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CAZA A LA ESPÍA (2)

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Lejos de la sombra de Mata-Hari

Caza a la espía (Fair game) de Doug LimanDespués de la doble entrega de El caso Bourne y de Sr. y Sra. Smith, Doug Liman vuelve con Caza a la espía (Fair Game), un thriller que, quizás con cierto retraso, sigue la estela del cine americano inmediatamente posterior al 11-S, esta vez con una actitud más revisionista que crítica hacia la política de George Bush tras los ataques al World Trade Center.

Apoyada por cierto gusto al desapego humano a la hora de filmar los entresijos del poder, el filme se sumerge sin pudor en la fuente del caso real. El largometraje, gráficamente “basado en hechos reales”, reabre el caso de Valerie Plame, una agente secreta de la CIA involucrada en la investigación histórica que puso en las bocas de la calle el vocablo armas de destrucción masiva. Una víctima colateral injustamente apartada de la contienda por intereses gubernamentales tras declarar principios insurgentes y aparecer con su nombre real en la prensa, previa filtración.

El título y el prestigio de sus actores, especialmente de su protagonista, Naomi Watts, presumen con una biopic de trama oscura, e incluso con el cincelado de un personaje interesante. Valerie Plame se nos antoja como un personaje misterioso, del que irán aflorando las capas de firme heroína del gobierno, funcionaria y madre. Una especie de Clarice Starling veinte años después de Jodie Foster, pero el halo clásico o la garra que la actriz podría haber dado a una moderna Mata-Hari se pierden en un personaje demasiado hermético y probablemente ahogado por una trama diluida entre el documento exhaustivo de los hechos y el drama individual.

Watts y Sean Penn —un idealista agente americano, a la sazón marido a la sombra que no goza del carisma de su cónyuge— sobreviven algo atusados por un elenco humano multitudinario, un despliegue de personajes excesivo y quizás necesario para componer el tablero de damas que, como dicta el caso real, sabemos que es necesario para llevárselos por delante.

La película persigue con demasiado ahínco la denuncia, la evidencia de la impostura y la falta del gobierno americano hacia dos dignos ciudadanos, y olvida el retrato de ésa justicia ideal hacia la que camina su mensaje. No hay prácticamente rostros, no hay grandes reflexiones, no hay mucho sobre lo que pensar para levantar las figuras protagonistas de ésa sociedad grisácea que, según el cine de los últimos años, el 11-S hizo de los americanos. Ni el entorno social de los protagonistas ni los retoños que corretean por las colas de los planos, de los que apenas conocemos el nombre cuando el film está por terminar, ayudan a que creamos en la Mata-Hari de Watts como en la mujer ejemplar. Su extrema discreción de agente secreta anula la chica de principios; su extrema competencia profesional se traga a la madre abnegada y amantísima.

Watts y Sean Penn —un idealista agente americano, a la sazón marido a la sombra que no goza del carisma de su cónyuge— sobreviven algo atusados por un elenco humano multitudinario

Planea por la idea global del film una sensación de falta de entereza que quizás se deba a un montaje mejorable. Si bien la estructura está clara (esplendor, martirio y resistencia de una heroína), el ritmo flojea y divaga, y cuando el personaje se derrumba lavándose los dientes (no puede hacer una sola cosa a la vez) nos cuesta acompañarla en la introspección. Sólo un cierre a tiempo, muy a la manera moralista americana, llega para poner por delante los verdaderos principios humanos de la ambiciosa espía. Cuando ya ha parecido aceptar estoicamente una derrota silenciosa, Plame acaba rebelándose junto al marido en una dudosa campaña de defensa en los medios de comunicación más populistas. Sucumbe, por así decirlo, a la inmadurez idealista de un personaje al que, fuera del matrimonio, aborrece, para salvar el amor y la institución familiar. Tarde, lamentablemente. Tanto para vencer el pulso a la Casa Blanca como para que dejemos al personaje considerando que, de todos los finales posibles, acaba escogiendo el más digno.

