas cuentan algo de nuestra vida, de todas las vidas.
Magno reto, por tanto. Más aún cuando los mimbres desde los que se aborda están reducidos casi en absoluto a la mínima expresión: planos fijos yuxtapuestos carentes casi por completo de hilo argumental, y mostrando escenas que ni siquiera llegan, en muchas ocasiones, a lo anecdótico. Incluso se evita el cruce de esas mínimas historias, y muy raramente podemos reconocer algún engarce entre ellas.
Sin embargo, la dificultad no debe condenar irremediablemente al fracaso. Ejemplos tenemos en la historia del cine en los que reconocer magníficos logros con planteamientos similares. Véase si no algunas de las mejores películas de Robert Altman, u otras de ese tenor.
Pero claro, se necesita mucho talento para conseguirlo, y de eso esta película anda justita. Acumular rarezas no es suficiente para hacer brotar de ellas la magia de la vida. Más bien al contrario, lo que suele ocurrir es el distanciamiento respecto a lo representado, que acaba recluido en la categoría de lo ficticio, de lo ajeno. Eso es lo que ocurre aquí, a pesar de que se acuda al lugar común de la supuesta depresión nórdica, una depresión que luego, en la práctica, cuando se acude a esos países, dista mucho de ser real, o es que la esconden muy bien. El escandinavo presuicida parece haber alcanzado un estatus similar al del torero español o el del gondolero veneciano.
Y eso es lo que hace la película, abundar en el tópico, visto esta vez desde una óptica de supuesta comedia que intenta ridiculizar a los personajes, y quizá algo más, pero que no pasa del ridículo, tanto respecto a los ridiculizados como respecto a la ridiculización misma.
Así, nos encontramos con los consabidos ambientes brumosos, diálogos parcos, tirando a inexistentes, personajes estáticos, edificios grises, de diseño soviético, mucha lluvia y escaso sol, y todo ello aliñado con símbolos un tanto cargantes, como el ascensor al que no se puede entrar o la marquesina protectora de la lluvia en la que no es posible refugiarse. Por no hablar del plano final, tan bobalicón.
Con elementos similares, un director como Aki Kaurismaki ha conseguido, es verdad, logros memorables. Estoy pensando, por ejemplo, en La chica de la fábrica de cerillas, pero con ello no se manifiesta sino la necesidad de aglutinar tales elementos con una maestría que aquí no existe.
Pese a su pretendida modernidad, es una película que nace vieja, que deja la impresión de algo ya reiteradamente visto, sin capacidad para aportar algo que resulte sorprendente o, al menos, para introducir cierta renovación en el discurso que, pese a las apariencias, acaba siendo tediosamente repetitivo. Quizá los epígonos de Bergman deberían de una vez por todas intentar matar al padre.
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LA COMEDIA DE LA VIDA (1)








