Lo que se espera de una precuela es que, procurando no traicionar el espíritu de su antecesora en el tiempo cronológico (su sucesora en el cinematográfico), dé una explicación coherente de supuestos no explicados en ella, o al menos aclaraciones sobre el fundamento de las premisas que dieron lugar a su historia.
En principio, esa historia debiera ser lo suficientemente original y aclamada como para convertirse en un éxito y justificar así la nueva apelación a su origen; pero dentro del mencionado esquema, el número de variaciones puede ser colosal: la historia no tuvo por qué tener inventiva, sino apenas éxito; la precuela puede superar en calidad a su original, pero también mostrarse como absolutamente innecesaria, anodina o incluso estropear el buen poso de su sucesora; puede suponer un nuevo comienzo o el definitivo fin de una saga, retorcida por los argumentos como el cuello de la gallina de los huevos de oro.
Pero por lo general, por muy bien alumbrado que resulte, el vástago contra tempore concebido, se muestra casi siempre incapaz de romper el cordón umbilical que lo une con la película madre, ya sea por sus préstamos argumentales o por su débito en la escala de valores, que dificulta siempre sobremanera el hecho de crear un producto lo suficientemente original como para ser considerado digno fuera de las odiosas comparaciones.
En el caso que nos ocupa, la seminal El planeta de los simios de Franklin J. Schaffner, rodada en 1968 y basada a su vez en una novela de Pierre Boulle, se constituyó en un éxito de público (e incluso de crítica) tan enorme, que se justificaron en su nombre al menos tres secuelas, dos series de televisión, y un remake, además de la consabida precuela que debe ocupar nuestra crítica.
La huella que dejó en el inconsciente colectivo fue enorme, no ya tanto por sus nada superficiales disquisiciones sobre la naturaleza humana, metaforizada en una sociedad de simios que trataba a los humanos tal y como nosotros tratamos hoy día a los animales, sino por el impacto de una de las más exitosas secuencias finales de toda la historia del cine, que venía a sugerir que nuestro tratamiento con respecto a los irracionales no era nada en comparación a lo que nos hacíamos a nosotros mismos. Puede decirse que aquella escena —que curiosamente contemplé por vez primera en el cineclub de Cheste—, pudo marcar un antes y un después en el ánimo de toda una generación, despertando el interés por la ciencia ficción pero también por la reflexión filosófica, nacida no sólo del asombro, sino también del estupor y del miedo que generaba la contemplación de la imagen de
Con semejantes antecedentes, resultaba enormemente difícil concebir un proyecto que estuviese a la altura. Dejando a un lado las consabidas secuelas, estelas fugaces perdidas en el horizonte de un éxito primoroso, el remake de Tim Burton, que fue hecho más de treinta años después y que quiso aproximarse un tanto al original literario, resultó un sonoro fiasco que apenas ha dejado memoria en el inconsciente cinematográfico.
El fracaso de un director de su talla debió alejar toda pretensión de retomar proyectos similares, de no ser porque alguien se dio cuenta de que el sustrato axiológico del filme original, su verdadero valor oculto más allá del hecho anecdótico de ser un filme protagonizado por simios, estaba tomando cuerpo en nuestras sociedades actuales hasta el punto de hacer necesaria una revisión de sus postulados.

Lo que ha conseguido Rupert Wyatt es precisamente dar un nuevo aire a aquellas premisas, revitalizándolas para hacerlas lo bastante sugerentes, de modo que algo que se suponía tremendamente manido y viejo, no haya sido reconocido sino como esencialmente atávico.
El verdadero valor de El origen de el planeta de los simios no es su explicación sobre cómo se llegó a establecer la sociedad dominante en la película de 1968, hecho que apenas ocupa tres o cuatro guiños fuera de plano y una secuencia final tras los créditos —ojo, no abandonen el cine antes de verla— sino su relato, coincidente en ambas generaciones fílmicas, de cómo la inteligencia dista mucho de ser el único instrumento que otorga humanidad; o dicho de otro modo más clásico: de cómo la razón, si deviene instrumental, se transforma no en un elemento enriquecedor, sino destructivo de toda una sociedad que ya no se rige más que por el interés y el cálculo, ya sea económico, afectivo o autoritario.
Para cada uno de esos tres niveles, El origen del planeta de los simios elabora un discurso: en el primer caso, nos encontramos a personajes como Steven Jacobs, el director del laboratorio que sólo concibe un medicamento en términos crematísticos; en el segundo a un simio protagonista que descubrirá que la razón es dominio, sobre todo dominio de sus semejantes, y en el tercero, a toda una pléyade de machos alfa representados en las más diversas instancias: los simios, los vecinos y los humanos en el refugio de animales.
Paralelamente, nos encontramos con un tratamiento bastante serio de problemáticas comunes: un delicado relato sobre el alzheimer, magníficamente personalizado en el estupendo papel que protagoniza John Lithgow, que da lugar también a un cúmulo de consideraciones éticas sobre la experimentación de fármacos en animales y humanos; una breve disquisición sobre los celos y el abandono animal, y una bien planteada dilemática sobre el lugar que cada uno debe ocupar en el mundo.

