La dignidad de los desahuciados
En las películas de Aki Kaurismäki el contenido es una prolongación del estilo. Mayor elogio, sin caer en la incontinencia, no se nos ocurre.
No es sólo que su modo de hacer cine sea perfectamente reconocible, que imprima su inequívoco sello personal a cada una de sus obras. No es sólo que nos haya otorgado un modo específico de ver la realidad, construyendo algo así como la imagen colectiva de un país. Por si eso no bastara para considerarlo un referente artístico de primera magnitud, ha conseguido transmitir la convicción de que sus historias sólo pueden ser contadas como él las cuenta, que es tanto como decir que ha logrado construir un universo propio, con todas las implicaciones que este término posee.
El Havre es un nuevo jalón en su impecable coherencia cinematográfica. De inmediato se reconoce la filiación de esta película, pero al mismo tiempo se percibe una renovación en la mirada hacia una realidad que no se detiene, que se reformula constantemente para reafirmarse.
Sus personajes de siempre reaparecen de nuevo aquí. Aunque el marco es ahora la portuaria ciudad del norte de Francia, la universalidad del discurso y la constancia del enfoque los emparenta con los ya conocidos de las calles de Helsinki o los desiertos mexicanos. Con el tono de fábula habitual va describiendo minuciosamente la precariedad externa y la enorme riqueza interna de unos tipos que, a fuerza de extraños, acaban resultando familiares. Qué espléndida lección para esos directores desenfrenados del cine apostólico.
Sin necesidad de ningún alarde, con una contención ejemplar, sin un solo subrayado, Kaurismäki hace verdadero cine social sin caer en el realismo ampuloso. Sus películas, esta también, se abandonan sin miedo al artificio, asumen y potencian la irrealidad que las cimenta para, desde la lejanía, señalar la parte más íntima de la realidad. Y todo ello con la austeridad habitual.
Dos tipos de pie en una estación de la que no vemos ningún tren. Un breve diálogo en apariencia intrascendente. Una despedida cotidiana y a buen seguro muchas veces repetida... Así comienza la película, y así, con tan poco, plantea la humildad y la solidaridad entre los tipos que van a poblar la pantalla los próximos minutos. Son sentimientos y condiciones que emergen de un gesto, de una sombra, de una ausencia, de una sonrisa... En unos momentos en los que parece que se redescubre el cine mudo no estaría mal revisar la obra de Kaurismäki para comprobar lo que la imagen desnuda es capaz de hacer.
Nada está de más. La escena en la que Arletty sustrae unos euros de sus ahorros para que Marcel vaya al bar, y la satisfacción con la que él los acoge, es uno de tantos momentos ejemplares, en este caso para mostrar la unión entre ambos. La rosa que le lleva al hospital es un concentrado de entrega y desvalimiento. La mirada de Idrissa contiene siglos de injusticia. La charla de Monet con su superior, siempre fuera de plano, deja constancia de la renuncia al maniqueísmo que desde el principio el director asume: Lejos de señalar a los culpables, éstos están por completo ausentes, diluidos en la realidad misma, por más que el propio Monet no es, como se comprobará, un elemento más de un engranaje absurdo. No se trata de establecer trincheras sino de trasladar a la pantalla la textura de una realidad que no se agota en un eslogan o un discurso, aunque muchos se empeñen en ignorarlo.

Las películas de Kaurismäki suelen ser muy cortas. Esta aún llega a los noventa minutos de rigor, algo poco habitual en él. La razón de tal parquedad puede buscarse en ese compromiso con lo esencial que rehúsa cualquier ingrediente accesorio, y en consecuencia en el riguroso uso de la elipsis.
Toda la secuencia de la organización del concierto y el posterior viaje a Londres dan buena cuenta de este tan personal modo de filmar. Tan sólo se detiene en la charla con Little Bob para convencerle de su colaboración, escena que le sirve para construir, con su maestría habitual, el personaje del cantante, coronado con el magnífico encuentro con su mujer.
Kaurismäki ha contado para la película con sus actores de siempre, a los que hay que añadir la participación de Jean Pierre Darroussin, habitual en las películas de, entre otros, Robert Guediguian. En cierto modo el componente social y la ambientación francesa de la película la emparentaría con las obras del director galo, con las que Darroussin serviría de puente. Sin embargo el estilo es tan distante que, aún hablando de lo mismo, representan propuestas antitéticas. Es justo en el hiato que media entre ambos donde se sitúa la calidad cinematográfica, la que distingue a un verdadero artista de un director mediocre.
Como en toda fábula el final es feliz. Y como fábula que es, el espectador no se siente estafado. Porque en el fondo la película es también un retrato de nuestras ilusiones y nuestros deseos, y no sólo de nuestros temores. No es únicamente una descripción de la realidad. Contiene además una afirmación, una reivindicación. La cercanía que se consigue impide a Kaurismäki abandonar a sus criaturas. Sería tanto como condenarnos a nosotros mismos, y ese último reducto de dignidad no se nos puede usurpar.
Escribe Marcial Moreno
| Título | El Havre |
| Título original | Le Havre |
| Director | Aki Kaurismäki |
| País y año | Finlandia, Francia y Noruega, 2011 |
| Duración | 93 minutos |
| Guión | Aki Kaurismäki |
| Fotografía | Timo Salminen |
| Producción | Aki Kaurismäki, Fabienne Vonier y Reinhard Brunding |
| Distribución | Golem |
| Intérpretes | André Wilms (Marcel Marx), Kati Outinen (Arletty), Jean-Pierre Darrousin (Monet), Blondin Miguel (Idrissa), Elina Salo (Claire) |
| Fecha estreno | 28/12/2011 |
| Página web | http://www.golem.es/elhavre/ |
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El Havre (3)








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