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Sopa de ganso inglesa
Escribe Juan Ramón Gabriel
La no traducción del título inglés de esta película ya es un claro síntoma anticipatorio de la dificultad de recepción para un espectador no británico. El modismo que la intitula podría traducirse, aproximadamente, como "en el ajo", "al tanto", "al corriente", "en la pomada", etc.
El cogollo que la constituye es una acerba sátira política de la maquinaria política que rige la cosa pública de la Inglaterra de principios del siglo XXI, con una extensión a los engranajes gubernamentales norteamericanos, al fin y al cabo primos hermanos de los británicos.
El filme responde a un spin off (derivación) de una serie televisiva de la BBC: The Thick of It (algo así como "El meollo"), serie que pretendía actualizar la crítica que en los años ochenta supuso para el thatcherismo otra serie de la propia BBC, Yes, Minister, aplicándola ahora al New Labour de Tony Blair. El mensaje político es nítido: la continuidad de las políticas erigidas por la Dama de hierro en su más conspicuo discípulo: el laborista Blair.
Pero toda sátira y todo producto de origen televisivo necesita de un código referencial compartido entre el emisor y el receptor, en este caso los intríngulis más populares y a pie de calle de la política inglesa, código que un espectador no británico desconoce en todos sus pormenores, lo cual imposibilita una plena captación del discurso crítico y humorístico en que se sustenta la película.
En este caso concreto esa necesidad de conocer los recovecos de la política inglesa se convierte en un muro inexpugnable para un espectador no inglés, dado que el filme se somete a una inmediatez, a un apego a la realidad política inglesa y a su representación mediática, de donde extrae sus mayores virtudes pero, también, sus peores vicios. Es decir, como no estamos "en el ajo", no nos enteramos, en muchas ocasiones, de la carga de profundidad que desprende el relato. Su referencialidad exacerbada de origen televisivo le impide convertirse en una película en que lo anecdótico alcance estatuto de categórico, válido por su trascendencia como discurso universal.
Y a pesar de estas limitaciones, se puede decir que dentro de su restringido ámbito es un filme que consigue sus objetivos. El vértigo se apodera del espectador desde el inicio, siendo el ritmo una cualidad secundaria de la vorágine de imágenes y de palabras con que se nos bombardea. Un encuadre que intenta captar un movimiento frenético, inhumano, por lo acelerado del tempo, apoyado en una cámara sin trípode, en mano o al hombro, que persigue, mediante una sucesión de planos medios y primeros planos mayoritarios, el continuo ir y venir de los personajes, aquejados de un estrés no apto para espectadores con problemas cardíacos.
Este frenesí visual se acompaña con una verborrea explosiva, con unos diálogos encrespados y acerados, que enfatizan y subrayan el enervamiento de las imágenes. La riqueza lingüística del guión, férreo y dominante del mundo que ha pergeñado, se apoya en un registro coloquial, extraído del habla inglesa, que se asemeja a un ametrallamiento inclemente, incesante. El repertorio de la coprofilia terminológica de la que hacen gala los personajes es digno del más chocarrero y zafio Quevedo. La gongorina estilización de insultos que escupen las bocas de los protagonistas llenaría un manual del arte de los insultos. Esta grandeza y esplendor lingüístico pasa delante de nuestras narices como un perfume del que nuestros oídos no pueden gozar en su plenitud.
De hecho, una especie de lapsus linguae proferido por el Ministro de Asuntos Exteriores se convierte en el detonante de la historia, aunque más tarde nos apercibimos de que se convertirá en un MacGuffin para justificar lo políticamente injustificable: la necesidad de embarcarse en una guerra. Pero la gracia, nuevamente residirá en el desvelamiento de la hipocresía lingüística, en el uso y abuso del lenguaje para cometer las mayores tropelías. La homofonía constitutiva de la lengua inglesa permite y propicia que el guión del filme se sustente en estos juegos de lenguaje, en sus dobles sentidos.
De tal modo que los personajes son simples guiñoles logorreicos. Su fuerza constitutiva radica en el dominio de las palabras. Esta selva verbal impide cualquier tipo de progresión dramática. Estamos frente a muñecos que articulan una retahíla infinita de palabras cuyos significados ellos no controlan, sino que son dominados y arrastrados por ellas.
Downing Street (Londres), la Cámara de Representantes Norteamericana (Washington) y la sede de la ONU (New York) son los espacios del poder por donde discurre la arrolladora corriente verbal. Las diferencias articulativas del inglés british frente al inglés american muestran también dos cosmovisiones diferentes pero complementarias en su afán por ejercer las riendas del Poder. No hay ni un solo personaje con el que identificarse, bien por la estupidez, el maquiavelismo o, directamente, la inteligente manipulación de los resortes que manejan. Se agradece este nihilismo del director y del guionista. Sin contemplaciones.
Las entrañas de este Poder quedan al descubierto en esta descarnada sátira de las miserias, y de los miserables, servidores públicos, camada de lobos que muñen incluso los titulares de los medios de comunicación, perdida ya la fortaleza de éstos como contrapoder, siendo un apéndice más en la estrategia política. Tampoco desmerece el retrato de los cachorros aprendices de brujo que rodean a sus amos, la galería de asesores y expertos en comunicación que blanden armas en espera de aprovechar su oportunidad. Y la aprovechan magníficamente cuando se presenta.
La flema británica se conserva, aun a riesgo de cierta cefalea para los no británicos, en esta exposición de los intestinos por donde circulan las excrecencias políticas. Que el propio mecanismo estatal televisivo produzca una película como ésta muestra la fortaleza de una sociedad, su capacidad democrática para poner en la picota su propio establishment democrático, valga la paradoja.
Qué envidia.
