jueves 24 de mayo de 2012

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DESGRACIA (1)

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Disgrace
Título original: Disgrace
País, año: Australia - Sudáfrica, 2008
Dirección: Steve Jacobs
Producción: Emile Sherman, Steve Jacobs, Anna-Maria Monticelli
Guión: Anna Maria Monticelli, basado en la novela Desgracia de J. M. Coetzee
Fotografía: Steve Arnold
Música: Antony Partos
Montaje: Alexandre de Franceschi
Intérpretes: John Malkovich, Jessica Haines, Eriq Ebouaney, Scott Cooper, Charles Tertiens, Paula Arundell
Duración: 120 minutos
Distribuidora:  Golem
Estreno: 31 julio 2009
Página web:  http://www.golem.es/desgracia

Anteojera ideológica
Escribe Juan Ramón Gabriel

La cacareada fidelidad a un pretexto literario con el que ha sido promocionalmente publicitada esta película (y tantísimas otras) ya de por sí despierta sospechas en el espectador cinematográfico. Consumido el producto, se comprueba por enésima vez que se ha consumado una operación literariocinéfila  espuria a través de un cebo cultural, de un señuelo prestigioso, que sólo redunda en el descrédito dual de ambos artificios narrativos: cine y novela.

La elección del actor protagonista (un inmutable, impertérrito e idéntico a sí mismo John Malkovich) es un anticipo del espectáculo que nos espera: un filme "serio", "maduro", con empaque "intelectual", comprometido, profundo, con mensaje... dirigido a un público que se sienta satisfecho del consumo de mercancías culturales aureoladas con todos los elementos y características antes enumerados. Choderlos de Laclos, Henry James, Patricia Highsmith, James Ivory, Manuel de Oliveira... son algunos de los baluartes en los que se ha refugiado Malkovich para desparramar sus dotes interpretativas (?).

Por enésima vez que se ha consumado una operación literariocinéfila  espuria a través de un cebo cultural, de un señuelo prestigioso

En esta ocasión, se reviste con los atributos de un atribulado profesor de literatura, especialista en poesía romántica inglesa (Wordsworth, Byron...), en la Sudáfrica del postapartheid. Atribulado por su condición de especie en extinción, por su enclaustramiento vital y sentimental, por su irrenunciable libertad individual rayana en un nihilismo cínico, por su soberbia intelectual y por su faceta oculta de "chacal", depredador de jóvenes alumnas de diferente raza a la suya (blanco y anglosajón).

Todas estas características esconden un poso de aliento romántico, que canaliza a través de la poesía, pero que vitalmente no encuentra cauces de expansión. Las escenas iniciales, donde su personaje, el profesor David Luire, aparece de espaldas y de escorzo, contemplando el espacio exterior detrás de las láminas de una persiana a modo de barrotes, en la habitación de una prostituta mestiza, y desde el ventanal de su despacho, observando los gestos y movimientos sobre la hierba de una alumna (mestiza también) en la que ha reparado durante una de sus aburridas y apáticas clases de literatura romántica, el aspecto descriptivo y elíptico del inicio del filme, con unos apuntes, como la entrega de un pequeño regalo a su joven prostituta, muestra de un efluvio sentimental, que ésta rechaza y que le incita a cortar sus encuentros y servicios, negándose a mantener cualquier tipo de relación, incluso profesional, con el profesor, son las mejores secuencias de la película.

Transcurrida la presentación del personaje, el guión es incapaz de mostrar la ebullición volcánica que late en el interior del personaje

Transcurrida la presentación del personaje, el guión es incapaz de mostrar la ebullición volcánica que late en el interior del personaje, ebullición que discurre en paralelo con la violencia soterrada que se agazapa en cualquier rincón del nuevo statu quo sudafricano.

La historia zozobra por el mismo mecanismo al que recurre: la contención. La contención dramática, que se anhela pero que no se logra, confluye con una contención ideológica, deudora de una corrección política que es hegemónica en la mentalidad bienpensante occidental, más hondamente asentada desde la victoria política del presidente Obama, y que en el caso concreto sudafricano actúa como un cordón sanitario, autoimpuesto y aceptado por todas las partes: blancos y restantes clasificaciones cromáticas raciales, con el fin de evitar un estallido social, una ola de sangre que retrotrajera al país a las peores escenas de los procesos de descolonización africana; es decir, una descolonización pactada al precio de reprimir los ancestrales instintos de violencia que anidan en los corazones de los antiguos contendientes, cuyos papeles de dominantes-dominadores, opresores-oprimidos se han visto trastocados, mediante un pacto de borrado de memoria histórica en aras de conseguir una precaria, fingida integración interracial.

