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LA BODA DE RACHEL (2)

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Título original: Rachel Getting Married
País, año: Estados Unidos, 2008
Dirección: Jonathan Demme
Producción: Neda Armian, Marc Platt
Guión: Jenny Lumet
Fotografía: Declan Quinn
Música: Donald Harrison Jr. y Zafer Tawil
Montaje: Tim Squyres
Intérpretes:

Anne Hathaway, Rosemarie DeWitt, Mather Zickel, Bill Irwin, Anna Deavere Smith, Anisa George, Tunde Adebimpe, Debra Winger

Duración: 114 minutos
Distribuidora: Sony Pictures
Estreno: 31 octubre 2008
Página web:  http://www.sonyclassics.com/
rachelgettingmarried

Celebración multicultural
Escribe Daniela T. Montoya

labodaderachel3.jpgEs larga la trayectoria cinematográfica de Jonathan Demme. Con casi una treintena de filmes de distinto calibre, el director de El silencio de los corderos (1991), Philadelphia (1993) o El mensajero del miedo (2004), prueba ahora ficciones de tinte supuestamente “experimentales”.

Tras hacer sus pinitos en el campo documental, obteniendo buenos frutos con filmes musicales, como Neil Young: Heart of Gold (2006), ahora con La boda de Rachel aspira comulgar con el espíritu Dogma. Pero Demme aún no se ha enterado de que el manifiesto-decálogo que propuso el señor Trier, hace ya más de una década, era pura estrategia de marketing (ni la producción era tan “azarosa”, ni la realización tan pretendidamente naturalista). Por ello, tomando como referencia Celebración (Festen, 1998) de Thomas Vinterberg, uno de los hitos de esta extinta iniciativa danesa, el director neoyorquino recrea entre sus conciudadanos un festejo que sirve de excusa para la aflicción.

labodaderachel1.jpgLa Rachel, a la que alude el título de la película, es la hermana de Kym (Anne Hathaway), auténtica protagonista entre el elenco de personajes que pululan por la celebración nupcial. De la mano de esta última, llegamos a la casa en la que tendrá lugar la boda, y posterior festejo, entre Rachel y su novio de origen jamaicano. Allí, entre los preparativos y los encuentros con familiares y amigos, se expondrá el trauma común que desde años arrastra la familia. Se suceden brindis, se recuerda el pasado, se desea lo mejor a los recién casados y, al final, cada uno retorna a sus respectivas vidas. La celebración de la boda de Rachel son dos o tres días de intensas emociones, con instantes de armonioso jolgorio y tensos conflictos, que tienen como resultado la peculiar formalización de un matrimonio en el que las miradas no se centran en la novia.

Rodada con la cámara al hombro, con La boda de Rachel Demme pretende emular el estilo directo tan característico del cine realista. Mientras que la trama, con la eclosión de un trauma pretérito durante un festejo familiar, reproduce la estructura que ya vimos en la mencionada película danesa.

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Pero, si bien Demme saca lo mejor de sí retratando la realidad que envuelve a la histriónica Kym, la película se encalla al intentar dar profundidad dramática al contenido. Son magníficos los primeros minutos de La boda de Rachel. Esos instantes en que Kym, al salir del centro sanitario de desintoxicación cual frágil niña sale del hogar, recibe las últimas instrucciones de comportamiento además de alientos de ánimo. Prolegómenos que prosiguen con su acogida en el mundo exterior, esto es, el reencuentro con la familia y el grupo de terapia de apoyo. Una realidad multirracial y variada, pero también acomodada y pretendidamente espiritual.

labodaderachel5.jpgEl punto fuerte de La boda de Rachel es el retrato de la sociedad bien estante, efecto colateral del drama personal de Kym, que habita las zonas residenciales en la periferia de las grandes urbes estadounidenses. Esos sujetos individualistas que reformulan su identidad por contagio, dejándose empapar por estilos novedosos que darán un nuevo aire a sus vidas.

Y quizás, precisamente por ese carácter individualista de los personajes, la película no consigue alcanzar el tono dramático deseado. Por más que se esfuerce Hathaway en dotar a Kym de ese carácter entre infantil y atormentado, el resto de personajes apenas le dan respuesta. Cada uno de los personajes se ocupa de sus asuntos personales, sin que el problema detonante de la historia despierte apenas interés entre los asistentes a la boda. Incapaz de madurar y aceptar las consecuencias de sus “irresponsabilidades”, Kym deambula entre espectros, eso sí, de lo más chic en la moda de interculturalidad.

La interesante inquietud inicial de la cámara muere en cuanto se encierra en la sala de un restaurante para dejar hablar a los personajes. Y, entonces, el cine de Demme pierde toda frescura. Ni el lugar es adecuado (un agobiante comedor, con escaso margen a la movilidad), ni sacar a la luz el secreto de la familia (la muerte evitable de uno de sus miembros) provoca la más mínima turbulencia entre sus allegados. No es extraño, pues, que el tedio y la indiferencia se apoderen de la cinta.

El cine, aunque se aferre al estilo de grabación doméstica, requiere planificación, previsión y un buen guión que genere interés. Aspectos que han sido descuidados en La boda de Rachel, que en muchas ocasiones está rodada adoptando una postura documental, esperando que pasen acontecimientos, cuando se olvida que es ficción y, por tanto, se ha de elaborar.

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