![]() |
|
Sordidez naturalista
Escribe Juan Ramón Gabriel
La pretensión moral que subyace en este filme queda de manifiesto en la paronomasia que lo intitula: la Camorra ha convertido la ciudad de Nápoles y la región de la Campania en una nueva Gomorra bíblica, a la espera de su destrucción por la impiedad de sus habitantes y la perversidad de sus costumbres. Hasta que ese castigo redentor llegue, la mafia autóctona controla los designios económicos de los ciudadanos napolitanos. Radiografiar la enfermedad que los atenaza mediante una disección precisa y distante es el empeño del director, que no su logro.
Siendo el tema mafioso uno de los más trillados en la historia del cine, tanto en su vertiente originaria italiana como en su transposición americana, habiendo dado lugar a un subgénero específico por el que han desfilado los directores y actores más prestigiosos, el director ha optado por una “desacralización” desmitificadora tanto en la forma como en el contenido del signo “mafia-camorra”.
Para ello, despoja de hechizo fascinador a los protagonistas de esta historia, tanto a los actores como a los personajes. Focaliza su relato en los despojos humanos que pueblan un submundo al que se le ha arrebatado cualquier atisbo de código de honor propio de las representaciones cinematográficas precedentes; unas criaturas que sobreviven en medio de unas colmenas residenciales similares a las celdas carcelarias, por su aspecto lúgubre y sucio; unas familias rotas y desestructuradas, sin ningún tipo de relación afectiva. Un escenario propio de las películas de Ken Loach.
Estos personajes son encarnados por unos actores frente a los que es imposible ejercer el mecanismo de identificación hollywoodiense; su naturalidad está tan resaltada que caen en el feismo, lo hortera, el kitsch, lo cutre.
Asimismo, el paisaje que rodea y envuelve las acciones de esta “morralla” social se ciñe exclusivamente a aquellos lugares que muestran el clima y la atmósfera claustrofóbica por la que deambulan, destacando, otra vez, lo más tétrico: el desierto moral se proyecta y objetiva en el desierto urbano, en un inframundo acotado y cerrado, que persigue generar malestar en el espectador, exhibiendo la falta de oxígeno, la ausencia de un oasis vital donde puedan refugiarse los personajes.
Se recurre a un “pentateuco” de historias a fin de ofrecer una visión más amplia y abarcadora del fenómeno, pero todos los caminos conducen a… Nápoles-Camorra, sin que ninguno transcienda el verismo tremendista del que parten.
Como hecho anecdótico, se pueden destacar dos referencias cinematográficas que el guión se permite: en una se menciona a Tony Montana (Scarface) como ídolo de dos aprendices de camorristas; en otra, mejor insertada, Pasquale, un sastre despojado de su oficio por saltarse las normas y reconvertido en camionero, ve y escucha en la televisión de un bar de carretera la llegada a un festival cinematográfico de la actriz Scarlett Johansson, de la que la voz en off de los comentaristas destacan la sofisticación y elegancia del traje que viste. He aquí toda una declaración de intenciones respecto a cuál es el modelo que el director no ha querido seguir.
Por lo que respecta a la forma, en consonancia con su contenido se ha decantado por rehuir todo mecanismo de representación propio del género de película de mafiosos, amparándose en un objetivismo deudor de los reportajes de investigación televisivos, al modo de programas como Callejeros o Reporteros de las televisiones españolas: una cámara que sigue y persigue a los personajes, en un constante movimiento que intenta captar las andanzas de las “personas” a las que retrata fríamente; una cámara ubicua cual su sombra y privada de todo aparente estilo planificado, buscando el efecto de “inmediatez”.
Dada su preeminencia como tema social de actualidad por sus nefastas consecuencias ecológicas, se expone con bastante fruición el asunto del enterramiento ilegal de los residuos tóxicos: en este caso, toda una concesión (por supuesto, más allá del problema real) de cara al espectador más comprometido con el medio ambiente. O sea, la mayoría.
Desenterrar el producto tóxico camorra; exhibir de la manera más descarnada y cruda las afecciones que produce en el tejido social; denunciar y dar testimonio de todo ello es el empeño de esta película. Todo ello a través de una desnudez revestida de reportaje de investigación, neutro y objetivo. Y como tales reportajes pretendidamente neutros y objetivos, parte de una selección y planificación previa que los desobjetiva.
En este caso, el afán de naturalidad deviene naturalismo y el naturalismo deniega precisamente ese anhelo de objetivismo. Es tan restringida la elección de la mirada, tan angosto el mundo retratado, que pierde el efecto deseado, provocando rechazo.
No hay dialéctica ni tensión, tanto a nivel dramático como ideológico. Está tan acotado el territorio de representación que resulta endogámico. ¿Se está hablando de la ciudad capital de la región donde se encuentran las ruinas de Herculano y de Pompeya, a las faldas del Vesubio? ¿Del lugar de veraneo preferido de la burguesía italiana? ¿De una de las zonas turísticas por excelencia desde la época de los románticos ingleses? ¿La camorra no está interesada en el negocio turístico? ¿Todos los camorristas son tan míseros y unidimensionales?
El autor de la novela que ha originado esta película respondió a la cuestión de cómo había podido zafarse del influjo de la camorra habiendo nacido en su seno geográfico de influencia afirmando que su familia fue fundamental, ya que procedía de una familia burguesa y su madre, procedente del norte, se esforzó por mantenerlo fuera de ese ambiente. ¡Vaya, por Dios, qué suerte¡
Más cerca del barrio de León de Aranoa que de los cuatros meses rumanos, Zola ya confesó en su día que él sólo había deseado tener un buen hogar y una chimenea donde escribir calentito.
| < Prev | Próximo > |
|---|
GOMORRA (2)








