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Vidas mínimas
Escribe Gloria Benito
En 1997, Andrés Wood estrenó Historias de fútbol, un conjunto de relatos que giraban alrededor del tema del fútbol, pero también mostraban las situaciones vitales de unos personajes portadores de un universo propio, reflejo de la sociedad chilena. Ahora, el director de Machuca nos ofrece La buena vida, un filme compuesto también por pequeñas historias que se entremezclan y superponen, como las Historias mínimas de Carlos Sorín o las Vidas cruzadas de Robert Altman.
La película dice estar basada en historias reales escuchadas por su director en una peluquería de Santiago de Chile o leídas en el periódico. La idea original propuesta por Rodrigo Bazaes, anterior guionista y diseñador de producción de Machuca, se desarrolla con la colaboración con Mamoun Asan y el propio Wood, que escriben una historia de la vida cotidiana santiagueña con más miserias que triunfos.
Concretamente, se trata de cuatro vidas cuyos personajes no controlan un destino que les lleva a pasar cerca de personas de las ignoran su existencia o apenas la rozan con mirada indiferente, como si estuvieran atrapados en sus pequeñas vidas. Y efectivamente lo están, pues viven inmersos en sus problemas y proyectos con la mirada siempre vuelta hacia adentro, hacia la realización de sueños futuros o hacia la recuperación de una felicidad perdida.
Teresa (Aline Kupenhein), psicóloga social, divorciada y madre de una adolescente problemática, busca tanto la comunicación con su hija Paula (Manuela Marcelli) como la recuperación de su exmarido, en un maremágnum de sentimientos confusos y desorientación emocional. Edmundo (Roberto Farías), dueño de una peluquería heredada de su padre, sólo desea conseguir un crédito para comprarse un coche. Mario (Eduardo Paxeco) es el joven músico que sueña con entrar en la orquesta filarmónica, tras completar sus estudios en Berlín, pero debe conformarse con tocar en las bandas militares. Y Patricia (Paula Sotelo), la patética enferma de sida, madre soltera y marginada por la sociedad y las instituciones, que lucha por sobrevivir.
Un excelente guión teje los hilos existenciales de estos personajes, sus frustraciones y sus deseos, conformando así la atmósfera vital de este filme que nos acerca a las vidas corrientes y a la vez singulares de unas emociones que reconocemos como propias. La enfermedad del individualismo cruel de las sociedades actuales, que mira siempre a otro lado, y las necesidades de consumo de un sistema que se derrumba se suman a la renuncia o al aplazamiento de los sueños frustrados.
Estas vidas fragmentadas mediante el montaje del galardonado Andrea Chignoli transcurren en la armonía de un discurso narrativo lleno de ritmo y ligereza, que el espectador percibe entre la emoción del sentimiento verdadero y la ternura irónica de una sonrisa.
Nos quedamos con dos imágenes significativas: el corte de pelo al que se somete Mario para ingresar en el ejército es una metáfora terrible de la pérdida del vigor y de la belleza. Con los fragmentos de la melena que va cayendo al suelo, caen y mueren el orgullo y la elegancia de la juventud para ser sustituidas por la mediocridad y la vulgaridad del pelo rapado. La otra imagen es la de la ventana del apartamento de Patricia, cuyos cristales se van haciendo cada vez más opacos a medida que se van secando las flores de las macetas y la muerte se hace presente. La suciedad del cristal aísla al personaje en su tragedia y lo condena a la soledad.
Recomendamos esta película inteligente y verosímil, que muestra lo que hay debajo de las apariencias de la vida corriente con sensibilidad y pericia concordantes con los numerosos premios recibidos: Goya a la mejor película extranjera, premio del jurado en el Festival de cine de Huelva, premios a la mejor actuación en el festival de cine de Biarritz, entre otros.
Claro que el filme ya había triunfado en los Premios Pedro Sienna de Chile, en los que se reconoció el trabajo del director y de los guionistas, así como el del montaje y mejor música. Todo un récord que demuestra que a veces sí se es profeta en la propia tierra.
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LA BUENA VIDA (3)








