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Dolor y culpa
Escribe Mister Arkadin
Hay películas desconocidas que nos llegan a veces con la mayor humildad. Su voz no se eleva demasiado, simplemente son filmes susurrantes, que tratan de empatizar emociones, de conquistar a los escasos espectadores que las hayan visto. Normalmente se trata de estrenos de quita y pon, nada mimados por los exhibidores y por los distribuidores, donde todo en su conjunto tiende hacia su inmediata desaparición, olvido. Muchas veces son primeras películas de casi todos los que intervienen en ella. Tan sólo algunos actores o actrices han sido contratados como reclamo para el espectador. Pero hoy, en general, el dominio del actor no es el de antes.
Si además estas películas proceden de cinematografías alejadas de la dictadura hollywodiense, la dificultad para ser estrenadas es enorme. Incluso aunque procedan del cine independiente norteamericano (como la agradable sorpresa que supuso hace muy poco The dead girl) acaban siendo, para algunos escritores y críticos de cine, un muy agradable descubrimiento. Películas pequeñas dignas de ser defendidas y sobre cuyos creadores, en espera de sus posteriores obras, habrá que permanecer expectantes.
Hace mucho que te quiero pertenece a ese grupo de películas. Primeriza, inteligente, soportable en su levedad, crecida en sus logros. Un filme sin apenas pretensiones que simplemente se propone reflejar un trozo de vida. O mejor dicho, mostrar la recomposición de una vida rota.
El cine francés actual
Un filme que procede de una cinematografía como la francesa, que actualmente es más dada a mirarse el ombligo y recordar antiguas glorias, que a ofrecernos productos rompedores o clásicos rodados con rigor, plenos de cine y sugerencia. Los grandes maestros hablan muy de tarde en tarde (similar proceso ocurre en Italia) y no siempre dándonos películas propias de su valor. Y, para remate, ni siquiera nos llega el rebelde Godard, siempre fiel a su cine innovador y muchos años por delante del cine que actualmente se hace.
Hace poco, proveniente de Francia, pudimos ver la última pifia de Jean Becker, hijo del gran Jacques, del que poco debió aprender. Era Dejad de quererme, obra radiofónica, como todas las suyas, centrada en el guión, de realización plana, puesta exclusivamente al servicio del recitado de unos diálogos. Además esa obra de Becker, centrada en las “mentiras” y ocultamientos de la clase media alta francesa, era errónea en planteamiento y en personajes. Eso sin contar la falsedad con la que están concebidas las secuencias (la imposibilidad de insuflarles vida, de su funcionamiento desde la lógica cinematográfica) o el mismo final que acaba por destrozar la tesis enunciada por el autor. Y es que las películas de Becker, como aquellas denostadas del mal llamado cine clásico francés (o sea anteriores a la eclosión de la Nouvelle vague), son sobre todo de tesis.
Hablo de la película de Becker porque es hermana (tanto en la nacionalidad como en la fecha en que ha sido realizada) de la de Philippe Claudel (Nancy, 1962) un recién llegado al mundo del cine. Pero no un personaje desconocido. Se trata de un escritor de mediana fama que ha decidido pasarse al cine al pensar que el mundo de la creación desde las imágenes es más apasionante y completo que el de una novela. Sorprende tal propuesta viniendo de un intelectual de las letras. Su “clase”, en general, considera el cine como un arte menor (en el caso de considerarlo como tal) frente a la grandeza de la novela. Personas que incluso si coquetean con el cine lo hacen como aventura o simple diversión.
Por eso, por su decidida apuesta por el cine, el nuevo realizador ya nos resulta simpático. Su película nos prueba, además, que conoce el lenguaje del cine. No es ni mucho menos “literatura” lo que nos ofrece. Su primera película, a veces balbuceante, alargada o equivocada, es un muestrario de buenas maneras, de sugerencias y propuestas de cara a próximas realizaciones.