Todas estas consideraciones hacen de El origen del planeta de los simios una película estimable por sí misma, con una tremenda carga de originalidad respecto de su antecesora sin necesidad de renunciar a un esquema común; al fin y al cabo se trata del mismo discurso: nuestro tratamiento de los semejantes (de ahí viene el concepto de simio) no es sino un reflejo de lo que nos hacemos a nosotros mismos, y acabará repercutiendo en nuestro futuro; el hecho de que la original de 1968 trocara los papeles de los dominadores era un recurso tan simple como efectivo, y no hacía chirriar el recurso a la antropomorfización de los simios; lamentablemente, uno de los peros que puede ponerse a la película actual es el abusivo recurso de ésta: toda la historia de los simios está contada como un relato de heroísmo llevado a cabo por primates que se comportan como humanos, e incluso diríase que como humanos en un drama clásico. En un sentido más profundo, la película se desliza en ocasiones sobre el error clásico denunciado por casi todos los antropólogos: concebir la inteligencia como la escala suprema de la evolución, hecho que no es más que un defecto antropocéntrico y ombliguista.
No obstante, sabe recuperarse de ese y algún que otro traspiés denunciando precisamente el doble filo de su legado: la emancipación intelectual también conlleva afán de dominio, y éste es el que acaba perdiéndonos tanto a nosotros como a la civilización del doctor Zaius en la película de 1968.
En el capítulo de los reproches, este crítico apenas puede sugerir un par de frases desafortunadas entre dos de los protagonistas a la conclusión del filme, pero debe consignarlo como un hecho menor, quizá un tanto empachado de grandilocuencia.
El resto de la película, a un nivel menos sesudo, se disfruta plenamente en un equilibrado sentido del ritmo, un diseño de la acción espectacular, unos efectos especiales grandiosos en lo que respecta a la animación de los simios (Andy Serkis pugna por convertirse en un gran actor no habiendo enseñado casi nunca su rostro) y algunos momentos cumbre de la historia de la cinematografía reciente: créanme, nunca un simple “no” dio para tanto.

El cinéfilo hallará múltiples guiños en cada una de las pantallas de televisión que van apareciendo en escena, y que posibilitan la conexión con las películas posteriores; esa, y la escena final son casi las únicas vinculaciones con el resto de la saga, lo que da una idea de su afán de independencia sin renunciar a sus fuentes.
En resumen, una película para disfrutar a varios niveles, tanto en lo que respecta al puro entretenimiento como en el aspecto didáctico, del que pueden extraerse numerosas enseñanzas para los más pequeños. En ese sentido, el grado de violencia es soportable, si lo comparamos a lo que últimamente estamos acostumbrados, pero no debe dejarse de lado que hay alguna muerte desagradable, aunque suceda fuera de plano.
El desenlace, bien que mostrado por elipsis, no puede dejar de considerarse dramático, pero es algo que todo conocedor de la película de 1968 debe saber ya. Si no es así, ¿a qué demonios está esperando para verla?
Escribe Ángel Vallejo
| Título | El origen del planeta de los simios |
| Título original | Rise of the planet of the apes |
| Director | Rupert Wyatt |
| País y año | Estados Unidos, 2010 |
| Duración | 107 minutos |
| Guión | Rick Jaffa y Amanda Silver |
| Fotografía | Andrew Lesnie |
| Música | Patrick Doyle |
| Distribución | Hispano Foxfilm |
| Intérpretes | James Franco, Freida Pinto, Brian Cox, Tom Felto, Andy Serkis |
| Fecha estreno | 05/08/2011 |
| Página web | http://www.elorigendelplanetadelossimios.es/ |
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El origen del planeta de los simios (3)








Comentarios
Sea quién sea el asesorn o asesores es una muy interesante película. Con momentos muy conseguidos. ¿Un rollo? Mal día tenía la moza o el mozo cuando fue a ver la película. A no ser que sea un forofo de cosas como Thor. Esto es otra cosa
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