Si nombramos a Henry James y su multiadaptado best seller Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw) estaremos acudiendo a la raíz de un género, tanto literario como cinematográfico, al que podríamos denominar de terror gótico con niños. Aquella estupenda historia, que tenía como protagonista a una institutriz que acudía al cuidado de dos niños con sorpresa en una vetusta mansión victoriana, constituyó el disparo de salida para un sinfín de historias en donde las apariciones espectrales y demás situaciones paranormales estaban a la orden del día.
El meollo del asunto radicaba en que, al ser dicha institutriz la única narradora de los hechos, los lectores o espectadores no conocían hasta el desenlace de la obra si los espíritus existían en realidad o solamente se trataba de las alucinaciones de una perturbada.
Pues bien, han pasado ya más de cien años de la publicación de este clásico incombustible y parece que su huella no se vaya a borrar jamás.
Y prueba de ello es La maldicion de Rookford que llega en abril a nuestras pantallas, un film que se apunta sin disimulo a la moda de films de último cuño con marcado acento español como El orfanato, de Juan Antonio Bayona, Los otros, de Alejandro Amenábar, o la más reciente Intruders, de Juan Carlos Fresnadillo.
Nos situamos a principios de siglo XX, en la época pos victoriana, justo después de la finalización de la primera guerra mundial, cuando la mujer comienza a tener un poco de voz en un mundo dominado por la masculinidad y disfruta de derechos como el divorcio y el derecho a pelear por la custodia de sus hijos tras separarse de sus maridos.
Florence Cathcart (una guapísima y pizpireta Rebecca Hall), ejerce de intrépida detective encargada de desenmascarar todas las farsas en las que se intenta engañar a pobres incautos, quienes piensan que pueden establecer contacto con el más allá para saber de sus fallecidos mediante sesiones fraudulentas de espiritismo. Para ello se vale de elementos tecnológicos de última generación en aquella época como detectores de huellas dactilares o de la instantánea fotográfica, que permite detectar en pocos instantes la presencia o no de algún ectoplasma despistado.

En el inicio del film, asistimos a una de estas demostraciones de pericia investigadora por parte de nuestra heroína destinada a desmantelar uno de estos simulacros donde se demuestra que es toda una experta en la materia. Entonces, como si de un caso de Sherlock Holmes se tratara, aparece en escena un profesor de una prestigiosa escuela situada en la campiña que asegura que en el recinto los fantasmas de niños asesinados campan a sus anchas amedrentando al alumnado. Ante lo goloso de la historia, ambos parten hacia el lugar para investigar sobre el terreno, y será a partir de entonces donde comiencen a sucederse una serie de circunstancias inexplicables.
El film se resuelve como un artefacto entretenido en el que la tensión se mide a base de sustos más o menos conseguidos. La dificultad de circular entre tópicos tan trillados como puertas que chirrían, silencios estremecedores, personajes ambiguos que esconden sus secretos más ocultos tras las puertas o chillidos que cortan la respiración impiden cualquier atisbo de originalidad al conjunto.
Sin embargo, cuando la trama se nutre de la contemporaneidad y se insertan en el relato las consecuencias físicas y psíquicas en los personajes del recién acabado conflicto bélico, éste gana en consistencia y atención por parte del espectador. Se echa a faltar un guión un poco menos lineal y un poco más de atrevimiento en el movimiento de cámara. La historia romántica que surge entre apariciones infantiles y azoramientos sobrenaturales varios no aporta elementos novedosos a la trama, a la que ralentiza en su lógico devenir.
El director de la cinta, Nick Murphy, en el que supone su debut en el terreno del largometraje (hasta ahora su currículum se reducía a la dirección y escritura de algunos capítulos sueltos de series de TV realizadas en el Reino Unido, como Héroes y villanos o Surviving Disaster), no acaba de sacar provecho de las posibilidades de un guión que tiene elementos suficientes para al menos resultar perturbador, un libreto escrito a cuatro manos por el mismo Nick Murphy y Stephen Wolk, quien ya experimentara con la temática post mortem en la serie de 2006 Las voces de los muertos. La calma y la lentitud pueden resultar suficientes para definir la flema británica, pero una intriga detectivesca necesita más brío y garra para atrapar a un público ávido de nuevas emociones.

Estamos ante un trabajo pulcro y correcto, pero falto de intensidad. Con todo y con eso, y si exceptuamos al hierático y poco expresivo Dominic West, mucho más convincente cuando tiene un arma en la mano, como ocurría en Centurión, el elenco actoral cumple las expectativas con una profesionalidad evidente. Rebecca Hall, con su tez pálida y su débil languidez compone un personaje atormentado que le viene como anillo al dedo.
El contrapunto a su meritoria actuación lo compone la experimentada Imelda Staunton, en el rol de la cocinera del colegio. Su primera aparición en pantalla, donde agasaja con lisonjas a la recién llegada mientras pone cara de “la que te espera”, es de lo mejorcito de la función. En papeles de menos renombre encontramos la presencia de algunos secundarios de lujo de la escena británica como Joseph Mawle (visto en la serie Juego de Tronos) y Andrew Havill (El discurso del Rey).
En cuanto a aspectos técnicos se refiere, hay que destacar la inquietante banda sonora compuesta por Daniel Pemberton, quien como ocurre en el caso del director, acomete aquí su primera experiencia cinematográfica, después de haber musicado unas cuantas series televisivas. La fotografía corre a cargo del catalán Eduard Grau, quien se ha ganado un puesto importante entre los directores de fotografía británicos después de su excelente y renombrado trabajo en Un hombre soltero, de Tom Ford, y que ya tiene en cartera dos nuevos films: Animals, un drama fantástico dirigido por Marçal Forés, y Arthur Newman, Golf Pro, una comedia donde volverá a coincidir con Collin Firth.
Por último, vale la pena resaltar la labor de dirección artística llevada a cabo por Fiona Gavin y Nicky McCallum, sobretodo en cuanto al diseño de producción se refiere (las localizaciones exteriores y los lúgubres recovecos de la mansión señorial son inmejorables).
En definitiva, no hay mejor manera para comenzar una carrera como director que afianzarse con un ejercicio de estilo como éste. Aquí no existe ningún elemento fuera de lugar (salvo los fantasmas, claro, si es que al final los hay) y todo queda a merced de un giro de guión final que sorprenda al espectador menos acostumbrado a este tipo de historias. Esperemos que en futuros trabajos Nick Murphy nos ofrezca algo más de lo estrictamente reglamentado.
Escribe Francisco Nieto

| Título | La maldición de Rookford |
| Título original | The awakening |
| Director | Nick Murphy |
| País y año | Reino Unido, 2011 |
| Duración | 107 minutos |
| Guión | Nick Murphy y Stephen Volk |
| Fotografía | Eduard Grau |
| Montaje | Victoria Boydell |
| Distribución | DeAPlaneta |
| Intérpretes | Rebecca Hall (Florence Cathcart), Dominic West (Robert Mallory), Imelda Staunton (enfermera), Isaac Hempstead-Wright, Lucy Cohu, Diana Kent, Richard Durden, John Shrapnel |
| Fecha estreno | 27/04/2012 |
| Página web | http://www.deaplaneta.com/es/la-maldicion-de-rookford |
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La maldicion de Rookford (3)








