Cine
Podríamos haber titulado esta crónica “A la sanidad pública”, de tal modo que, además de expresar una convicción personal, corroboraríamos el reconocimiento que la directora quiere dejar patente al final de la película.
Pero hacerlo habría supuesto desviar el foco de atención de lo que realmente importa, ya que, a fin de cuentas, la enfermedad de Adam y su periplo por los hospitales no es otra cosa que la excusa argumental, el McGuffin que permite habar de algo mucho más esencial: el alma humana. Si bien se mira todas las grandes películas hablan del alma humana.
Podríamos entonces haber titulado esta crónica “Heridas de guerra” o “Daños colaterales”, y de este modo nos habríamos aproximado mucho más a su núcleo temático.
Pero seguiríamos sin apuntar a lo que hace de ella una auténtica obra maestra: la perfecta utilización del lenguaje cinematográfico, de los recursos que este joven arte ha aprendido a desarrollar, al servicio de una historia. Estamos hablando de cine.
Qué difícil es contar la historia de un bebé con un tumor cerebral sin hacer el ridículo. Esta película lo consigue con creces. Y no sólo lo consigue, sino que lo hace con una honestidad y con un respeto desconocidos para quien esto escribe. Ni una lágrima de más, ni un sentimiento impostado, ni una trampa emocional.
Declaración de guerra es el horror, pero es la alegría; es lo que nunca quisiéramos vivir, pero es el modo en el que quisiéramos vivirlo; somos nosotros y quienes nos rodean; es la fuerza y la debilidad, el triunfo y el fracaso, la entereza y la miseria, lo que somos y lo que quisiéramos ser. Es la vida.
Y nos damos cuenta de que la vida siempre sigue su curso, que aferrarse a ella es vivir sus claroscuros, que la tragedia y la risa conviven, se complementan, se combaten, se suceden. Aprendemos que el cine miente, pero también que el cine puede ser verdad.
Y por encima de todo gozamos de una lección de lo que debe ser contar historias con imágenes. En estos tiempos en los que parece que algún despistado está descubriendo lo que es el cine mudo, nada mejor que esta película para entender el preciso valor de las palabras y lo innecesarias que resultan a veces. Para entender, también, lo que es el ritmo de la narración, lo que es la elipsis, lo que es la sugerencia, los gestos que nada y todo dicen, la estructura, la arquitectura de las películas.

Hace ya cincuenta años, el cine francés intentó renovar los fundamentos de un lenguaje demasiado adocenado. La nouvelle vague pasó por ello a la historia y a la memoria agradecida de los amantes del cine. Ahora, tantos años después, esta joven directora merece ser reconocida como la heredera legítima, la émula de tan dignos antecesores.
Ella misma admite el legado y le rinde tributo, empezando por el mismo título (La guerre est declarée, reza el original) que nos remite a La guerre est finie, la obra de Resnais. Pero también en las carreras de Jules y Jim, en la inocencia de Antoine Doinel o hasta en la libertad narrativa de Godard.
No quisiéramos desvelar cada una de las genialidades que esta maravillosa obra encierra. No podríamos tampoco. Pero no debemos resistirnos, aunque sea a título de homenaje, a enumerar algunas de ellas.
Hablemos pues de la precisa construcción de los personajes, de la fortaleza de ella, de la mal disimulada debilidad de él. Hablemos de la madurez precipitada, de la vida por construir, como esa casa que nunca acaba de estar terminada. Hablemos de la maravillosa elipsis que une el momento en que se conocen con el nacimiento de Adam, y que contrastará con el maratón que deben correr sin saber cuándo acabará. Señalemos ese jersey que Romeo porta a lo largo de los años, y que tanto dice del personaje. Admirémonos del modo en que se cuenta la desesperación de Julieta cuando nada sabe, de su carrera espasmódica por los pasillos del hospital, y de la súbita fortaleza que la invade cuando oye pronunciar las palabras “tumor cerebral”. Rindámonos emocionados ante la maestría de la secuencia en la que amigos y familiares, plenos de desesperación, recorren un París nocturno, solitario y ajeno, laberíntico como lo es el desierto, a la búsqueda de consuelo y solidaridad.
Y la escena en la que Julieta acarrea con su sufrimiento y el de Romeo en la distancia. Y los imperceptibles signos de que algo se rompe entre ellos, a pesar del ímprobo esfuerzo que hacen por evitarlo.

Y, ¿cómo no?, esa maravillosa puesta en escena, en la que se huye del manido tópico de los hospitales vacíos, mostrando pasillos repletos, salas abigarradas, pero no por ello menos solitarias, o en la que se recurre una y otra vez a la rutina de los paseos, las visitas, las estériles vestimentas de las que constantemente se sirven y se despojan, en una lenta pero inexorable construcción de su fortaleza y al mismo tiempo de su cadencia destructiva (qué sabiduría en la elección de los distintos ritmos de la narración).
Y la imagen desenfocada de la especialista que debe devolverles la esperanza, y la omnipresencia del tabaco, y los sutiles carteles llamando a la huelga o recordando el drama del paro, ecos de una sociedad tan doliente como ellos mismos.
Y tantos casos más.
Detengámonos por último en el majestuoso final de la película. El mar de nuevo: barrera, enigma y esperanza. Y unos seres humanos que ya no son lo que eran. Creen que les tocó la experiencia a ellos porque eran capaces de superarlo, pero no es cierto, no lo superaron. Se dejaron jirones de vida en el trayecto. Finalmente ya no son los mismos, aunque algo les unirá para siempre: No el hijo, sino lo que hicieron para devolverle la vida. Una mano lastrada por mil batallas se eleva por la espalda de Romeo en un tenue abrazo. Protección, reconocimiento y amor. Amor más puro y más profundo que nunca, a pesar de que la vida los haya obligado a transitar por caminos divergentes.
Valérie Donzelli y Jeremie Elkaim han tenido el valor (y el talento) de enfrentarse de nuevo a esta historia, de hablar de ella y reconstruirla. Al hacerlo han demostrado que aquellos jóvenes golpeados por la vida se han convertido en personas adultas. A su favor habrá jugado, como siempre ocurre, el paso del tiempo. O quizá habría que decir en su contra. Nunca se sabrá, nunca se sabe. Lo que sí es seguro es que ese mismo tiempo les reserva un lugar en la historia del cine.
Escribe Marcial Moreno

| Título | Declaración de guerra |
| Título original | La guerre est déclarée |
| Director | Valérie Donzelli |
| País y año | Francia, 2011 |
| Duración | 100 minutos |
| Guión | Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm |
| Fotografía | Sébastien Buchmann |
| Montaje | Pauline Gaillard |
| Distribución | Golem |
| Intérpretes | Valérie Donzelli (Juliette), Jérémie Elkaïm (Romeo), César Dessix, Gabriel Elkaïm, Brigitte Sy (Claudia), Elina Lowensohn (Alex), Michèle Moretti (Geneviève), Philippe Laudenbach (Philippe), Bastien Bouillon (Nikos) |
| Fecha estreno | 17/01/2012 |
| Página web | http://golem.es/declaraciondeguerra/ |