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Los destinos sentimentales
Escribe Fernando Ramírez
Christophe Honoré inició sus pasos en la revista francesa Cahiers du Cinéma, publicación de la que ya han salido otros directores como Olivier Assayas, realizador ampliamente celebrado que ha contribuido a la pervivencia del cine de autor francés de qualité. Honoré es el hombre orquestra por excelencia: ha escrito más de una decena de novelas, ha llevado un programa radiofónico de crítica de cine, ha dirigido dos obras de teatro y ha dirigido siete filmes, siendo el que hoy nos ocupa el último de ellos y el primero que se estrena en lares españoles.
Por supuesto, ha paseado palmito y dos de sus películas en el festival de Cannes. La primera de las cuales, Dans Paris, le entronizó, según la crítica francesa, como un digno heredero de la nouvelle vague. La segunda, proyectada en La Croisette, Les chansons d'amour, ofrecía un peculiar musical que confirmó su regencia.
La belle personne participó en el pasado festival de San Sebastián y cuenta con el concurso de Louis Garrel, actor fetiche de Honoré, con quien ya había colaborado en otras tres ocasiones. Se sirve, además, de incluir un brevísimo cameo de Chiara Mastroianni, en un claro juego de espejos.
Honoré, no podía ser menos, guioniza y maneja los hilos de esta historia, para la cual el director ha adaptado libremente una de las novelas (se trata de la primera novela histórica del país galo) más influyentes de la literatura francesa de todos los tiempos. La princesa de Cléves, de Madame de LaFayette, es el texto clásico que sirve de base para una traslación contemporánea. Honoré ha optado por dejar de lado la sociedad del siglo XVII y arrancar la acción en nuestros día, por abandonar las dependencias palaciegas y llevarlas a los pasillos y aulas de un instituto. Recordemos que Manoel de Oliveira ya había adaptado la obra, también rubricándola en tiempos presentes, con Chiara Mastroianni como absoluta protagonista, en La carta.
Junie, una muchacha de diecisiete años, se traslada de instituto. En su nuevo entorno, comprobará que las bajas pasiones y las relaciones tormentosas protagonizan los días de sus compañeros. Entonces, iniciará una relación con el único joven que parece ser una alma fidedigna. Entretanto, el profesor de cultura italiana se enamorará secretamente de Junie, empezando a alancearla sobremanera. Ella mantendrá una actitud ambigua hacia su profesor en todo momento.
El director sabe nutrirse de la esencia del texto que adapta para erigir un magma de turbulencias sentimentales con la mejor muestra de su entereza narrativa. Elegante y estilizada, la obra discurre por los parámetros del melodrama intimista, con cierto sentido vintage de la acción. Enmarcada en un París invernal y gélido, Honoré bucea en la frialdad de las relaciones que mantienen sus personajes. Aboga por un romanticismo distante que arrolla las diletancias de su base original. Incluso se permite alguna pirueta cinematográfica que demuestra un planteamiento cercano a la modernidad: incluye una secuencia pseudo-musical en el clímax final, utiliza la banda sonora como reflejo de las situaciones, acelera la imagen en algunos pasajes, siempre en esmerado favor de los personajes.
Garrel, a quien recordaremos todos como el hermano taciturno en el filme de Bertolucci Soñadores, sigue mostrando aquí su rostro más enigmático. Léa Sydoux, bisoña con la palidez de la Sophie Marceau de hace algunos años, se descubre en este filme como una firme promesa del cine francés. Su etéreo rostro, y una inusitada tristeza en sus ojos, la encuadran como la perfecta encarnación de la helazón sentimental en la que viven imbuidos los personajes.
La apertura de la obra ofrece un milimétrico retrato del cúmulo de caracteres que dice más de lo que cuenta, marcando así la tónica del relato venidero. En una sucesión de conversaciones encadenadas, unos breves diálogos bastan para revelar los vínculos harto complicados que unen a sus personajes. Honoré, además, opta por el riesgo en su propuesta. Hace que adultos y pupilos actúen de igual manera ante los vaivenes del corazón, los saltos generacionales se diluyen en una suerte de correspondencias pasionales y demuestra que la endeblez sentimental planea sobre sus protagonistas cual sombra amenazante que anuncia la tragedia.
Lo que podría haberse quedado en mera trama de amores adolescentes, se convierte en un desfile, casi vodevilesco, de contradicciones personales, de arrebatos emocionales, de acriños encontrados, teñidos siempre de un romanticismo imposible, casi impostado, por las líneas seminales del texto de LaFayette. La teatralidad de sus personajes y las distancias emotivas entroncan con la mejor tradición francesa. Podríamos reverberar, a través de este filme, la usanza de otros directores. Desde los sentimientos silenciados de Claude Sautet, hasta las desventuras, incluso, del Rohmer más apesadumbrado y existencialista.
Honoré no se conforma con un simple baile de máscaras y de relaciones engañosas. Apuesta por una reflexión difuminada sobre la inconsistencia del amor, sobre su cariz transitorio, y consigue que los sexos e intrigas de la corte de Enrique II se den cita en un instituto con una manierista naturalidad. Las miradas, los recelos, las cartas de amor y los silencios gozan de una inusual validez. Por momentos, parece que la cámara esté rastreando en primer plano los gestos que delatarán a sus personajes, se convierte en confidente del espectador y cómplice de sus actores, además de explorar los muros y pasadizos del centro docente en busca del escrutinio de vergüenzas ajenas. El sinfín de romances cruzados, incluso múltiples, que se dan en el filme podría haber caído en el ridículo. Lejos de eso, camina firme con vehemente desazón.
La belle personne es, pues, puro cine francés que se vale de un excelente plantel interpretativo y que reposa sus fauces en un texto de hace más de cuatro siglos del que Honoré extrae todo su espíritu, y lo universaliza en la desesperanza de los sentimientos.
Puede que resulte, por momentos, demasiado ingrávida. Puede que su distante romanticismo no convenza a muchos. Puede que su amanerado texto moleste a otros. Pero resulta innegable la osadía de su planteamiento, así como su coreografiada belleza, afortunada sinfonía afectiva sobre la que hace flamear al espectador.
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LA BELLE PERSONNE (3)