Mujer con pasado
Un comienzo un tanto repetitivo, dado por unos planos estáticos con los que se muestra un ralentizado paso de tiempo, no nos hace concebir demasiadas esperanzas sobre lo que vamos a ver. Simplemente se trata del plano de una mujer, Julietta (Kristin Scott Thomas), sentada en la mesa de la cafetería de un aeropuerto, esperando a alguien que no llega. Un inicio con aire de suspense lo suficientemente intrigante, pero inútil ante la falta de datos. Planos que alternan con los letreros de créditos, es decir, a un plano de créditos sigue el plano de la mujer, al que sigue un nuevo título de crédito... y así sucesivamente.
La mujer parece nerviosa, incomoda, extraña, fuma desesperadamente. ¿A quién y por qué espera? ¿Dónde nos encontramos?
El final de los créditos va a coincidir con la llegada de una mujer que viene a buscarla. A partir de este momento la película camina por diferentes sendas que en todo momento se interrelacionan.
En principio se nos ofrece una especie de puzzle, que a continuación se va construyendo poco a poco. Las piezas dispersas parecen imposibles de engarzar porque entre otras cosas no son claras ni fáciles sus posibilidades de unión. Estamos ante un filme estructurado como un dibujo hitchcockiano, o mejor chabroliano (en lo que éste, incluso, debe a aquél). Una intriga repleta de interrogantes que van siendo desvelados. Una familia burguesa. Una ciudad de provincias. Y un secreto familiar que hay que guardar.
Todo eso, por supuesto, está en el filme, pero hay otras cosas que lo acercan más al mundo propio del director. Se narra una historia que por momentos pasa de lo individual a lo coral, al incluir numerosos personajes secundarios que van acompañando la presencia (y descubrimiento) de la protagonista.
Algunos de los personajes secundarios son también protagonistas de la historia: el policía que nunca llegará a cumplir su deseo; el abuelo que entiende pero no habla; la madre con Alzheimer que está más lúcida de lo que algunos creen; el profesor; los amigos de la hermana de la protagonista; los sobrinos; el dueño de la fábrica; las enfermeras o el director del hospital... Personajes que se mueven por una ciudad determinada, Nancy, dando a su entorno un cierto carácter de protagonismo.
Una ciudad, un filme
Hay ciudades que se meten en la piel de los habitantes de una determinada película. Como la Roma en guerra de Roma, ciudad abierta de Rossellini; Rimini en Fellini ocho y medio; Parma y varios títulos de Bertolucci; Salamanca y el cine de Patino; París en Los cuatrocientos golpes de Truffaut; Madrid en Mi tío Jacinto de Vajda o El mundo sigue de Fernando Fernán Gómez; Milán en Rocco y sus hermanos de Visconti; Brujas de Escondidos en Brujas de Martin McDonagh... y muchas más. Ciudades fundidas con personajes, personajes absorbidos por lugares.
Aquí la ciudad de Nancy es el reflejo de una sociedad, de un momento, de los personajes que la habitan. Documento (no documental) sobre la ciudad y sus habitantes. Un lugar repleto de ideas, de silencios, de hipocresía, de mentiras, es la propia piel de los habitantes. ¿Quién hace a quién? ¿La ciudad a los habitantes o viceversa?
Nancy vive en el presente de unos personajes contradictorios, que guardan en sus casas secretos que desean que no salgan a la luz. La ciudad del propio director de la película, un lugar que conoce a la perfección.
Secretos a media voz
Julietta es portadora de un secreto, un pasado que todos intentan ocultar y por el que, incluso, es apartada del entorno familiar. Ha estado en la cárcel durante años. Lleva tatuado en su interior el dolor por el (aparente) horrendo crimen que cometió. ¿Cuál ha sido su culpa? ¿Qué cosa tan terrible ha hecho? ¿A qué se debe su dolor, su apartamiento de una sociedad que la mira con horror o que la aparta sin preguntar razones? Culpa, dolor y redención. Una culpa que encierra también una liberación. Algo que la mujer guarda en su interior. Pero un secreto que guarda en su interior, que no comparte con lo demás. La verdad no está en la apariencia, en la aparente explicación de unos hechos.
