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A mí no me digas que no se puede
Escribe Ramón I. Rodríguez
Santiago A. Zannou, candidato al Goya en 2004 por Cara sucia –cruce de caminos entre Benin, Aragón, Carabanchel y Barcelona– agarra una realidad compleja que se mueve por escenarios marginales, industriales y postmodernos del extrarradio de la ciudad de las maravillas, con imaginaria gris azulada y nos los canta a ritmo de hip-hop en su primer largo convencional.
Su búsqueda por transmitir una realidad ficticia reconoce que está inspirada en los modos narrativos y las formas de Mi pie izquierdo, Felices dieciséis o Cowboy de medianoche, si bien hay momentos en los que su experiencia con el videoclip se hace demasiado evidente.
La cinta no es pretenciosa, no hace denuncia social, sólo cuenta una historia que se inicia con aquella genial exigencia de empezar con un terremoto, en este caso con el “Cuajo” intentando darse una ducha peleando con su minusvalía física. Ese es el protagonista, un Hefestos payo agitanado –basura blanca que dirían el país del emperador Barack Hussein Obama–, con medio cuerpo maltratado por no importa qué enfermedad, que establece un paralelismo entre ésta y la situación de su entorno. La enfermedad lo condiciona pero no lo limita, el entorno lo condiciona y el le busca los límites.
¿El objetivo?, poder conseguirlo; ¿la manera?, ser violentamente anticonformista, superando lo convenido, lo convencional. Y todo ello para encontrar el país de “Nunca jamás”, un estudio de grabación, buque fantasma postwagneriano, con forma de cuchitril inmundo en un bajo destartalado.
La sección Zabaltegui-Nuevos directores del Festival de San Sebastián acogió con diez minutos de aplausos el visionado de la cinta y todo el mundo habló de su excelencia pero, tres candidaturas a los Goya –mejor canción, mejor director novel, mejor actor novel– gritan una cosa claramente: o hay mucho bobo que no sabe de cine entre el público o entre los miembros de la academia. Aunque creo que cabe una tercera opción: hay buen cine y mal cine, y los premios sólo son para repartirlos entre el cine oficial.
El personaje principal, el “Cuajo” (Juan Manuel Montilla), es el porteador y protagonista de la historia, y sobre el que descansa la responsabilidad de hacer creíble el personaje y el argumento, y lo consigue. Si bien no siempre el paralelismo entre el actor y el personaje queda tapado por la profesionalidad de Montilla, ya que a veces es sencillo ver al “Langui”, cantante de La excepción –mejor grupo español, MTV Europa–, en la sombra del “Cuajo”.
A su ritmo, lento en la urgencia que diria Wyatt Earp, la historia va tomando forma sin excesivas concesiones a los sueños, acompañado por una antífona de secundarios y por Adolfo (Ovono Candela), alter ego del protagonista, negro y drogadicto que nos muestra que la realidad de nuestro protagonista no es la más patética de las presentadas.
Pero no nos confundamos: los tullidos, negros, gitanos, payos o policías no visten a sus personajes con la etiqueta que todos usamos. Ser tullido, policía o mediopensionista es un accidente en este guión, sin más trascendencia que el color del pelo o el de un coche.
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