Dentro del ataúd
Se puede opinar lo que se quiera con respecto a los filmes que ha realizado hasta el momento Rodrigo Cortés (dos largos y varios cortos), pero lo que nadie puede negar es la querencia del director por llegar a obtener un cine distinto, sugerente, complejo incluso en sus constantes juegos narrativos.
Nacido en Pazos Hernos (Orense), pero salmantino de adopción, su amor por el cine, como el de otros grandes cineastas (caso de Bertolucci o Spielberg), viene marcado desde su primera juventud. A los dieciséis años ya filma películas con su cámara super-8. Para Abre los ojos de Amenábar realiza un video clip promocional. En 1997 rueda (y se posesiona del montaje como en sus trabajos posteriores, incluso en sus largometrajes) el corto Yull. Tres años más tarde dirige otro corto, el excelente y premiadísimo 15 días. Después otros minicortos de uno o dos minutos, para realizar en 2007 su primer largometraje, Concursante. Ahora, en 2010, nos sorprende con el insólito Buried (Enterrado) una apuesta rigurosa y excesivamente arriesgada.
En toda su obra (al menos en la más importante) nos encontramos con claros planteamientos tanto técnicos-estéticos como éticos-temáticos.
De la forma….
Está claro que Cortés vive el cine (es un adicto). Toda su obra nace de aquellos directores y películas que ha amado. No intenta, únicamente, imitar u homenajear nombres y títulos, sino que intenta juguetear con distintas formas y modelos que conoce para plantear un diálogo personal y creativo.
El premiado corto 15 días se muestra como un curso acelerado de montaje en el que utiliza el propio sentido de realidad-falsedad que posee la imagen fílmica para poner en entredicho la propia presencia del documental. Es lo mismo que han explicado, entre otros, Patino, Guerín o Jackson (en el caso del director de El señor de los anillos, sería en una divertida mentira sobre un inexistente pionero del cine neozelandés, descubridor de todo lo habido y por haber en el mundo en el que se movía).
Una narración, la del corto de Cortés, sobre alguien que nunca existió, mostrada como si se tratase de una especie de Esta es su vida. Un documento para documentar una vida. Quizá, en este caso, sean ciertas películas de Patino (La seducción del casos, por ejemplo) las que de forma más clara se adoptan como modelo a ese afamado corto.

Su primer largo (Concursante) abruma por los muchos elementos utilizados para construir el relato. Su intento de sorprender le lleva a realizar algo distinto, novedoso en su desarrollo formal. No tiene problema en saltar los tiempos, cambiar de ritmo, admitir cualquier delirio… Tal ansia de novedad, de intentar ser un filme distinto es lo que lo hace más discutible. Se trata de una película tan curiosa e interesante como compleja y distanciadora.
En un instante determinado de Concursante, el director no puede por menos de dejarse llevar por la cinefilia y, por ello, calca, sin rubor alguno, un plano de Jo, qué noche de Scorsese: aquél, mostrado en cámara ascendente, en que el protagonista clama al cielo arrodillado en tierra ante la sucesión de los múltiples males que caen sobre él. Y a los cuales se ha hecho acreedor. La (pretendida) ignorancia no le exime de la culpa
En su último largometraje hasta el momento, Buried, Cortes sigue haciéndose cargo del montaje. Para algunos espectadores puede que esta labor les resulte más sencilla que la llevada a cabo por el director, tanto en el corto señalado como en su anterior largo. Un simple espejismo, la realidad es muy otra,
En Buried el montaje, desde su aparente facilidad, posibilita el gran milagro que es este filme cerrado y encerrado por su propia narración. Una película que naturalmente bebe del cine de Hitchcock (desde algunos de los cortos que realizó para televisión hasta Náufragos, pasando por algunas situaciones límites, o por la progresión de Con la muerte en los talones en una propuesta cercana al más difícil todavía), pero que también se mira en cortos o largos tan cercanos como La cabina (1972) de Mercero, Última llamada (2002) de Schumacher o El maquinista (2004) de Brad Anderson. Y no solamente. También se podrían citar ciertos toques nacidos del Kill Bill de Tarantino o de La obsesión (1962) de Corman, inspirada en un relato de Edgar Allan Poe, algo con lo que el filme de Cortés también enlaza.

