Cuerpos doloridos
Si algo queda claro desde los primeros planos de esta película es que su director, Jacques Audiard, piensa en cine y no en literatura.
Vemos a un hombre acompañado de un niño al que suponemos su hijo ascendiendo, sin mirarse, por una calle gris y fría (inevitable el recuerdo de la magnífica escena que ya filmó Wim Wenders en París, Texas). Vemos al niño sobre los hombros del hombre, como un peso que va más allá de su corpulencia real. Los vemos en un vagón de tren vacío, y vemos al niño apurar el último sorbo de una botella de agua. Y ninguna palabra. Cualquier diálogo, cualquier explicación, no sólo habrían resultado redundantes, sino que habían malogrado la elegancia con la que se nos describe esa extrañeza, esa hostilidad soterrada que los une.
Qué buena película habría podido ser si el guión hubiera estado a la altura, si aquello que había que traducir en imágenes fuera más coherente, estuviera mejor trabado.
De óxido y hueso parte de un contraste absoluto, el que se da entre los dos protagonistas. Y a partir de ahí se describe la aproximación entre ambos. Por una parte tenemos el mundo de Stephanie, estable, limpio, silencioso, acomodado también, donde la fuerza mental se impone a la física. Es el mundo del agua. Por el contrario Alain representa la agresividad, lo físico, el sudor, la tierra, la torpeza, lo irreflexivo, la miseria.
Que el encuentro entre esos modos de ser ocurra es difícil. La casualidad y las especiales circunstancias que concurren hacen que coincidan quienes de otro modo nunca habrían cruzado sus caminos. Y en esa coincidencia se descubren, al otro y a sí mismos. Y al hacerlo se enriquecen y enriquecen el mundo que les rodea. Sus pasos están guiados por el dolor, y en ese dolor se reconocen.
Esto ocurre sobre todo con Stephanie, personaje interpretado de manera espléndida por Marion Cotillard. El proceso que observamos en la pantalla es el que hace posible el hallazgo del cuerpo, básicamente de su propio cuerpo. La fuerza mental de la que se sirve y que utiliza para dominar tanto a las orcas como a su pareja o a los mismos luchadores y apostantes cede paso a lo corporal, lo cual representa no sólo un descubrimiento sino también una aceptación de su carne malherida. La mujer fría y dominadora se acaba entregando al placer de un cuerpo que pierde el carácter aséptico e higiénico que tenía. Su acuoso mundo se ensucia, se llena de polvo, de sudor, de sol, de herrumbre.
El trayecto inverso, el que llevará a Alain hasta el territorio de Stephanie, no está contado con la misma brillantez. Parece como si la tosquedad del personaje contagiase a su mismo tratamiento fílmico. No hay apenas evolución, tan sólo alguna sugerencia amistosa hacia su hijo que queda deslavazada y un tanto artificial. Si así hubiera sido, si el personaje masculino no pasara de ser una referencia que permitiera enriquecer el de su pareja, se habría conservado cierta coherencia, pero en un giro tan forzado como endeble se pretende dar una simetría a la historia que no hace sino devaluarla.

El acceso de Alain al mundo de Stephanie, su íntima reconversión, adolece de la solidez necesaria para resultar creíble. Y con ello arrastra a la historia misma. El modo en que se resuelve la ruptura con la hermana es más que forzado, y la huida está contada con una precipitación que no consigue esconder su desatino. Y al final su salida del hotel de lujo, el lugar natural de Stephanie, no puede aceptarse sin grandes dosis de condescendencia.
Como decíamos, Audiard piensa en imágenes. Mejor aún, en la combinación de imágenes y sonidos que hace posible el cine. De ese modo consigue momentos espléndidos, aquellos en los que la historia describe a los personajes, los ambientes, las situaciones.
Se sirve para ello de un tratamiento de la música y los ruidos magistral, sin duda lo mejor de la película. Las voces, los rumores, los gritos, los silencios, hasta el mismo diálogo tomado no en su dimensión semántica sino en la meramente fonética, construyen por sí mismos un universo poético. Valga señalar el murmullo en el que se convierten las voces en el hospital (donde una única lágrima da testimonio de todo el dolor), la música que se acerca y que acompaña el entrenamiento de Alain ocultando las sirenas de la ambulancia, los golpes secos y dolorosos de los luchadores o el silencio del agua. Y la espléndida música de Alexander Desplat, siempre con finalidad narrativa, huyendo del mero relleno tan habitual y tan insoportable.
Si el hilo argumental sobre el que articular tanta sapiencia cinematográfica hubiera estado a la altura estaríamos hablando ahora de una obra maestra. Por no ser así nos quedamos en una acumulación de momentos brillantes. Sin ser lo que esperábamos, lo que podríamos esperar de un director como Audiard, no es poco.
Escribe Marcial Moreno
Más información de Jacques Audiard:
Un profeta (4)
De latir mi corazón se ha parado (4)

| Título | De óxido y hueso |
| Título original | De rouille et d’os |
| Director | Jacques Audiard |
| País y año | Francia y Bélgica, 2012 |
| Duración | 120 minutos |
| Guión | Jacques Audiard y Thomas Bidegain |
| Fotografía | Stéphane Fontaine |
| Música | Alexandre Desplat |
| Distribución | Vértigo Films |
| Intérpretes | Marion Cotillard (Stéphanie), Matthias Schoenaerts (Alain van Versch), Céline Sallette (Louise), Bouli Lanners (Martial), Armand Verduse (Sam), Corinne Masiero (Anna), Jean-Michel Correia (Richard) |
| Fecha estreno | 14/12/2012 |
| Página web | http://www.deoxidoyhueso.es/ |