La película consigue concluir su thriller con cierto empaque, pero no al personaje que debería articularlo. No recordaremos a Naomi Watts como hemos recordado a Greta Garbo y a Marlene Dietrich en sus respectivas —y casi tan primitivas como actualizables— versiones de la mayor espía que pisó jamás suelo americano. Otra sangre corre por las venas del personaje de Doug Liman. Menos oscura, pero más insulsa. Riesgos de anunciar cierto amor hacia lo real cuando parece preferirse una puesta en escena desvinculada de todo ejercicio de figuración.

Caza a la espía quizá nos resulte anacrónica porque ya tenemos el ojo puesto en dramas que han madurado la década ya transcurrida desde ése lejano 2001

Formalmente la película es deudora de ese caos de informaciones y de estrategias políticas que caracterizó los meses de la política americana previa al estallido de la guerra de Irak. Espacios, entornos y atmósferas concretos pasan desapercibidos en el frenesí de una cámara de thriller-documental, jamás colocada en ángulo fijo, que nos remite a una realidad histórica reciente sin llegar a darnos la impresión de construir o aportar algo nuevo. No hay profundidad de campo para distinguir las capas de lo visible, y una fotografía aplastada y quizás excesivamente luminosa pierde la plasticidad de las sombras que necesitaría una narración sobre la traición, la injusticia y el precio histórico de la verdad.

Caza a la espía quizá nos resulte anacrónica porque ya tenemos el ojo puesto en dramas que han madurado la década ya transcurrida desde ése lejano 2001. Tal vez por eso Liman prefiere recordar la frescura que la indignación por el semejante todavía tenía en los primeros cinco años de la última década. Un ejercicio digno, visto desde este punto, pero que sale airoso del apuro sólo con un aprobado.

La mayor originalidad del film es, sin duda, la de ser la única pieza norteamericana que este año llegó a las orillas de Cannes, con un mensaje no del todo europeísta, pero afín a ésa americanidad que considera que el amor a la patria es compatible con el odio a su presidente. Sean Penn necesita citar a Benjamin Franklin para odiar a George Bush, Naomi Watts necesita crecerse en el recuerdo de su formación espartana en la CIA para solventar la culpa por los equipos que, con su caída, caen también en el terreno de ésa guerra a punto de estallar.

La autocrítica americana se nos antoja muchas veces descafeinada

La autocrítica americana se nos antoja muchas veces descafeinada, y la que pretende la cinta de Liman nos llega cuando otras películas seculares —La cortina de humo; Buenas noches y buena suerte; Leones por corderos, Frost vs Nixon— ya jugaron sus cartas —mejores o peores— sobre la mesa.

Estos héroes nacionales anónimos rescatados por rostros célebres llegan, por así decirlo, cuando ya todos los actores conocidos se pronunciaron a favor de Obama, cuando Susan Sarandon ya levantó el índice y el corazón en la alfombra roja sin mediar palabra, cuando todas esas imágenes ya forman parte de una época en la que había motivos, y muchos, pero no de ésta, en la que quizá lo que nos haga levantar de las butacas con un aplauso sea la reflexión postrera  convertida en buen cine.

Sin necesidad de rótulos finales sobre la suerte que corrieron esas gentes que inspiraron ésta película, ni el sosiego necesario para visualizarlos retirados, pero finalmente reintegrados en la sociedad. Sin la duda de si realmente, pasado el thriller, algo ha sido quitado de su lugar para ser restituido a un lugar seguro de la memoria.

Escribe Marga Carnicé 

 Título  Caza a la espía
 Título original  Fair Game
 Director  Doug Liman
 País y año  Estados Unidos, 2010
 Duración  104 minutos
 Guión  Jez Butterworth, John-Henry Butterworth
 Fotografía  Doug Liman
 Distribución  DeA Planeta Home Entertainment
 Intérpretes  Naomi Watts, Sean Penn, Ty Burrell, Bruce McGill, Michael Kelly, Brooke Smith, David Denman, Noah Emmerich, Louis Ozawa Changchien, David Andrews
 Fecha estreno  05/11/2010
 Página web  www.encadenados.org
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