…Al fondo
Si desde le punto de vista formal los filmes que ha realizado Cortés suponen búsquedas personas desde modelos ya construidos, desde el punto de vista temático sus películas, con ironía y bastante mala uva (15 días y Concursante), o desde la tragedia pero no exenta de ironía y de más mala uva (Buried), se adentran en el mundo del consumismo y del poder del dinero capaz de arrastrar a sus personajes hacia la desaparición o destrucción. Es como si el mundo estuviera dispuesto a comerse a aquéllos que desean enriquecerse a costa de lo que sea. Una cosa es lo que sus personajes se proponen para tener una vida más o menos cómoda, otra la carcajada (o el castigo) con el que son obsequiados por el destino.
Las tres películas de las que hablamos tienen una entidad temática desde un argumento que nos habla de familias (o uniones) imposibles, de sueños tan imposibles como rotos, de muertes (o huidas) sin sentido. Es como si un destino trágico (ese que curiosamente también señalan los 15 días de posesiones) terminara por ajustar, pedir, exigir, cuentas a los protagonistas.
La idea central en sus tres títulos es altamente sugerente. En primer lugar la falsa biografía (15 días) de alguien que vive de las ofertas para disfrutar de las cosas (y utilizarlas) durante un número determinado de días. Y que puede devolver, como se anuncia, en caso de no quedar satisfecho. Después (Concursante) el triste destino de un ganador de concursos televisivos cuyos premios consisten en recibir objetos y no dinero. Finalmente (Buried) la historia de un conductor de camiones que desea hacerse con una considerable cantidad de dinero por realizar un simple trabajo consistente en transportar y almacenar lo que se le ordene en… Irak.
Es, en todos los casos, como si su condena procediese de complacerse o vivir dentro de un determinado sistema. Un enunciado que daría a sus filmes, una dimensión eminentemente socio-política.

¿A quién reclamar?
Buried, de cualquier forma y modo, es sobre todo un filme hitchcockiano. Lo es no sólo en cuanto tema, sino también en cuanto forma de construir una historia que, encerrada en una aparente duración temporal, se desarrolla en cuatro partes, claramente delimitadas por unos determinados incisos narrativos. Lo es también en cuanto el filme apela, como ocurre en la obra de Hitch, a la soledad del individuo, al egoísmo o al propio castigo que recibe por haber sido ajeno, sin serlo, a la realidad en la que se ha introducido con el fin de obtener su personal provecho.
El filme narra la historia de un individuo encerrado en un ataúd. Así de simple y claro. Sin prácticamente nada más
El espectador no sabe, en su poderoso comienzo, la razón por la cual el personaje está encerrado. Un inicio que parece apropiado para ahuyentar a los espectadores. Los indicios son elocuentes: una pantalla que permanece en negro durante un cierto tiempo. Después, lentamente, empieza a tomar vida primero por medio de una agitada respiración, luego seguirán pequeños destellos de luz para mostrar finalmente, en esta obertura, un primerísimo plano de un ojo iluminado por la luz de un mechero….
Así arranca de forma potente un filme estupendamente llevado, gracias a la labor de Cortés y también gracias a un estupendo guión en el que además de la sombra (ya mencionada) de Poe se adivina la de Richard Matheson, del que sobre todo convendría recordar el relato que dio pie a El diablo sobre ruedas, 1971, de Spielberg. Y, por supuesto, también hacer mención a la película.
