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Imaginación desbocada
Escribe Ángel Vallejo
Terry Gilliam pasaba hasta hace tres años por ser el único miembro no británico del grupo humorista Monty Python. Desde esa fecha y según sus propias palabras gracias a George W. Bush, esa situación cambió y Gilliam renunció a su nacionalidad norteamericana, aunque fuese notorio que no la ejercía ya desde hacía algún tiempo, dado que Londres se había convertido en su residencia habitual desde hacía casi cuarenta años. Podría interpretarse que Gilliam ha querido con esta película honrar a su nueva patria, pero según se ha encargado de hacer notar en una entrevista, también debía ajustar algunas cuentas con otro de los miembros de la foto de las Azores.
Como inglés de facto, confiesa que lo primero que le pedía el cuerpo era poner un poco de su particular sentido del humor, exageradamente grotesco y poco dado a las finezas de sus excompañeros británicos a recorrer las calles de Londres. En efecto, no ha tenido mejor ocurrencia que callejear por la vieja capital del imperio subido en un viejo carromato de feria, y digo subido puesto que lo primero que podemos dilucidar de semejante proyecto, es que se trata de una suerte de farsa autobiográfica: Gilliam es Parnassus; Parnassus viaja en el carromato y el carromato guarda su imaginario.
La película adquiere todo su sentido desde esta premisa, toda vez que sea el rostro de Cristopher Plummer quien se sitúa frente a las cámaras. Esto, que puede sonar pintoresco, no debiera extrañarnos de un filme donde uno de los principales personajes es encarnado por tres actores distintos. Es cierto que tal vicisitud se debe a la temprana e inesperada muerte de Heath Ledger, pero no lo es menos que haciendo de la necesidad virtud, Gilliam ha sabido dar un giro a los acontecimientos y dotar de sentido a semejante contratiempo.
Porque si hay algo que le sobra a Terry Gilliam es imaginación, un recurso que a veces le sirve para suplir otras carencias, y parece obvio que El Imaginario del Doctor Parnassus las tiene: a pesar de contar con un planteamiento sencillo, su desarrollo resulta a veces atropellado, casi improvisado. Uno no puede saber hasta qué punto influye en ello la muerte de Ledger, que dejó la obra casi paralizada a mitad de rodaje, pero lo que es seguro es que en algunos tramos la película se torna profusa y en otros quizá demasiado ligera, sobre todo en lo que respecta a la conclusión de la historia del misterioso joven supuestamente encarnado por Ledger pero personificado en el rostro de Colin Farrell.
Pero claro, la imaginación visual de Gilliam puede con todo: lo que en los títulos de crédito de las películas de Monty Python no pasaba de ser anécdota aquí se erige en categoría, es decir se desborda; sirve como excusa para ilustrar el mundo fantástico de la imaginación de cada ser humano plasmada en la mente del Doctor Parnassus y puede decirse que sólo por contemplar tal derroche merece la pena pagar una entrada; no obstante, el exceso sigue siendo exceso, y no justifica la ocasional (sólo ocasional) endeblez de su equilibrio rítmico.
Puesto que no puede achacarse a otra cosa que al ritmo, dado que la historia en sí, basada en la archiconocida trama del pacto diabólico cuenta con unos aportes lo suficientemente originales como para resultar novedosa y amena: el diablo es un fanático de las apuestas interpretado magníficamente por el bufonesco Tom Waits, del que como diablo cabe dudar desde siempre sobre sus verdaderas intenciones. Los desafíos entre Satán y Parnassus son a costa de terceras personas que enriquecen la trama, y el conjunto viene a constituirse además de la autobiografía antes reseñada, como una pequeña fábula moral sobre la curiosidad, la libertad y el engaño.
Subido pues, a su carromato, Gilliam dibuja un conciso pero histriónico retrato de Londres, la ciudad de las apuestas, de los agentes de policía políticamente correctos, de la mafia rusa, de flemática e hipócrita alta sociedad y de los grandes embaucadores de la palabra.
Antes dijimos que la película quería ajustar cuentas con uno de los miembros de la foto de las Azores; como pueden haber adivinado tratándose del Reino Unido, ese no es otro que Blair, el encantador de serpientes de verbo florido. Ya que no es costumbre del crítico destripar el contenido del filme, no debo develar de que personaje se trata, aunque quedará bien a las claras cuando se sienten en su butaca a contemplar el, eso sí, grandioso e hiperbólico espectáculo.
Sólo cabe esperar que cuando el director acabe su otra fallida epopeya (El hombre que mató a Don Quijote, en previsión de reanudarse desde que los tribunales dieron la razón a Gilliam), tenga algo de cera que repartir para el tercer hombre.
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EL IMAGINARIO DEL DOCTOR PARNASSUS (3)








