CIEN CLAVOS (4)

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Título original: Centochiodi
País, año: Italia, 2007
Dirección: Ermanno Olmi
Producción: Roberto Cicutto
Guión: Ermanno Olmi, Luigi Musini
Fotografía: Fabio Olmi
Música: Fabio Vacchi
Montaje: Paolo Cottignola
Intérpretes: Raz Degan, Luna Bendandi, Amina Syed, Michele Zattara, Damiano Scaini, Franco Andreani, Omero Antonutti, Roberta Bacchi
Duración: 92 minutos
Distribuidora: Sagrera TV
Estreno: 12 septiembre 2008
Página web:   http://www.sagreratv.com/
cienclavos

Esperando a…
Escribe Adolfo Bellido López

Vi este título en el último festival de Huesca (junio de 2008). Allí con justicia recibió el premio al mejor filme europeo. Un premio otorgado por los propios espectadores. Lo cuál puede resultar sorprendente ya que el cine de Ermanno Olmi es todo menos de fácil visión para… cómodos espectadores.

cienclavos_olmi.jpgCien clavos es la última película que ha realizado y, al parecer, también la última de ficción de su filmografía, ya que ha decidido que a partir de ahora sólo realizará documentales (1). Será una vuelta a sus comienzos. Hoy, a sus 77 años, parece querer volver a indagar sobre paisajes y gentes reales ¡como si alguna vez hubiera dejado de hacerlo!

Como si sus escasas películas de ficción (2) no miraran al pueblo y a sus gentes. Siempre lo ha hecho. En la totalidad de su obra ha retratado tanto a la gente de su entorno, a los lugareños de tal o cual ciudad, como a los paisajes en los que habitan. Su cine bebe en el paisaje y en el tiempo, como una prolongación de los habitantes de ahora o del pasado.

Puede que las espléndidas La leyenda del santo bebedor (1988) o El oficio de las armas (2001) parezcan, en principio, no ser fieles a esa forma de entender el cine. Pero en realidad en sus imágenes aparece el retrato documental de unos hechos o la desnuda introspección –casi bressoniana– de unos seres.

Para comprobar hasta dónde llega Olmi sería interesante poder visionar no ya sólo sus primeros documentales, sino el cántico a la naturaleza que es Il segreto del bosco vecchio (1993), inspirada en la novela-poema de Dino Buzzati, o esa búsqueda, desde la simplicidad más absoluta, de la historia de los Reyes Magos que es Cammina, cammina (1983) (3), película con la que se adelantaba en años a la reciente El cant des occels (2007) de Albert Serra. A lo mejor si los críticos entusiastas (y con razón) del filme de Albert hubieran conocido el de Olmi, sus cánticos no hubieran sido tan excelsos.

El cine de Olmi ha sido ampliamente premiado en importantes festivales de cine, pero, a pesar de ello, su obra permanece prácticamente ignorada. Ha sido premiado por títulos como El empleo (1961), que recibió el premio de la crítica en Venecia, El  árbol de los zuecos (1978), premiado en Cannes, o La leyenda del santo bebedor (1988) y Lunga vita alla signora (1987), ambos con galardones en Venecia.

El cine de Olmi se resume en un cántico a la naturaleza y al ser humano, sobre todo a su esfuerzo por superarse (4), por trascender hacia lo absoluto. Su obra no se puede desligar de su confesionalidad católica. En ello su cine se une al de Robert Bresson. En su forma, su aparente y compleja simplicidad, ambos realizadores tienen una cierta semejanza. 

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Ignorancia y desdén

Lo curioso es que los jóvenes realizadores de cortos que conocí en Huesca, pertenecientes a distintos países, mostraran su total desconocimiento sobre Olmi, llegando incluso a pasar de la proyección que allí tuvo lugar de Cien clavos. Sorprende tal ignorancia sobre este realizador por su parte. Ellos, por supuesto, pertenecen a otra época, pero Olmi era sobre todo realizador de cortos y documentales. Los comienzos de los jóvenes realizadores actuales son parejos a los de Olmi: también se suelen iniciar con cortos y documentales. Sin embargo le ignoran, al tiempo que parecen venerar la obra de Antonioni, que tampoco es actual y también es italiano. ¿No resulta raro?

