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Dejà vu argumental
Escribe Ángel Vallejo
Una de las consecuencias más importantes de la industrialización de Hollywood, cuya revolución se llevó a cabo hace ya varias décadas, es la de la asunción de la producción en cadena al modo de Henry Ford, de filmes de consumo rápido que copan las exhibiciones de las salas del mundo y apenas permanecen en cartel lo suficiente como para ser sustituidas por otros en muy pocas semanas.
La mecanización de la producción y la especialización del trabajo, hace que incluso haya un ejército de especialistas, casi burócratas, que se dedican a cada uno de los menesteres específicos de la elaboración de una película que apenas saben nada sobre cualquier otro apartado.
Existen incluso patrones (yo los he visto) de cómo elaborar un guión que incluyen porcentajes de acción, drama, humor y amor con respecto al minutaje de cada "producto". Si acaso, para disimular la "clonicie" de tales patrones se procura partir de una idea original o de lo que se denomina un campo semántico distinto en cada ocasión, de manera que no se haga tan evidente la burla.
Así ,podemos encontrar películas sobre prostitutas de lujo, conseguidores, fabricantes de juguetes, negociadores de secuestros, bomberos, entomólogos o limpiadores de las escenas del crimen, como es el presente caso, que a pesar de intentarlo incluyendo en su elenco a personajes de sobrada talla dramática, siguen una estructura tan sobada que no consiguen ya engañar al común de los sufridos espectadores de cine.
Sólo Samuel L. Jackson, Ed Harris y la atractiva Eva Mendes pueden dotar de un mínimo interés a una cinta que nos habla de los consabidos policías corruptos, de las listas que lleva el contable, del departamento de asuntos internos, del drama familiar del protagonista con una hija adolescente, del falso culpable y de un sinfín de tópicos que ya estamos cansados de ver e incluso de anticipar en pantalla antes de que sucedan.
La mera aparición de personajes que parecen guardar un secreto hace ya sospechar que no son sino clichés muy mal construidos de los que cabe esperar precisamente aquello que se supone que no pueden hacer. Pero el espectador mínimamente atento ya esta curado de espanto y de vueltas de tuerca que siempre van en el mismo sentido.
Esta película no tiene más interés que el que pueda tener resolver un sencillo rompecabezas de seis piezas. Si acaso uno puede entrar a la sala con la intención de apostar cuánto tiempo tardará en resolver cada uno de los enigmas y sentirse entonces satisfecho con el resultado de su perspicacia, pero el problema es que puede querer salirse cuando lleva veinte minutos de metraje, seguro de haber completado la trama sin mucho temor a equivocarse.
Una pérdida de tiempo, en fin, que sólo puede ofrecer lo que ofrecen los productos elaborados por este tipo de profesionales/ burócratas: una cuidada elaboración técnica y un plantel de actores que a fuerza de oficio consiguen salvar de la mínima nota una película destinada a pasar sin pena ni gloria por los estantes del video-club.
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