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JE VEUX VOIR (3)

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Je veux voir
Título original: Je veux voir
País, año: Francia - Líbano, 2008
Dirección: Joana Hadjithomas, Khalil Joreige
Guión: Joana Hadjithomas y Khalil Joreige
Fotografía: Julien Hirsch
Música: Scrambled Eggs
Montaje: Enrica Gattolini
Intérpretes: Catherine Deneuve, Khalil Joreige, Joana Hadjithomas, Rabih Mroue, Manuel Carmona, Emile Slailati
Duración: 75 minutos
Distribuidora:  Pirámide Films
Estreno: 12 junio 2009
Página web:  http://www.shellac-altern.org/joomla/HTML/
je_veux_voir/FF3je_veux_voirsyn.html

La mirada foránea
Escribe Fernando Ramírez

La última propuesta de Khalil Joreige y Joana Hadjithomas, prestigiosos realizadores libaneses Imagínese el lector que una actriz de renombre internacional ha de asistir a una gala benéfica en lo que se supone es su primera visita a la capital del Líbano, Beirut. Imagínese, además, que dicha actriz aprovechará la visita para rodar unas secuencias en la frontera entre el Líbano e Israel acompañada por el equipo técnico y artístico. Imagínese que hablamos de Catherine Deneuve, quien descubrirá un mundo derruido por la pobreza y la barbarie bélica. Imagínese, finalmente, que la visita de tan celebrada diva es documentada a través de una cámara que la sigue en su recorrido y descubre su mirada de una civilización agreste que le resulta ajena.

Si puede imaginarse el entramado descrito, se encontrará delante de Je veux voir, última incursión de la icónica actriz francesa.

Khalil Joreige y Joana Hadjithomas, prestigiosos realizadores libaneses que han acumulado premios gracias a sus incursiones documentales y sus cortos de denuncia social sobre la situación que lleva años viviendo su país, han dirigido esta obra en mancomunidad de intenciones y un presupuesto paupérrimo.

Seis días de rodaje y unos ajustados 75 minutos de metraje -no hace falta más- construidos con mínima anécdota, aplicada poética cadente y una bella fotografía, han logrado conseguir el premio a la mejor película en el Festival de cine de Gijón del pasado año, así como participar en la sección Un certain regard del festival de Cannes de la misma fecha.

Seis días de rodaje y unos ajustados 75 minutos de metraje

Se sirve, por supuesto, del reclamo comercial de la musa de hielo por excelencia. Su concurso le confiere al producto toda la credibilidad y la cristalización enigmática de un viaje iniciático que, de otro modo, hubiera obtenido diferentes resultados. Descubrimos a Deneuve en la apertura del filme con su particular declaración de intenciones: la pronunciación reiterada de la sentencia que da nombre a la experimental propuesta mientras observa en silencio los rascacielos desgarrados que pueblan Beirut.

Habíamos podido apreciar el exorcismo que hizo Ari Folman de sus fantasmas del pasado, anclados en la misma guerra, y definidos por un proceso de catarsis psicológica en Vals con Bashir. Sin embargo, la obra que hoy nos ocupa, aunque de idéntica temática, se aleja de los horrores de un conflicto armado para adentrarse en las calles que han quedado a su paso, en las contradicciones que deambulan cabizbajas por la capital, en los ojos tristes de sus gentes. Se trata, pues, de un retrato sincero para las miradas que deseen conocer.

Un recorrido casi documental por el paisaje desolado del Líbano

Querer ver

Je veux voir recoge en su título toda la esencia que destila la obra puesto que ésta se percibe como una voluntariosa mirada, como una elucubración visual de recovecos de la capital libanesa que se observan  a través de los ojos forasteros de Deneuve, quien a su vez funciona como testigo traductor de los ojos del espectador. La identificación entre actriz y público es absoluta y las fronteras que separan el patio de butacas de las imágenes en celuloide se diluyen en una falaz cortina de humo.

Si la cámara ve lo que la actriz observa, ella se convierte en la traslación directa de lo que contempla el espectador. El juego de espejos se convierte en el motor narrativo de una acción prácticamente inexistente. La capacidad de exposición visual de la obra funciona por sí sola como una suerte de ejercicio estilístico, formulado con las leyes de la road movie, e incluso de la buddy movie, aunque con un marcado carácter naturalista, que funciona como metáfora moderna de los poderes de la globalización.

La cámara persigue el coche en el que se mueven la actriz y su compañero de profesión libanés, Rabih Mroué

En efecto, la cámara persigue el coche en el que se mueven la actriz y su compañero de profesión libanés, Rabih Mroué. Ambos adquieren el talante del reverso antagónico de una moneda. Si Deneuve es ella misma, la actriz convertida en mito occidental a forja de los años que visita un territorio asolado por la guerra del sur del Líbano en 2006, quien, además, comprobará de primera mano los efectos de un conflicto armado, Rabih Mroué es el actor autóctono que la guiará a través de las carreteras en el breve proceso de descubrimiento de un lugar que le ha visto crecer, donde siempre ha morado, y del que se ha desprendido éticamente por la trágica historia de un país.

Mediante esta voluntad realista, el filme se erige como un documental planteado desde la ficción, o a la inversaMediante esta voluntad realista, el filme se erige como un documental planteado desde la ficción, o a la inversa, como un relato ficticio enmascarado con una apariencia documental. Porque, ya desde su primer fotograma, la angosta línea que separa la realidad del artificio se disuelve en una partitura estilizada de imágenes cuyos parámetros difuminan la certeza de lo que se está viendo. Si la presencia de Deneuve en mitad de los paisajes devastados otorga la cualidad de sueño imposible, las secuencias descriptivas de una realidad devastada reflejan el lado verista del relato.

El filme, pues, bascula constantemente entre ejes equidistantes que enriquecen su críptico planteamiento. Las instantáneas de edificios destruidos en proceso de reconstrucción conviven con las más bellas postales de los campos libaneses, la mirada del componente foráneo se cruza con la mirada curiosa del oriundo, la guerra cohabita con la paz, los resquicios de un pasado se abrazan con los lechos del presente, la alteridad empatiza con la comprensión y la percepción de un lugar respira el mismo aire que el sentimiento de quien lo ocupa.

Je veux voir supone un experimento fílmico poderosamente sugerente que envuelve al espectador en un halo insólito de mimesis e identificación. Sin apenas un argumento que poder ofrecer, un serpenteante paseo por el sur del Líbano le basta a la cámara para empujar a los ojos extraños a visualizar una realidad ampliamente desconocida. Arriesgada aunque segura de sí misma, la obra marca un compás fértil que advierte, apuesta, y triunfa en su condición distintiva de documento social. Desde luego, no es poco mérito.

'Je veux voir' supone un experimento fílmico poderosamente sugerente
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