Tampoco la crítica ha hecho nunca excesivo caso a Olmi (5) quizá por su clara militancia religiosa que no solamente explicitó en la película citada más arriba sobre la Natividad, sino también en la biografía que filmó sobre la vida de Juan XXIII: Y llegó un hombre (1965).

Probablemente algunos tampoco le perdonan El árbol de los zuecos en cuanto piensan que fue la contestación desde la Democracia Cristiana al manifiesto del Partido Comunista Italiano: Novecento de Bertolucci. En realidad, ambas son grandes películas y se elevan por encima de su ideología para ofrecer al espectador soberbios frescos sobre la historia de Italia de la primera mitad del siglo XX. Lo que ocurre es que mientras Bertolucci se arropa desde los modelos propios de las superproducciones con actores de primera línea, Olmi se mantiene fiel a la crónica documental de unos campesinos y sus vicisitudes personales antes que ideológicas: la lucha por la supervivencia y el “crecimiento” personal. La existencia de sus “campesinos” muestra la resignada opresión de una clase maltratada. El director incluso opta por que sean verdaderos habitantes del lugar los que protagonicen su película.

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Buceando en la vida de Olmi

Ermanno Olmi nació en Bérgamo en 1931. Cuando tenía dos años, su familia se trasladó a la industriosa ciudad de Milán. La niñez de Olmi se movió entre los obreros de las afueras de Milán y los campesinos de Treviglio, en el campo de Bérgamo. Muy joven entró a trabajar en la Edison Volta. Por una serie de casualidades allí se vio con una cámara en la mano: fue propuesto por la fábrica en la que trabajaba para que realizase documentales sobre “su” empresa.

Se convirtió desde entonces (mediados de los años cincuenta) en el autor total de aquellos cortos documentales. Realizó casi cuarenta. Escribió, fotografió, llevaba la cámara, dirigió y montó sus filmes. Una labor que hizo extensiva posteriormente a muchos de sus largometrajes. Una enfermedad, que estuvo a punto de terminar con su vida, le impidió posteriormente poder manejar la cámara, labor que acometerá su hijo en la mayor parte de sus posteriores películas. 

Su confesionalidad no le conduce, por fortuna, a considerarse un “elegido” y despreciar a aquellos que no pertenecen a su credo. Su catolicismo no es excluyente ni en cuanto a dogma, ni en cuanto a opciones sexuales. Uno de sus grandes amigos fue Pier Paolo Pasolini, reconocido marxista y homosexual, autor de una de las más maravillosas películas sobre la pasión de Cristo, El evangelio según San Mateo, que sin duda Olmi hubiera estado orgulloso de realizar. Ambos realizadores llegaron a firmar juntos algún guión.

Amante, como ha quedado dicho, de la naturaleza, en 1976, Olmi, su mujer y sus tres hijos abandonan Milán y se trasladan a la localidad rural de Asiago Highlands. La naturaleza forma parte de su vida.

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Los libros “clavados”

Bolonia, época actual. En la biblioteca de la Universidad aparecen varios libros, sobre todo eclesiales, esparcidos por los suelos y atravesados por clavos. Es el comienzo de la interesante Cien clavos.

Uno de los carteles anunciadores de la película aparece cruzado por una sorprendente frase, sobre todo teniendo en cuenta que la película está filmada por Olmi: “Las religiones nunca han salvado al mundo”. ¿Será a la distribuidora del filme a quien se le ha ocurrido tamaña provocación? Lo dudo. El filme camina por esa senda. Una frase se puede leer sobre la pantalla antes de que comience la historia: “Los libros, aunque necesarios, no hablan por sí mismos” (Raymond Kibanski).

