Siempre venimos a ver lo mismo en el cine que nos trae la otra Europa: historias mínimas contadas con escasez. De medios, o simplemente de energía, la poca que deja el arduo sacrificio de lamerse las heridas que dejó
La melancolía de un cine que nos parece valiente nos despierta empatía y respeto y la gratitud de que el esfuerzo de hacer cine vale la pena, pero ya es hora de que nos dejemos de paternalismos y valoremos las películas por lo que son: recetas más o menos elaboradas de buena o de mala ficción.
El segundo largometraje del autor búlgaro Stephan Komandarev (Pansion za Kucheta, 2000) está siendo recordado por dos razones: la primera, la valentía que le han echado los responsables de semejante título (¿alguien recuerda uno más largo?). El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina es una película sobre la memoria, en este caso encarnada por un joven búlgaro que, al quedar amnésico tras un accidente, se ve en la tesitura de la retrospectiva, de tener que volver a vivir, a través de los recuerdos, una vida difícil de renuncia, sacrificio y desarraigo. El caso de Sashko (Carlo Ljubek), ciudadano alemán con pasado de refugiado político, deviene un vehículo para la metáfora que conlleva, prácticamente, toda película del Este con vocación dramática. La de la melancolía de un lugar olvidado que despierta veinticinco años después del último recuerdo feliz y se pone ante el espejo.
El poder más histriónico del film es el de enseñarnos ese ejercicio valiente del auto-reconocimiento doloroso. Pero el poder íntimo, más valioso, es el de mostrarnos la autenticidad de un vínculo tan perdurable y universal como el del abuelo y el nieto. Y aquí entra en juego la segunda razón por la que recordar el film y la que realmente vale la pena: la magnífica presencia de su actor protagonista, Miki Manojlovic, cuyo rostro estupendo ya habíamos visto en Irina Palm (San Garbarski, 2007), donde interpretaba a un proxeneta ruso solitario de buen corazón.
Bai Dan, patriarca búlgaro y campeón local de backgammon, conoce la muerte de su hijo en un accidente en Alemania, y sale de su pequeña aldea con la intención de encontrar a su nieto y llevarlo de vuelta a casa. Al encontrarlo en estado amnésico, el abuelo recuperará el vínculo mágico a través del cual enseñó a Sashko a jugar al backgammon de pequeño, y esa partida articulará la película en un truco de montaje que no es tan bueno como los momentos errantes bajo el cincel de las dos figuras.

Lo mejor empieza cuando los dos protagonistas emprenden el camino de vuelta en bicicleta. Aún en esa imagen hilarante de dos tipos mugrientos cruzando Europa en un tándem destartalado con una maceta como único equipaje, la pareja de figuras logra evocar algo de cuento popular, de mito original con ecos de sonrisa folklórica. El viaje espontáneo se convierte en la pequeña historia de una revancha simbólica por la propia identidad, por poco atractiva o difícil de asumir que esta sea, y el retrato de ambos contiene la épica melancólica de los sentimientos verdaderos del anti-héroe.
Al final, la historia nos viene de la voz de los perdedores, en este caso el de los habitantes de un lugar al final de Europa, cuyos nombres quedaron enterrados, como el de tantos individuos y lugares, con las cenizas de las últimas repúblicas socialistas.
Como toda historia de pérdida y derrota, la historia se teje entre la existencia triste y el sentimiento auténtico: Stephan Komandarev no es nada transgresor en este aspecto y opta por plasmar el mensaje de la supervivencia, transmitido como se transmite en la evolución real: de generación en generación.

Pese a la penetrante y fotogénica mirada azul del apuesto Carlo Ljubek, todo el peso del drama cae en los ojos oscuros y opacos de ese abuelo coraje que enseña a su vástago que quien pierde una guerra puede ganar otra jugando al backgammon. El juego ancestral cobra una importancia simbólica —aunque un poco gastada en el montaje—, porque en la reminiscencia del juego familiar Sashko vence al peor de los enemigos: el olvido.
Este es el mensaje de una película que no evita los extremos del sentimentalismo ni busca la perfección narrativa. Que podría ser menos vaga de ritmo y explotar más sus elementos secundarios, pero que es sincera en su poca pretensión y certera en sus puntos más seguros. En más de una ocasión, la atmósfera logra densidades considerables y nos transmite con potencia el contraste emotivo entre lo bello y lo miserable.
Quizá olvidemos pronto ese título imposible de moraleja barata, pero la imagen de Miki Manojlovic, y lo que se forja en el radio inmediato a su pesencia, ya empieza a prolongarse hacia el deseo de una siguiente sesión.
Escribe Marga Carnicé
| Título | El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina |
| Título original | Svetat e golyam i spasenie debne otvsyakade |
| Director | Stephan Komandarev |
| País y año | Bulgaria, Alemania, Eslovenia y Hungría, 2008 |
| Duración | 105 minutos |
| Guión | Stephan Komandarev, Dusan Milic, Yuri Datchev e Ilija Trojanow |
| Fotografía | Emil Christov |
| Música | Stefan Valdobrev |
| Distribución | |
| Intérpretes | Miki Manojlovic, Carlo Ljubek, Hristo Mutafchiev, Anna Papadopulu |
| Fecha estreno | 29/07/2011 |
| Página web | http://www.theworldisbig.com/en/ |
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