¿Cómo interesar al espectador con un solo personaje que además prácticamente no puede moverse? Se consigue y a gran escala. El filme arrastra, agota, angustia. Los elementos son escasos: un mechero, una linterna, un lápiz, un teléfono móvil…. Todo, o casi, con periodo claro de caducidad. No vemos nada que ocurra más allá de ese encierro. Todo ocurre dentro, pero el mundo de fuera, gracias a ese móvil, va a poseer una gran importancia en la progresión del relato. Nadie quedará libre de culpa. Tampoco nuestro protagonista que pensaba enriquecerse fácilmente, que quizás (o no) flirteaba con jovencitas, que quería (o engañaba) a su mujer, que leía (o no) suculentos contratos que se le ofrecían y que ahora, encerrado, enfrentado a sí mismo y a su probable destrucción, se da cuenta de que su vida, su existencia, no vale nada, es una pura farsa.
El único personaje visible físicamente se encuentra sólo frente al peligro. Ha entendido demasiado tarde cual es el precio que debe pagar por vivir (o creer que vivía) felizmente. Es tarde para cambiar, tarde para darse cuenta que no tiene a nadie, que a nadie importa, porque todos a su alrededor juegan un juego personal, en busca de (quebradizas) comodidades.

Sonidos, angustia, personas o sucesos entran en el mundo del enterrado. Todo está allí (hasta una serpiente que se ha colado por una rendija del ataúd) junto a él, pero demasiado alejado para que pueda ser dueño de su vida o de sus actos. Realmente nunca lo ha sido. Le ha costado una vida aprender tan dura lección: no es nadie, nada pinta en un país que creía le amparaba, le cuidaba, le respetaba. Pero sólo era un ser manipulado por el sistema. La conversación (grabada, para que todo quede claro) con el jefe personal de su empresa es el punto culminante de una historia que, desde cualquier punto de vista, se repite, se imbuye, se encierra (como se encuentra el antihéroe del relato) sobre sí misma. No hay piedad alguna para él: un simple nombre añadido a otros que cayeron sin saber por qué caían.
No se trata de un filme perfecto, por supuesto, pero sí de una buena película. Existen pequeños (o grandes, pero disimulados) trucos de guión. Sobra, por ejemplo, el falso final, que impide que los quince minutos finales sean casi perfectos: la arena entrando por alguna abertura del ataúd, la llamada a oración en la mezquita, las diferentes conversaciones con el móvil, el bombardeo… el lógico y elocuente cierre final.
Pero, sin duda, este filme español es distinto a otros, arriesgado y no torpe, enraizado en clasicismos arcaicos como puede ser (por citar títulos recientes) El gran Vázquez o trufados como Todo lo que tú quieras al creer que una simple idea es ya una película. Y que se distancia de ese falso cine socio-político español actual representado por directores como León de Aranoa.
Quería, para finalizar, señalar un hecho que muestra el cuidado que el realizador pone en lo que hace. Me refiero a los títulos del crédito de sus dos largos, que sin duda tratan de seguir la línea marcada por los de Saul Bass: el dinero o las fichas de ajedrez en Concursante, aquí los interminables rectángulos que van creando el carácter de cerrazón de lo que va a venir a continuación.
Filme que va más allá del simple suspense, que desde su encajonamiento, sin salida alguna al exterior, es capaz de lanzar andanadas que lleven al espectador a reflexionar sobre la realidad que suponen unas guerras aparentemente lejanas y que no nos competen. Guerras emprendidas por unos dirigentes que desean vender como luchas por la democracia lo que no son sino puras razones económicas para enriquecer a las grandes empresas.
Escribe
| Título | Buried (Enterrado) |
| Título original | Buried (Enterrado) |
| Director | Rodrigo Cortés |
| País y año | España, 2010 |
| Duración | 95 minutos |
| Guión | Chris Sparling |
| Fotografía | Eduard Grau |
| Distribución | Warner Bros. Pictures |
| Intérpretes | Ryan Reynolds, Ivana Miño, José Luis García Pérez, Joe Guarneri |
| Fecha estreno | 01/10/2010 |
| Página web | www.experienceburied.com |
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