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Las crónicas vampíricas preadolescentes
Escribe Fernando Ramírez
En momentos en los que el tema vampírico ha tenido un importante resurgir por obra y gracia de la saga del best-seller Crepúsculo, nos llega este pequeño filme-joya después de su exitoso paso por festivales varios que le han reportado más de cuarenta premios internacionales.
La que hoy nos ocupa también es una adaptación de la obra best-seller de John Ajvide Lindqvist, que a su vez, será próximamente adaptada en terrenos americanos por Matt Reeves (aquí le recordaremos como director de Monstruoso), aprovechando el filón desatado por cortesía de Stephenie Meyer. Queda claro que los vampiros gozan de una saludable vida por delante, por paradójica que esta sentencia resulte.
Puede parecer que esta cinta sueca y el reciente fenómeno "chupasangres-de-diseño-adolescentes" cuenten con más de una semejanza argumental. Como ya sabemos, las comparaciones son odiosas y la coincidencia temporal de ambas obras da lugar al comentario. Más allá del clásico boy meets girl, uno vampiro y el otro humano formando un imposible tête-a-tète, lo cierto es que pocas semejanzas más guardan en relación. Déjame entrar se podría asemejar más a la frialdad psicológica de tintes existencialistas que dibujó Michael Almereyda en Nadja (1994) o la lúgubre prima-hermana de ésta, sospechosamente creada un año después por Abel Ferrara, llamada The addiction, otra película de idéntica temática que andaba por los lares filosóficos de la crueldad y la supervivencia.
Oskar, un solitario niño de doce años vive en uno de los suburbios residenciales de Estocolmo. Maltratado por sus compañeros de clase y sin amigos, mantiene una curiosa afición: coleccionar recortes de prensa que hablen de los más aberrantes homicidios. Su vida cambiará cuando conozca a su nueva vecina Eli, de la misma edad teórica que él. Ella le advierte de que no podrán ser amigos, mientras que Oskar se muestra escéptico ante tan sorprendente aviso. Su amistad evolucionará hacia el sentimiento más genuino aunque él tenga que hacer frente a algo que quizá lleve esperando toda su vida. Eli en realidad ha vivido centurias. Es un vampiro.
Directa a la yugular
Su director nos propone una nueva vuelta de tuerca a tan manida temática, acumulando todos los clichés conocidos del vampirismo y sus características, para adentrarse en la cimentación de un universo iconoclasta que nos habla de la desertización del sentimiento de dos infantes. Tan contradictorio y genuino tándem emprende de la mano una aventura hacia la madurez de Oskar, quien tendrá que decidir el lugar que le pertenece en este mundo.
Lo hará a través de una humanidad deformada. Repleta de criaturas que arden a la luz del sol y de personas que viven en el obligado mundo de la oscuridad. De gente inocente que muere desangrada como objeto alimenticio de otros inocentes condenados a la eternidad. De niños desubicados en el epicentro de una familia desestructurada. De la desesperanza de un padre y su supuesta hija que duermen en ataúdes durante el día para gozar la deserción solitaria de la noche. De la soledad de estar en un mundo agreste que nos castiga día tras día. De niños correteando en un parque gélido que, sin embargo, es donde encuentran el calor que piden a gritos desde el más profundo silencio. De amantes inconsumados que se comunican a través de los muros que les separan en mitad de la noche. De corazones perdidos, llenos de helazón y amargura, que no saben ni entienden cuanto ven a su alrededor. De personas que se encuentran y que se necesitan sin fundamento aparente. Del sacrificio obligado que dicta corazón contra razón.
Déjame entrar se aleja deliberadamente de la revisión del mito clásico para humanizar a la figura vampírica, dotarla de una autenticidad suprahumana. Porque la obra versa sobre la muerte, sobre la pugna por la vida, pero, por encima de todo, es una declamación sobre el primer amor, imposible, poderoso y redentor. Ese amor que vibra desde la más absoluta inmadurez, cuando un paseo por el parque del vecindario y una mirada cómplice eran suficientes para exhuberar el presente. Cuando ese instante en el que mano con mano provocaban el latido acelerado. Aquel amor puro e inocente que dio esos momentos guardados en lo más profundo que recordaremos el resto de nuestras vidas. Es en la ejecución descriptiva del sentimiento donde el filme obtiene su mejor baza.
Alfredson construye asimismo con inusual elegancia un complejo resorte de piezas de engranaje perfectas, gracias a su sugerente puesta en escena, su apreciación del detalle y su manejo malabarista de los elementos: una fotografía que sabe exprimir la luz cegadora de la nevada paisajística, así como penetrar la oscuridad más tenebrosa en la que viven sumidos tan sanguinarios bebedores. Una partitura que subyuga y aterra a partes iguales. Unos excelentes actores (con mención especial a los párvulos protagonistas) cuya mirada basta para inundar de sentido la pantalla. Una conmovedora a la par que desgarradora base literaria sobre la que se sustenta el guión.
De una sobrecogedora sensibilidad, y al unísono con brutal intensidad, el filme destaca también por la plasticidad de sus imágenes, en plena armonía con la descarnada naturaleza de sus situaciones. Pausada, tremendamente turbadora, y con escasos diálogos, estamos delante de una narración contemplativa que se abre paso en la contemporaneidad cinematográfica, entroncando con el cine de terror puro, pero sin caer en él. Ofreciendo su múltiple angulosidad, es donde demuestra su valía.
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DÉJAME ENTRAR (3)








