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Metanarraciones psicoanalíticas
Escribe Daniela T. Montoya
Con El nido vacío Daniel Burman, también responsable de Derecho de familia (2006), El abrazo partido (2004) o Todas las azafatas van al cielo (2002), retoma sus historias ligeramente existencialistas. Ese cine que, permaneciendo anclado en un núcleo reducido de relaciones filiales, despliega con simpatía las obsesiones que hacen tambalear el futuro de sus protagonistas. Aparentemente pequeños problemas que, en manos de (por ejemplo) algún director nórdico, devendrían grandes dramas existenciales.
El título El nido vacío alude a ese momento en que los hijos, para iniciar su propio rumbo, abandonan la casa familiar. Una nueva instalación de la prole (en otra casa, otra ciudad, otro país) que obliga a los padres a reubicarse en su propia vida. Ante esta situación, Burman plantea dos posturas antagónicas, las representadas por el matrimonio entre Leonardo (Óscar Martínez, quien fue galardonado por su interpretación en San Sebastián) y Martha (Cecilia Roth, extraordinaria como siempre).
Leonardo, personaje sobre el que pivota el filme, es un escritor que ronda la cincuentena. Incapaz de aceptar su edad madura, reniega de los cambios que se están produciendo a su alrededor (la marcha de los hijos, la posible prejubilación, la apasionada sociabilidad de Martha) y se enfrasca en un proceso infantil de introversión. En el polo opuesto, Martha retoma con entusiasmo la carrera universitaria, iniciando nuevas amistades que serán motivo de desconfianza para Leonardo. Hasta aquí, el planteamiento de la historia. Porque, una vez presentados los personajes, el director bonaerense se vale de un ardid narrativo para introducirnos en las obsesiones, manías, fobias y fantasías que caracterizan la (supuesta) personalidad del escritor.
Dejando apoltronado en su butaca a Leonardo, nos adentramos en un relato en donde la realidad se funde con la ensoñación. Para ello, Burman recurre a los elementos habituales de su cine: divertidas escenas surrealistas, elementos judíos en la historia y la inclusión del psicoanálisis, que tiñen de comicidad la supuesta crisis (existencial, matrimonial, creativa) por la que divaga Leonardo. Así, por ejemplo, mientras las paranoias de Leonardo le impulsan a espiar a su mujer por un centro comercial, las personas que pululan por entre los pasillos pueden poner color y melodía a sus delirios.
La narración avanza en espiral, ora profundizando en la percepción que tiene Leonardo de las relaciones que mantiene, ora insistiendo en elementos reiterativos. Celos, estancamiento productivo, distanciamiento afectivo, o un confidente que le aconseje con tino son las obsesiones recurrentes de Leonardo y, por tanto, serán los puntos que aparezcan y reaparezcan en su deambular.
Y precisamente ahí radica el punto débil de El nido vacío, ya que la repetición sobre los mismos temas, si bien cada vez más enrevesados, agotan rápidamente el interés del espectador. Son historias/obsesiones, como la figura de un psicoanalista (que aparece en los momentos y lugares más imprevistos), o la inclusión de la típica fantasía erótica masculina (liarse con una médico), que se van entrecruzando con limitada capacidad de profundización. Son experiencias aisladas, como las escenas en que Leonardo disfruta haciendo volar su avioncito de juguete, que casi se quedan en mera anécdota entretenida.
Es El nido vacío un viaje al subconsciente de un hombre en plena desorientación vital. Con una estructura interna desconcertante, la suma de espontáneas situaciones hilarantes da lugar a una peculiar comedia sobre lo que podría haber sido un drama metafísico.