La culpabilidad es uno de los grandes temas del filme. Dostoievski y Crimen y castigo aparecen en el relato, reflejando la historia. ¿Cuál es el crimen y por qué se la castiga tan duramente? Dolor, amor, sufrimiento humano, dedicación y entrega a los hijos, desaparición de los sueños, soledad, abandono... y el silencio.
Casi nada lo planteado, todo un mundo en realidad. Una película que habla sobre el amor y la pérdida, la vida y la muerte. Demasiado el trabajo emprendido por el novel realizador, como si quiera dar rienda suelta a todas sus obsesiones. Quizá, aún dominado por el virus literario, creyendo que entre una novela (extendiéndose a lo largo de cuantas páginas se quiera) y una película (reducida a unos determinado límites) no existe diferencia. Deberá aprenderlo Philippe Claudel en sus futuras realizaciones. Por lo visto aquí hay madera para alimentar un intenso fuego. Al menos así se presiente.
Filme que habla sobre las relaciones, sobre seres escondidos en unas poses más o menos intelectuales. Que cuenta cosas simples de la vida cotidiana: un paseo, el silencio en la noche, una clase, una visita a una exposición... el fluir, en definitiva, de la vida.
Logros y defectos
Hay calidad en muchos momentos como se muestra, por ejemplo, en la larga secuencia de la comida (se puede comparar con otra semejante de Dejad de quererme para comprender la gran diferencia existente entre filmar sin o con alma) donde se habla de literatura y de cine, mientras se juega con verdades ocultas. Secuencia que concluye con la contestación de la protagonista a la pregunta del contertulio más engreído y pedante. Dice la verdad y... no es creída. No la creen porque la verdad, su verdad, es difícilmente comprendida y aceptada. Su respuesta verdadera es para el inquisidor una entelequia irónica hasta el punto de ser tenida como ganadora de ese juego impertinente.
Estamos, insisto, ante la película de un escritor, de un intelectual (al igual que ha ocurrido con el debut del director de Escondidos en Brujas, aunque la diferencia entre ambos realizadores es, por el momento, grande), no de un cualquiera al que todo el mundo desconoce. Se nota, su feliz sentido “literario” en algunos diálogos, en las discusiones “culturales”, en los referentes artísticos: el comentario en una clase sobre Crimen y castigo, un cuadro visto en una exposición o en museo (momento similar a otro de Escondidos en Brujas: el espejo descubre la realidad del que mira)...
Pequeños detalles sirven para ir engrandeciendo una película que, en algunos instantes, se pierde por su desmedido afán por mostrar y redefinir esa tesis necesaria –así lo cree el director– para dar calidad a la película. Realmente innecesaria para que el filme muestre sin trampas sus cartas de naturaleza introspectiva.
En la modélica estructura con la que se construye la narración, chirrían los momentos explicativos, aquellos que intentan que la historia explique su gran importancia. Por ejemplo, resulta forzada la discusión en clase, precisamente sobre Crimen y castigo.
Lo peor, de todas maneras, son los minutos finales del filme. Lo son tanto por la forma (precipitada y ridícula) con la que se tiene acceso al misterio como por el alargamiento de la resolución final. Innecesaria y equivocada.
La humana y terrible historia sobre la muerte de un ser tan querido como el hijo resulta apasionante y esquiva al mismo tiempo. Imperfecta en una búsqueda de la perfección.
Con todos los defectos que se pueden buscar y encontrar en película, en ella late la vida, insuflada por un guión más que correcto y por una realización que, en sus primeriza escritura, presagia un buen realizador. Esperemos que su próxima obra ratifique lo que aquí se intuye.
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HACE MUCHO QUE TE QUIERO (3)








