jueves 24 de mayo de 2012

Última actualización01:59:55 PM GMT

RSS
Usted está aquí: Sin perdón EL NIÑO PEZ (3)

EL NIÑO PEZ (3)

E-mail Imprimir PDF
El niño pez
Título original: El niño pez
País, año: Argentina - Francia - España, 2008
Dirección: Lucía Puenzo
Producción: Luis Puenzo, Jose Morales
Guión: Lucía Puenzo
Fotografía: Rolo Pulpeiro
Música: Andrés Goldstein, Daniel Tarrab y Laura Zisman
Montaje: Hugo Primero
Intérpretes: Inés Efron, Mariela Vitale, Carlos Bardem, Pep Munné, Diego Velázquez, Arnaldo André
Duración: 96 minutos
Distribuidora:  Wanda Visión
Estreno: 24 abril 2009
Página web:  http://www.thefishchild.com

Deseos que desbordan
Escribe Daniela T. Montoya

El niño pezEn el proceso de escritura, siempre surgen frases ingeniosas. Originales aforismos, elogios de ocurrencia. Premisas rimbombantes que se enuncian como tautologías definitivas. Sentencias que, aún teniendo consistencia por sí mismas, desestructuran el conjunto del texto. Sin embargo, cuesta desaprovecharlas, condenándolas al olvido.

En su segundo largometraje, Lucía Puenzo parece no querer desechar ni una coma de la novela homónima que escribiera por allá el año 2004. A El niño pez, le siguieron 9 minutos (2005) y La maldición de Jacinta Pichimahuida (2007), a lo que hay que sumar diversos trabajos como guionista para cine y televisión. Hasta que hace un par de años tomara las riendas de la dirección con la magnífica XXY (2007). Y realmente dio que hablar la madurez, tanto de realización como de contenidos, el debut de esta joven argentina. Sin duda, es una realizadora capaz de marcar su propio estilo.

Quizás por ello, por querer extender aún más su impronta personal, optase por recuperar su novela primeriza como fundamento del guión de su siguiente película El niño pez. Sin embargo, se olvidó de que toda adaptación literaria requiere de un arduo trabajo de adaptación. El cual requiere mutilar ciertas partes del texto escrito -por más que ello cueste- para que la narración visual no quede lastrada. Y, de nuevo quizás, a Lucía Puenzo le pudo en exceso el apego a su primera obra publicada. Pero, a pesar de su respetuosa reticencia a reelaborar la historia original, la potencia fílmica de El niño pez (la película) es incuestionable.

Lucía Puenzo adapta su primera novela al cine

Amor entre mujeres

¿Por qué será que las variables "dos mujeres amantes" y "envueltas en un crimen" son cliché suficiente para reducir la película al paradigma Thelma y Louise? Pues nada más lejos. Porque El niño pez no se mueve en el campo de la mitología, que caracteriza la película de Ridley Scott, sino en el de la metáfora. A Lucía Puenzo no le interesa sublimar la existencia de su pareja protagonista, Lala (Inés Efron, imprescindible del cine argentino) y Guayi (Mariela Vitale), sino hurgar en las entrañas de su comportamiento.

El niño pez relata la desventura de dos jóvenes tan opuestas como complementarias. Por un lado, Lala: descendiente de españoles, vive protegida de los designios de la vida ya que disfruta del estatus socioeconómico que le proporciona ser la hija del juez. Junto a ella, Guayi: lugareña de tez morena y conocedora del dialecto autóctono, trabaja como sirvienta para la familia de Lala.

El inicio es claro y directo. Sin tapujos, ambas jóvenes viven su amor con libertad. A ello contribuye que, en la casa de Lala, su familia parece no prestarles demasiado interés. Cada uno ya tiene bastante con lidiar con sus problemas personales. Mientras que el resto de asistentas, poco pueden opinar respecto a lo que hace o deja de hacer una señorita española. Expuesta, pues, la situación de partida, llega entonces el momento de preguntarse el porqué del disloque en la felicidad paradisíaca entre las enamoradas.

¿Por qué será que las variables 'dos mujeres amantes' y 'envueltas en un crimen' son cliché suficiente para reducir la película al paradigma 'Thelma y Louise'?

A fuerza de montaje y estilo

La narración continuada ha sido interrumpida con el fin de gestionar la intriga. Mediante la inteligente alternancia de dos periodos temporales concatenados, rastreamos una acción eludida, pero determinante en la separación de la pareja protagonista. Lala, en fuga tan individual como subrepticia, llega hasta la casa natal de Guayi en Paraguay. Es un viaje solitario, de ida y vuelta, que conlleva sumergirse en el turbio pasado de su querida. A saber, un drama familiar, conocido por sus vecinos hasta el punto de calar en las creencias populares. Un hecho determinante que empujó a Guayi a partir hacia la capital argentina tan sólo con lo puesto. Y, mientras, desde la televisión llegan noticias sobre cómo evoluciona el caso que ha conducido a la separación de las chicas.

La narración continuada ha sido interrumpida con el fin de gestionar la intrigaEl viaje físico que iniciara Lala entre dos países, supone un paréntesis reflexivo para la joven. En su estancia conviviendo con el padre de Guayi, Lala tiene ocasión para recordar los instantes de ternura vividos junto a ella. Pero también, constatar el deseo que Guayi despierta entre los hombres de su entorno. De la inmersión en la desorientación, emergerá un nuevo posicionamiento vital. La españolita sobreprotegida decide tomar el mando de la acción.

Sin embargo, la trasformación de la personalidad de la coprotagonista, de dulce ingenua a mujer decidida a luchar por lo que quiere, cojea por poco verosímil. Mostrar una acción radical, como es cortarse la larga melena, no es suficiente para plasmar el cambio de la actitud de Lala ante la vida. Más aún, teniendo en cuenta que, primero, Lucía Puenzo ha demostrado sobradas cualidades para insinuar deseos y frustraciones, como ocurre con el personaje del padre de Lala, Brönté (brillante Pep Munné), tanto en la fiesta de cumpleaños de su mujer, tan amada como distante visionando vídeos caseros con las amigas, como en la cena (inclusiva/exclusiva del núcleo familiar) previa a la escena detonante de la acción. Y, segundo, conociendo la extraordinaria trayectoria de una actriz como Inés Efron, que ha sabido dar cuerpo a personajes de distintos registros, aquí no causa el magnetismo que normalmente genera.

Puede que, en la narración de El niño pez (la película), a Lucía Puenzo le haya podido el trasfondo épico de la pareja protagonista. La sutileza con que insinúa la psicología de los demás personajes, la construcción metafórica del pasado atroz, o la sugerente (des)composición del montaje chocan con el juvenil romanticismo con que trata la evolución de la pareja. Tratamiento consecuencia, seguramente, de la idealización propia de la adolescencia, donde los deseos desbordan y las decisiones son drásticas.

Sin embargo, la falta de una revisión crítica sobre las acciones de sus protagonistas (a veces redundantes, otras inverosímiles por desproporcionadas), no es causa suficiente para nublar una realización tan estimulante.

Una estimulante realización de Lucía Puenzo
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner