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DEJAD DE QUERERME (1)

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Título original: Deux jours à tuer
País, año: Francia, 2008
Dirección: Jean Becker
Producción: Louis Becker 
Guión: Eric Assous, Jérôme Beaujour y Jean Becker, basado en la novela Deux jours à tuer de François d'Epenoux
Fotografía: Arthur Cloquet
Montaje: Jacques Witta
Intérpretes:

Marie-Josée Croze, Albert Dupontel, Pierre Vaneck, Alessandra Martines, Cristiana Réali, Mathias Mlekuz

Duración: 85 minutos
Distribuidora: Golem
Estreno: 1 agosto 2008

J'ai oublié de vivre…
(versión de Johnny Halliday)

Escribe Juan Ramón Gabriel

La representación de los estragos del dolor sobrevenido en la vida de un apacible y satisfecho cuarentón es la pretensión de esta película francesa. Los elementos retóricos que se utilizan para intentar lograr la transmisión de tal núcleo de significado se adueñan del lexema, dejando a la historia sin tensión y con demasiados signos prefijados: previsible es todo el desarrollo argumental e invisible la emoción que se persigue visibilizar.

dejaddequererme1.jpgLa falta de coherencia del guión, tal vez debido a la carencia de un único redactor o al fallido ensamblaje entre las dos partes constitutivas del mismo, lastra pesadamente la construcción del personaje protagonista y, por ende, la de todo el relato tejido sobre el tapiz sentimental de aquel.

Una primera parte centrada en el tráfago laboral de Antoine, ejecutivo publicista de éxito, urbana y parisina; extendida a su entorno más íntimo: la familia y sus amigos; apoyada en un equívoco que el espectador intuye y del que se resentirá el crescendo dramático; culminada en una larga secuencia alrededor de una cena, dominada por unos diálogos en donde las palabras no consiguen decir el malestar que roe al protagonista.

Una huida a través de la carretera y de la velocidad que ofrece el BMW de Antoine sirve de engarce con la segunda parte, ambientada en una bucolizada Irlanda, a modo de beatus ille donde aparecerá, sorpresivamente, la figura del progenitor, treinta años desaparecido de la vida de Antoine y que, en apenas un día, recuperará la posición vital a la que renunció, asumiendo el papel de mensajero que le otorga su reconciliado hijo.

dejaddequererme3.jpgFrente a la logomaquia de la primera parte, esta segunda se instala en la elocuencia del silencio y del paisaje, con efectos balsámicos sobre la afasia emocional de los personajes.

Pero si antes las palabras no decían, tampoco ahora los silencios hablan. De los espacios cerrados, propicios a lo íntimo; de los primeros planos y planos medios se nos traslada a un espacio abierto, reconfortante y reparador. Este tránsito es externo, sin que sustente la esencia de una transformación interna que debería explicar la actitud aparentemente incomprensible que ha guiado los pasos de Antoine.

Entre los elementos que decoran la pequeña cabaña donde habita el eremita padre ausente, destaca el retrato de un escritor sobre el que la cámara se detiene brevemente a fin de subrayar la base literaria sobre la que pretende el director sustentar su mirada: es un retrato de Samuel Beckett. Referencia que el guión no roza más que en el envoltorio.

dejaddequererme2.jpgLo mejor de esta película es aquello de lo que precisamente el guión no se percata al querer mostrar una trascendencia que no alcanza: la enfermedad moral que aflige a una sociedad francesa (y europea por extensión) que se ahoga en su propia satisfacción material pero que está pidiendo a gritos un nuevo paradigma emocional, más sincero, auténtico, liberador, etc. Un malestar late en el seno social y familiar, sin que quienes lo padecen dispongan de instrumentos de sanación.

La búsqueda del patetismo por parte del personaje adquiere tonos patéticos, pues la complacencia y el narcisismo son dos pesados fardos de los que no es consciente y de los que, por tanto, no puede desprenderse.

Por último, simplemente señalar que al menos el cine norteamericano tiene claros los mecanismos estilísticos melodramáticos, sin avergonzarse de ellos; hecho que este filme francés pretende cuestionar a través de un código basado en la naturalidad, en cierto cotidiano realismo emocional, cierta sencillez nouvellevaguista.. pero que, paradójicamente, para cerrar una historia de este calado recurre a los lugares más comunes del melodrama norteamericano y, encima, con mala conciencia. O lo que es peor: sin conciencia de ello.  

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