El filme puede sorprender a los que admiran a Olmi y también a los que le detestan. Con su película trata de ajustar cuentas con la curia eclesiástica. Para el director ese poder humano nada tiene que ver con el sentido del cristianismo originario, basado en el amor y la comprensión. Duro y lúcido, Olmi hurga en la “verdad”, en el camino hacia la liberación y el encuentro (6).

Una primera parte de estructura casi policíaca, con un montaje que adelanta y atrasa en el tiempo narrativo –algo sorprendente en el director–, nos sumerge en el sentido delictivo de tal ultraje “intelectual”. El guardián del tesoro es un monseñor momificado y autoritario cuya labor de bibliotecario (y lector de textos sagrados) se reduce a… dormirse en la amplia sala de lectura.

¿Por qué se ha procedido a clavar, a “crucificar” los libros? ¿Qué se pretende con tamaña herejía, según proclama el iracundo sacerdote? Es lo que se descifrará en una perfecta trama en los primeros minutos del filme. Ritmo rápido, montaje cortante. Un misterio por resolver. De fondo, toda una serie de palabras clave, lindantes con la religión, como se proclama en el propio título, en el que destaca la palabra clavos: la alusión a una determinada crucifixión es clara.

Un profesor de la Universidad  reflexiona sobre el mundo, la existencia, la razón y la sinrazón. El contacto y la separación, la falta de amor y las palabras que nada dicen. Libros que desde sus oscuridades o palabras convertidas en sin sentido se convierten en criptogramas de difícil interpretación. Inútiles fuentes del saber.

He ahí el sentido de la hermosa escena de la despedida de la alumna hindú por parte del profesor. La pequeña caricia sobre la mano. La relación entre los seres de distintos mundos, culturas y pensamientos: la unidad entre los seres. El propio Olmi se “nos aparece” hablando de sí mismo, de su búsqueda vital, espiritual, convertido en el Mesías esperado, reconocido o reinventado.

El intérprete del personaje principal, el profesor, ha sido escogido a conciencia: Raz Degan, un israelí, es decir, un judío. Sin comentarios.

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El pueblo

La primera parte del filme se centra en la intriga. Dedicada a conocer un hecho y buscar al delincuente, da paso a la segunda parte en que el profesor (autor de las “crucifixiones” intelectuales) decide huir y fundirse con los habitantes de un pueblo. Los actores que incorporan a estos lugareños son los mismos habitantes del lugar donde transcurre esta segunda parte del relato: en las orillas del Po, dentro de la provincia de Mantua. Las hombres, las mujeres y los niños de la localidad se interpretan a sí mismos. Un lugar apartado de la “civilización” donde las gentes comparten la alegría, las desgracias y… el trabajo.

En ese lugar, el profesor se hará amigo de todos. Tratará de encontrar “una casa” en la que vivir. Aprenderá a pescar, comerá, disfrutará y sentirá con los habitantes del pueblo. Ha pasado de ejercer una cátedra distante en una Universidad a saborear la amistad y ofrecer a “sus amigos y discípulos” sus pequeñas enseñanzas centradas en el amar, el compartir.

La película ahora se hace lenta en su simplicidad. Se recrea en la vida sencilla, en el pasar de los días, en la unión y el cariño de sus gentes. En la bondad que emanan.

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Secuencias explícitas

Poco va a durar esa vida bucólica. El profesor es descubierto y encarcelado. Son los momentos en que la película va a explicitar más claramente su mensaje. Lo hace sobre todo a través de dos secuencias clave: el interrogatorio en la comisaría de policía y el enfrentamiento del detenido (el profesor) con el sacerdote bibliotecario.

