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Amélie se viste de Chanel
Escribe Fernando Ramírez
Por todos es sabido que cuando una buena idea en el mundo del cine salta a la palestra, ésta se convierte rápidamente en objeto de deseo de diversos proyectos, y futuros filmes, que compiten a contrarreloj para que la cronometría no traicione las expectativas, y no exista una competencia temporal que lastre los resultados. Por supuesto, y a tenor de los resultados, la operación comercial aquí realizada ha arrancado con un beneficio superlativo.
La vida de Gabrielle Bonheur Coco Chanel ha caído en la multiplicación caleidoscópica de obras dedicadas a su vasta, y contradictoria, biografía. En el festival de Cannes, los presentes tuvieron la oportunidad de contemplar el nuevo filme de Jan Kounen, Chanel et Igor Stravinsky, donde se brinda la relación que mantuvo la modista con el compositor ruso cuando en los años 20 encontró cobijo en su casa. Anna Mouglalis encarna a la mítica dama.
Otro filme que versará sobre la misma relación será dirigido por el recuperado William Friedkin, con Marina Hands, en el rol de Chanel. Además, la rumorología ya apunta hacia otra superproducción donde Demi Moore será la protagonista y Danièle Thompson será su directora. Algún que otro telefilme de tercera fila también ha aparecido casualmente sobre la figura francesa. La que hoy nos ocupa, dirigida por Anne Fontaine, es la que ha inaugurado la estela de adaptaciones y la que ofrece, en la piel de Coco Chanel, a una actriz querida por todos, Audrey Tautou, que ha casado para la ocasión su imagen frágil con un valiente temperamento para la composición de tan loado personaje.
De momento, la rentabilidad sobre la fascinante vida de Chanel ya ha dado sus primeros frutos. Tautou será la sustituta de Nicole Kidman como imagen del icónico perfume marca de la casa Chanel Nº5. Jean-Pierre Jeunet, quien la vampirizó para los anales como Amélie, dirigirá el anuncio. Mouglalis también ha salido beneficiada con todo el entramado ya que representará la imagen de la doble C entrelazada, además de vender ya su rostro para otra de las fragancias más conocidas de la casa francesa.
De todo este entuerto, sorprende sobremanera que nadie hasta ahora se hubiera planteado la adaptación a la gran pantalla de esta gran figura del mundo social del siglo XX. Aunque, visto lo visto, se va a recuperar el tiempo perdido a golpe de unos cuantos biopics.
Las sinuosas leyes del biopic
Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel -asombrosa transmutación de su título original, cuyo enunciado le hace más justicia al filme, Coco avant Chanel (Coco antes de Chanel)- es la primera obra que desgrana la vida del mito, pero lo hace centrándose en sus primeros años de aprendizaje, en los que se dibujan su paso por el orfanato, su relación con su hermana Adrienne (Marie Gillain) y sus intentos de abrirse paso en el mundo de las variedades del cabaret, su idilio con el que sería su protector Étienne Balsan (Benoît Poelvoorde) y su amor por un hombre casado (Alessandro Nivola) hasta los inicios del que sería el imperio de Chanel.
Hasta el oficio de cuatro guionistas, incluyendo la letra de Christopher Hampton (Carrington, Las amistades peligrosas) y la de la propia directora Fontaine, han sido necesarios para erigir una pieza hueca, insulsa, que pretende describir una biografía políticamente incorrecta pero desde la corrección estilística para todos los públicos. No hay en el filme momento que deje poso. La emoción parece querer aflorar en su tramo final, cuando la labor modista empieza a sobrevolar sus, desgraciadamente, últimos minutos de metraje. No hay formulación, pues, que provoque la intensidad en el espectador más allá de la amabilidad más ramplona.
Tautou, aunque creíble y acertada en su composición del personaje, no deja de pasearse malhumorada ante la pantalla como una joven testaruda y caprichosa. Nivola se presenta como el más encorsetado, almibarado e inversemblante retrato, de los personajes danzarines del filme, con un rostro que no logra cambiar la muesca inicial. Quien logra robar continuos planos a la crónica imagen de Tautou-Chanel es Benoît Poelvoorde, ensalzando con explosión cromática el tono llano de la obra cada vez que éste hace acto de presencia en pantalla.
Si la vida del personaje real puede resultar admirable, lo que se contempla en el filme no merece grandes consideraciones, puesto que no logra alzar el vuelo más allá del dobladillo de un pantalón. Todo está aderezado, eso sí, con el envoltorio técnico que una obra de esta envergadura obliga cumplir. Una bella partitura del maestro Alexandre Desplat, una cuidada ambientación, un atento vestuario y una iluminación un tanto espesa y oscurantista rodean a la imagen de Chanel. Con todo, los colores no cambian, el academicismo más plomizo se deja llevar a su suerte y los sinuosos derroteros de las leyes del biopic consiguen, una vez más, caer en la insipidez rigurosa.
Se le puede agradecer a Fontaine que, al menos, su obra resulte estilizada en una justa medida. Ni cae en la grandilocuencia ornamental, ni se prodiga en el vacío argumental, aunque sus dos horas de metraje resulten a todas luces excesivas.
Rescatemos, entonces, el binomio Tautou-Poelvoorde. Ella, por subir otro peldaño para que el espectador olvide a su inolvidable Amélie y, de paso, confirme sus dotes como actriz capacitada para retos difíciles, especialmente en las últimas imágenes de la obra, donde revela una elegancia que no resulta impostada, sino que luce su porte imponente, hasta ahora desconocido.
Él, por mantener firme la imbatible fuerza de un filme cuyas aristas se muestran débiles desde su inicio y por ser el personaje menos edulcorado y más veraz de cuantos le rodean, con quien el espectador, además, logra una mayor empatía. La labor interpretativa, en comunidad de bienes, de ambos se salda, pues, como lo más encomiable de un biopic que se parece demasiado a sus últimos, y exánimes, contemporáneos.
