Retrato de una ausencia
Escribe Marcial Moreno
¡Qué tristes son las películas de Michael Winterbottom! Casi da igual el género al que se adscriban (algo especialmente remarcable en el caso de un director que parece haberse propuesto transitarlos todos). Todas ellas poseen un poso de melancolía que va progresivamente impregnando la pantalla y que suele conducir al desmoronamiento total, por mucho que en ocasiones ese desmoronamiento permanezca velado.
A veces, el resultado final se acerca a la perfección, como en 9 canciones o 24 Hour Party People, y en otras, como en ésta, quedan algunas aristas por pulir, alguna pequeña estridencia, quizá inseguridades, pero siempre un resultado estimable, y coherente con una de las carreras más interesantes del cine actual.
Y es que, a pesar de la diversidad temática, la obra de Winterbottom posee la unidad que le proporciona un estilo sustentado en una elegancia narrativa fuera de lo común. El respeto a sus personajes y al espectador parece ser el cedazo que discrimina lo aceptable de lo inadmisible en sus películas. Es muy difícil encontrar en su obra tipos esquemáticos, subrayados ofensivos o trampas narrativas. Si las buenas películas no lo son por lo que dicen sino por cómo lo dicen, Winterbottom es siempre una garantía de buen cine.
Siendo así, no cabe sino reconocer que, una vez más, no defrauda. La historia es aquí la de una pérdida, la de la madre, y la película se ocupa de retratar su ausencia, la huella que ha dejado en su familia. Sin apenas aparecer en pantalla, la muerta se erige, por omisión, en la verdadera protagonista. No cabe por tanto rasgarse las vestiduras, como algunos han hecho, por la falta de argumento. El argumento existe, se percibe, se sufre, pero no necesita de una exposición exhibicionista. La contención es su razón de ser. Y a través de paseos, risas, enojos, sospechas, reproches, miradas, impotencia, sentimientos todos ellos apuntados casi de pasada, reiteraciones que en realidad no lo son, vamos siendo testigos del desamparo creciente de unos personajes que han perdido la argamasa que los mantenía firmes.
Y la ciudad de Génova ofrece el marco perfecto para transmitírnoslo. Allí va la familia buscando una recuperación anímica. Sustituyen el frío de los paisajes nevados por el sol y las playas del Mediterráneo, esperando con ello transmutar en alegría la tristeza que los atenaza. Sin embargo, comprobarán que la desolación no se queda en Chicago, sino que viaja con ellos, que cada uno encuentra en las cosas aquello que deposita en ellas, y sus pertenencias no son otras que las que les dejó la desaparición de su madre.
En consonancia, Génova aparece como la ciudad antaño noble pero ya decadente, la brillantez que se desmorona, la imposibilidad de recobrar el pasado. Los paseos por las callejuelas de su casco antiguo no difieren del laberinto interior en el que deambulan los personajes, y los continuos contrapicados muestran la escasa y lejana luz que alumbra sus angostas calles y sus magulladas vidas. La falta de guía es doble. Por mucho que les cueste, los personajes deben aprender por sí solos a encontrar su camino. Los continuos extravíos lo son físicos, pero también espirituales.
Pero la película no es sólo la crónica de un accidente. Es también la constatación del inexorable e irreversible paso del tiempo. Es el testimonio de la maduración inevitable que aquí se ve condicionada por la pérdida del punto de referencia familiar, pero no causada por ella. Y es el inventario de la de las cicatrices que quedan.
Así, Kelly despertará a la edad adulta en Génova, y articulará a su manera la rebelión contra su padre. Éste, por su parte, tendrá que asimilar el distanciamiento de su hija mayor, al tiempo que la fallida relación con su alumna es un aviso sobre su propio envejecimiento.
Por su parte, Mary, la hija pequeña, comienza a abandonar la niñez y a adquirir una autonomía que llega acompañada de peligros cada vez más difíciles de conjurar, de modo que la protección que su padre le ha otorgado hasta ese momento se va tornando más incierta. La preciosa escena de la niña intentando cruzar la calle en medio del tráfico para alcanzar el fantasma de su madre es muy significativa; no sólo del peligro que acecha, sino de la necesidad de afrontar por sí misma ese peligro. Su madre le indica el camino, pero no puede hacer nada para ayudarla a vencer las dificultades que en ese camino encontrará. Es una tarea exclusivamente suya. Aunque nos duela, y les duela a ellos, los niños han de emprender su propio vuelo.
El final es una adaptación no exenta de desolación. La extrañeza ha calcificado los goznes familiares y la fluidez de sus relaciones será irrecuperable. La ciega persecución final, en la que cada uno de ellos busca a los otros dos sin saber muy bien dónde, y con la conciencia de no haber hecho lo que debía, testimonia el distanciamiento que se ha instalado en sus vidas. Por eso, el último beso resuena hueco y se percibe gélido, desencantado, resignado.
Y todo ello contado con una pulcritud y una contención exquisitas, y con el ya habitual protagonismo que en sus películas posee la música. Hemos hablado de las últimas escenas, pero no son sólo éstas. Toda la película está plagada de detalles magníficos, como la utilización de las prostitutas y los emigrantes como elementos terroríficos, terror que sólo existe en la mente de los protagonistas y de los espectadores, pues, si bien se mira, en ningún momento realizan nada que justifique ese miedo. O la pudorosa manera con la que da noticia del accidente y el duelo posterior, alejada de cualquier exceso sentimental, y sirviéndose de elegantísimas elipsis.
Solamente estos momentos iniciales ya justificarían la película, un paso más en la construcción de un impecable universo cinematográfico.