Las incongruencias, mentiras e incoherencias quiebran los embastes de tan precario traje político y cinematográfico

Si se trataba de denunciar esta situación insostenible y las funestas consecuencias individuales y sociales que comporta, tal denuncia ha incurrido en el vicio que pretende evidenciar, sometiéndose el guión a las mentiras, falsedades, silencios cómplices y ocultación del odio que envuelven a la sociedad postapartheid; esto es, se acomoda y amolda, sustenta, en última instancia, el falso pacto que sostiene el inestable modelo político.

Las incongruencias, mentiras e incoherencias quiebran los embastes de tan precario traje político y cinematográfico.

La comisión de investigación a la que es sometido el profesor y delante de la cual se declara culpable de todos los cargos, con una sinceridad ahíta de arrepentimiento moral que conculca el fin último de tal comisión: no esclarecer la verdad (hecho que el profesor reconoce de antemano: ha abusado de su poder para abusar de sus alumnas), sino extraerle una declaración de perdón público, dicha comisión marca el punto y final de su carrera profesional, a la par que comporta un cambio de escenario: de la urbana y "civilizada" Ciudad del Cabo al profundo y lejano interior rural, al encuentro con una hija lesbiana, mencionada en su conversación inicial con la prostituta, para intentar refugiarse de los embates de lo políticamente correcto.

Ese espacio primitivo, agreste, remedo del lejano oeste, debería ser el espacio de metamorfosis de larva en crisálida, de alimaña (pero coherente y sincera) en cordero, uno más dentro del gran establo en que se ha configurado la "nueva" sociedad sudafricana. Aquí se producirá su expiación a través del sacrificio de su hija, víctima propiciatoria y resignada de unos pecados heredados de sus mayores y que su inmolación debe extirpar.

Insultante para todos los que han de participar de este convoluto moral, el espectador el primero

El estallido de la violencia soterrada es rápidamente cubierto por un velo de silencio, individual y social, que si el director ha pretendido descubrir, lo único que ha conseguido es intentar rumiarlo y deglutirlo como mal necesario para un futuro más esperanzador, especie de peaje que hay que pagar para mantener, si no la tierra, sí al menos la casa-hogar en medio de una marea "negra" cuya idiosincrasia se nos muestra como falsa, taimada y rencorosa, tal y como queda de manifiesto después del apaleamiento de un muchacho negro por el profesor Luire: "Os mataremos, os mataremos a todos", aunque se quiera compensar tales exabruptos con la condición de retrasado del muchacho negro (¿metáfora de sus pares?).

La asunción de la "desgracia" por parte de la hija del protagonista, especie de nueva Ifigenia sacrificada por una política de Estado (los acordes de la ópera de Gluck así lo subrayan), siendo sus agresores un nuevo coro de esclavos negros, en vez de judíos (ahora Verdi), ofrece el futuro redentor: una inseminación de la clase blanca antaño todopoderosa, con violencia y humillación y deshonra, dada su situación de esterilidad para poder perpetuarse (otra metáfora más de la condición sexual de la hija: como lesbiana no dotará de descendencia por sí misma a su grupo social y "racial") por la estirpe autóctona y primitiva a la que le fue usurpada el control sobre su propia tierra.

Terrible, humillante y vil el mensaje que destila la solución adoptada por el guión, además de maniquea. Insultante para todos los que han de participar de este convoluto moral, el espectador el primero.

Los tropos diseminados a lo largo del corrupto guión preñan el vientre de la protagonista de falacias y sofismas, alumbrando una película bastarda que se acoge a una sobornada moderación formal y de fondo, compendiada en la circunspección del protagonista masculino, que de Lucifer byroniano deviene en chivo expiatorio a través de un trayecto vital que persigue la compasión y que sólo obtiene la irrisión vergonzante.

Terrible, humillante y vil el mensaje que destila la solución adoptada por el guión, además de maniquea
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