![]() |
|
Melodrama opresivo
Escribe Gloria Benito
Estamos ante la tercera adaptación de una de las obras del dramaturgo Sergi Belbel, cuya representación teatral dirigió Ventura Pons en 2004. Antes lo había hecho con Caricias (1987) y Morir (o No), en 1999. No parece arriesgado, pues, afirmar que a este director, productor y guionista le atraen los temas existenciales y las contradicciones que aquejan a los personajes presentes en la obra de Belbel.
En este caso, el director explica su interés en la versión cinematográfica de esta obra, en el hecho de que la profesora que la dio a conocer a sus alumnos fue represaliada por las autoridades educativas de Alicante. Deja así constancia de su defensa de la libertad de enseñanza y de su rechazo a una represión que nos recuerda tiempos pasados y que deberíamos haber superado y olvidado.
La película entrelaza las secuencias de dos tragedias, de dos historias que suceden en dos tiempos separados por cuarenta años, dos mujeres que padecen cáncer terminal y deben enfrentarse tanto a la muerte como a sus demonios.
La primera, en los años 60, es la de Emma, un ama de casa frustrada y autoritaria que vierte de forma violenta su rabia, y se rebela contra la cobardía del marido, la mediocridad de su hija Anna (Aida Osset) y la escondida homosexualidad de su hijo Josep (Dafnis Balduz). La figura de la matriarca, que se cree indispensable y en posesión de la verdad absoluta, determina el destino de aquellos que le sobreviven y arrastran su propia existencia a otros destinos, a otras tragedias futuras.
La segunda historia, en 2008, relata la vuelta de Anna al entorno familiar, del que huyó en el pasado, y su reencuentro con un padre anciano y egoísta, con un hermano que vive su homosexualidad con naturalidad, con sus sobrinos y con sus dramáticos recuerdos.
Ambos personajes femeninos están interpretados por Anna Lizarán, una de las actrices preferidas por Ventura Pons (El perqué de tot plegat), que transmite con gran fuerza los intensos y complejos sentimientos de dos mujeres en dos momentos de la historia. Joan Pera encarna con rigor al mismo personaje en dos momentos de su vida: el marido conformista de Emma y el viejo gruñón y egoísta, que vive solo en el piso familiar cuidado por una joven dominicana.
Este ambiente cerrado y sofocante, lleno de reproches y acusaciones entre unos personajes asfixiados por su mediocridad y sus prejuicios, contrasta con el de los vecinos del piso de arriba –gitanos en los 60 y magrebíes en el tiempo actual– más vitales y abiertos. Los otros, los forasteros, son vistos unas veces como algo que pertenece a otras culturas no tan fiables como la catalana, y otras como la esperanza de un cambio basado en la pluralidad y el mestizaje.
La estructura del filme se ajusta a los tópicos del género, por lo que las secuencias se articulan a partir de un tiempo presente en el que Manuel, niño ayer y adulto hoy, acude a visitar el piso ya vacío, con el fin de comprarlo. Este personaje, interpretado por Roger Príncep en la infancia y Santi Pons en la madurez, es el que abre y cierra la historia de las dos familias, como testigo mudo de las tragedias de ambas. El resto se resuelve con saltos temporales, que enmarcan las secuencias de los dos tiempos, para conformar el argumento que cobra así coherencia al final del filme.
Una estructura de personajes, sobre todo femeninos, cuyas existencias se superponen y complementan para constituir un universo en el que destaca el dolor y el miedo a la muerte en algunos casos y la frivolidad en otros. Y donde se añaden otros temas como la hipocresía ante la homosexualidad, la rebeldía de la juventud, el deseo sexual adolescente y senil, el egoísmo, la ternura y la envidia o los celos ante la falta de amor.
En un segundo plano aparecen las relaciones y reacciones ante los inmigrantes de las dos épocas, de forma desdibujada y poco verosímil. Seguramente porque ésta es una película que plantea tanto temas personales como familiares y sociales. Quizá demasiados.