En la primera secuencia, el profesor aclara la supremacía de la amistad, de la importancia de una conversación o de un encuentro frente al encerramiento lector (“Ni la lectura de un solo libro vale tanto como una conversación entre amigos”, se dice más o menos).

cienclavos1.jpgEn el careo con monseñor, segunda secuencia, se llegan a expresar algunas frases que ciertas mentes estrechas han calificado de blasfemas. Nuestro protagonista se revuelve contra un Dios de terror o de pesar, de guerras y de sacrificios y le expulsa de su vida. Para él, alguien que sacrifica a su Hijo sin más no es digno de tenerse en cuenta.

El profesor es ahora el Jesús bíblico que se encara con el Padre y le exige cuentas. Él representa el Amor frente al Dios destructor del pasado. No entiende esa forma de actuar, ni de ser. Parte esta planteada desde la discusión y la reflexión. Escueta y clara.

El desenlace

cienclavos2.jpgQueda la conclusión. La salida de la cárcel (¿la resurrección?) del profesor y la espera de su llegada por parte de los amigos del pueblo en que ha habitado. Todos han reparado la casa donde pretendía vivir. Y le esperan ilusionados. Alumbran con candelarias, en una de las más bellas escenas de la película, todo lo largo del camino por donde se supone va llegar el amigo esperado. Velan la espera. ¿Llegará? ¿Cuándo lo hará? ¿Hacía donde se ha dirigido si no llega acá?

Una espera que cierra de manera magnífica este bello y reposado filme. Personal y a contracorriente. Simplemente bello, reposado y distinto. No es para degustar en tiempos de prisas, de cine de fácil consumo. Excelente en su serenidad. Un hermoso testamento fílmico. La lección de un pequeño gran director.

*****

(1) Ermanno Olmi: “Esta será mi última película narrativa. Seguiré haciendo documentales como hacía cuando empecé mi carrera hace más de cincuenta años. Acepten mi decisión como una elección personal. No ha sido una decisión forzada, ni tomada por vanidad. Los sentimientos nada han tenido que ver. Ello es consecuencia de una transformación personal propia de mi avanzada edad, y que me lleva hacia otros objetivos”.

(2) Ha realizado dieciocho largometrajes (y parte de un filme colectivo) desde que dirigiera en 1959 su primer filme, Il tempo si é fermato (1959), en la que aun late un aire documentalista (y que no desaparecerá de la mayor parte de su obra): la amistad entre un hombre de ciudad y el vigilante nocturno de un embalse en el norte del valle de Adamello. También ha dirigido cinco óperas.

(3) Ninguno de esos dos títulos ha sido estrenado comercialmente en España. Del total de sus largometrajes sólo siete, incluyendo entre ellos Cien clavos, han sido estrenados. 

(4) Desde una propuesta claramente religiosa, Olmi plantea la dignificación y redención desde y por el trabajo. La mayor parte de su obra, incluidos los documentales, parece centrase en el dicho bíblico de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

(5) En el festival Punto de Vista 2008, de Pamplona, se dedicó un merecido homenaje a su obra. El festival publicó además un libro en el que se encuentra una amplia entrevista con el realizador.

(6)  “¿De qué y quién estoy hablando? Cada historia debe tener un protagonista que se convierte en un ejemplo ideal para nosotros. ¿De quién debo hablar? ¿De entre los grandes hombres de la historia a QUIÉN he conocido que haya dejado huella en mí? ¿A QUIÉN debo recordar entre tantos como ejemplo de total humanidad? ¿Es demasiado predecible decir que a Cristo? Sí, Cristo el hombre, uno de nosotros a quien debemos encontrar cualquier día de nuestra vida, en cualquier momento, en cualquier lugar. El Cristo de la calle, no el ídolo del altar y del incienso. No se trata del Cristo que encontramos en los libros, cuando los libros y los altares se convierten en cómoda ortodoxia, una hipócrita comodidad o una excusa de abuso de poder. ¿Palabras duras, exageradas? Sin embargo, nos llegan gritos de guerra y dolor de todas partes como si fuera un tributo que hay que pagar a un absurdo Dios de destrucción; un Dios que planta la semilla de destrucción entre los hombres. ¿Dónde está el Dios de la paz?” (Ermanno Olmi).