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El sueño de Werner Herzog
Escribe Arantxa Bolaños
Todas las películas de este director alemán, son más interesantes por lo que te hacen pensar que por lo que cuentan por sí mismas. Estamos aquí ante un cine-ensayo que cuestiona preguntas al espectador para activarle el mecanismo de la autorreflexión. No es un cine informativo, pese a que en los últimos años se haya especializado en el género documental. Tampoco es un reportaje de investigación sobre la vida de la Antártida, el lugar del rodaje. De hecho, adolece de falta de información aunque no de interés suscitado en el espectador, al que interroga constantemente para hacerle partícipe de un diálogo mutuo.
A diferencia de varios filmes ubicados en el Polo Sur, como La cosa (John Carpenter, 1982), El viaje del Emperador (Luc Jacquet, 2005), o Happy Feet (George Miller, 2006), no estamos ante un documental al uso ni ante una película de ciencia-ficción, sino ante un híbrido en el que ficción y realidad se funden (como en todo el cine de Herzog) para crear una crónica personal donde lo importante son las historias que nos cuentan los personajes principales.
Werner Herzog comenzó su carrera haciendo películas de ficción acompañadas por su amigo-enemigo Klaus Kinski, personificación éste del carácter que siempre ha suscitado el interés a este director integrante del Nuevo Cine Alemán: la hipersubjetividad, la irracionalidad, lo excesivo y la pasión desmedida convertida en obsesión.
A Werner Herzog (cuyo nombre real es Werner Stipetic) siempre le han interesado los personajes obsesivos, apasionados por una idea enfermiza que necesitan llevar a cabo por imperativo vital y emocional. Son seres vehementes que tienen un sueño, y que dan la vida para conseguirlo, como Lope de Aguirre en Aguirre, la cólera de Dios (1972) y su búsqueda del Dorado, Fitzcarraldo (1982) y su sueño melómano y megalómano de llevar la Ópera al Amazonas, Timothy Treadwell en Grizzly Man (2005) y su deseo peligroso de entablar amistad con los carnívoros osos Grizzly...
Su cine (irregular en la forma y en el contenido) no deriva en la pérdida del interés por parte del espectador, pues establece entre las imágenes, los diálogos y nuestros pensamientos una sintaxis única. El montaje bien parece de un director amateur, sin conexión aparente ni dirección unívoca hacia una idea concluyente, y es que este cineasta-filósofo no tiene un concepto prefijado sobre el comportamiento humano. Por eso no provoca un pensamiento único después de ver su obra, sino las que el propio espectador incorpore tras la proyección.
Como el propio realizador ha expresado, su interés principal a la hora de realizar este trabajo, no tiene nada que ver con hacer un “documental sobre pingüinos”, y es que a Herzog lo que siempre le ha interesado, su “pasión obsesiva” no es sino el hombre: su mente, y sus sueños. Pero, ¿cúal es el verdadero sueño de Herzog?, porque su cine está inundado de los sueños de los demás. ¿Es un mero espectador de estas fantasías y de estas vidas llevadas al límite o es co-partícipe con ellos de sus propios sueños? ¿Con qué sueña Herzog? ¿No es su obra sino un intento de evasión de sí mismo y cierta admiración hacia esos personajes excéntricos que se salen de la norma establecida, que son valientes como para llevar a cabo sus ilusiones sin importarles estar alejados de las convenciones sociales?
Y éste fue el motivo que le llevó hasta la Antártida, refugio de outsiders de todo el planeta que huyen de lo convencional para unirse en un submundo único –con varias de las “comodidades” que disfrutamos en la “civilización”, como por ejemplo, los cajeros automáticos–. Ésta quizás fue la gran sorpresa que se llevó Herzog en este viaje, y es que la Antártida no es un continente deshabitado, inhóspito y puro, sino que contiene el submundo McMurdo, la estación de investigación de EEUU en la que no falta de nada. Una “Torre de Babel”, donde las personas que allí se refugian están en búsqueda del sentido de su vida, en una tierra de encuentros personales y científicos de todos los países, unidos en la diferencia y diferentes de la unicidad de esta sociedad cada día más homogénea.
Esta película permite hablar y contar la vida de estos viajeros/aventureros para que relaten sus motivaciones más íntimas, que es lo que le interesa a Herzog, y las relaciones que se establecen entre ellos. Desde un filósofo conductor de autobuses (que abre y cierra el filme como si de un alter ego del director se tratase), hasta biólogos, oceanógrafos, vulcanólogos, estudiosos de los pingüinos… Estos seres “extraños” para algunos, “excéntricos e interesantes” para otros, tienen un punto de encuentro alejado de toda normalidad (la Antártida).
Final del viaje para algunos, y un punto más de la aventura para otros, hacia el descubrimiento de su yo interior y de esa Ítaca hacia la que todos queremos regresar. Todos ellos se abren ante la mirada atenta de Herzog y hasta los más tímidos le cuentan sus secretos a este confesor especial, un cronista que respeta los límites que marca cada uno, que no hace periodismo sensacionalista, pues sólo le interesa lo que los demás le quieran y nos quieran contar.
Hay una escena que metafóricamente expresa las estimulaciones de este controvertido director: cuando hablando con el estudioso del comportamiento de los pingüinos, una especie de “pastor de pingüinos” ermitaño, se percata de que siempre hay uno que se sale del grupo, que se aleja del rebaño y no se sabe muy bien por qué. Quizás sea esto lo que siempre le ha motivado a Herzog, su sueño: los impulsos más íntimos de los outsiders, de las personas insólitas que viven vidas más intensas que nosotros, que intentan hacer realidad sus sueños más irreales, pero también con más riesgo de adentrarse en el abismo. ¿O se corre más peligro al no intentarlo?
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