jueves 24 de mayo de 2012

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Bestezuelas (1)

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Molestas metáforas

bestezuelas-0En cine es difícil introducir elementos metafóricos y simbólicos sin que chirríen. Hay que hacerlo bien. Y desde luego evitar bombardearnos con ellos a lo largo de toda la proyección. Subrayar y subrayar sin parar.

Muchos directores deberían aprender de ese gran momento simbólico que Wilder tomó en El apartamento y que además le servía como un elemento de gran interés para la narración y desarrollo de los acontecimientos. El espejo (roto) que encuentra Baxter (Jack Lemmon) en el apartamento que deja a sus jefes (con el fin de subir a los puestos más alto de la empresa) para que vivan sus clandestinos amores. Aquel espejo roto significaba más que un espejo. Se convertía en protagonista en dos momentos precisos y no se volvía a saber nada de él.

Pues bien, Bestezuelas nos bombardea por activa y por pasiva con lo que al director, también guionista, considera una gran idea: la comparación del mundo de los perros (de carreras) con el de los humanos. Unos y otros corren detrás de falsos objetos. Aquéllos y éstos llegan al objeto detrás del que corren para descubrir que persiguen ilusiones. Unos perros ganan, otros pierden, como ocurre a los personajes de la película.

Carlos Pastor —director, entre otras cosas, de la más bien vulgar Una piraña en el bidé— da aquí una lección de lo que no debe ser un thriller pasional, como suelen ser todos los filmes de este género. Como en los títulos más preciados, existe una especie de jefe mafioso y respetado por los de más abajo y al que acompaña una tan fiel como fría mujer, un dinero que intenta birlarse y unos seres perdedores y perdidos por un destino cruel. Al lado, cómo no, una mujer objeto del deseo de todos los que la rodean y que, en el fondo, como los otros, quiere “vivir su vida” (frase que se repite no sé cuántas veces en el filme), y que, en sus ratos libres, o menos libre, se dedica a poner cachondo al personal y a acostarse con éstos o aquéllos… con carácter profesional, en general.

Toda esta historia de pasiones contenida o mal contenidas, de personajes que quieren hacer o rehacer su vida, de engaños con poco sentido, de amores fatales, se rueda de manera caótica, sin ninguna lógica narrativa, mezclando perros (y perras) con personas. Aquéllos actuando en un no menos extraño canódromo situado, se supone, en el extrarradio de la ciudad y donde al parecer la gente acude para que sólo tenga lugar una carrera al día. Carrera en la que sólo —o casi— parecen apostar los que viven en el cutre bar situado en el propio canódromo.

Si los perros viven allí, los personajes del filme también, regidos por un extraño (y vulgar) mafioso muy enfermo (aunque nunca se muere: los malos nunca terminan por hacerlo) que, aunque lo definan como malo, tiene buen corazón: nada menos que quiere dar 300.000 euros a un convento de monjas, creemos que francesas, ya que allí a él y a su compañera los protegieron durante la guerra. Así, guerra en impersonal.

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Un ambiente tendente a gitano, con ribetes como es lógico flamenquiles (rasgueos de guitarra y canciones desgarradas incluidas) propios de una película de ambiente gitano o andaluz. Esa es la otra sorpresa de un filme rodado íntegramente en Valencia: su ilógica cuando no absurda localización.

Ni Perla (¿acaso un guiño a la protagonista de Duelo al sol?) es una mujer como para levantar pasiones, ni sus oponentes están a su altura. El duelo-baile clama a lo ridículo, pero la relación (de pobres hombres y mujeres) entre el novio de la chica (Fabio) y su rendido enamorado (Lillo) carece de garra, de fuerza.

La inutilidad, ingenuidad o inocencia del filme se marca desde el primer momento, con la llegada de Perla al bar-canódromo, no sólo por las continuas conversaciones de doble lectura en la que se la relaciona con una perra o a ellos con unos perros, sino por los obsesivos primeros planos de Lillo para mostrar su deseo por Perla. Pero claro, Lillo, como se dice al principio y al final, nunca apuesta (en las carreras de perros) porque siempre pierde. Es un claro perdedor que ha intentado salir de su ambiente llegando a matar (dada en elipsis porque tal momento es falsísimo) a un personaje (homosexual abominable por su topicidad), que se dedica al extraño oficio de intentar pasar dinero por la frontera sin que se sepa qué dinero.

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Poco sabemos de los personajes (¿por qué razón Fabio estaba en la cárcel?), de sus motivaciones. Sus reacciones son incompresibles. Como la película entera. Fabio tan pronto está ¿en otro país? como en el canódromo, como es un matón o un pobre hombre que llora porque le ha dejado su amante… La droga y las pistolas (aunque nadie dispare) aparecen por arte de magia. Abundan los personajes marcianos y las situaciones inverosímiles: el hermano de Lillo y su amante, que exhibe sus pechos como go-gó en una discoteca ante el enfado, lógico, de su padre que la da soberanas e incomprensibles palizas...

El tiempo, los lugares, son tan indeterminados, tan fuera de situación como una película que quiso contar la historia, más o menos pasional, de unos pobres desheredados o de matones de tres al cuarto y que termina convertida en una desesperante nadería.

Por faltarle le falta hasta ese clímax al que la película parece aspirar, pero que termina siempre por desinflarse. Es un querer llegar a un sitio sin poder encontrar la forma de hacerlo.

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Al final todo queda como al principio. Y el dueño del canódromo, pequeño mafioso, sigue sin morirse. Los perros siguen corriendo tras falsos testigos. Y todos, menos el jefe, siguen perdiendo. Tanto para tan poco.

Eso sí, el director utiliza el simbolismo por activa y por pasiva. Hasta, sin que venga a cuenta, se saca una escena de lluvia cayendo sobre los personajes. Lo cual además parece quedar muy bien desde el punto de vista estético y de la trama que quiere transmitir. Parece, pero no queda. Y encima los diálogos chirrían. Un fiasco total.

El día que vi la película al menos, eso sí, los proyeccionistas, al comienzo, antes de que terminasen los créditos, se dieron cuenta que estaban proyectando el filme con formato cambiado. Y lo arreglaron. Al menos pudimos ver estas Bestezuelas correctamente. En eso, y sólo en eso, la cosa comenzó mal y se arregló. La película empezó ladeada y terminó esquinada.

Corren malos tiempos para el cine español.

Escribe Mister Arkadin 

 Título  Bestezuelas
 Título original  Bestezuelas
 Director  Carlos Pastor
 País y año  España - Portugal, 2010
 Duración  90 minutos
 Guión  Carlos Pastor
 Fotografía  Carles Gusi
 Música  Enrique Murillo
 Montaje  Cristina Pastor y Alberto Ortizá
 Intérpretes

Gustavo Salmerón, Marian Álvarez , Roger Casamajor, María Almudéver, Miguel Ángel Romo, Joan Molina, Pilar Redondo, Younes Bachir

 Fecha estreno  20/05/2011
 Página web  http://www.bestezuelas.com/
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