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De cuando la globalización ganó su primera batalla
Escribe Eva Cortés
Stuart Townsend se ha lanzado a la piscina con un interesante proyecto sobre un acontecimiento histórico, la batalla en Seattle. Cada vez que el cine y la historia se juntan me surgen las mismas dudas: ¿Es posible hacer buen cine ciñéndonos íntegramente a la historia?, ¿conlleva el posicionamiento a una falta de verosimilitud?, ¿es posible personalizar un acontecimiento sin caer en el sentimentalismo, la lágrima fácil y el artificio? y ¿puede una película relatar el acontecimiento con la extensión y precisión de un libro?
El novel director de Batalla en Seattle pretende con esta obra contar al mundo lo ocurrido entre los días 30 de noviembre y 2 de diciembre del año 1999, cuando la Organización Mundial del Comercio (OMC), celebraba su “Ronda del Milenio” en dicha ciudad. Lo que pretendió ser una protesta pacífica ante las propuestas de la OMC se convirtió en toda una batalla en las calles. Se pasó de la no intervención policial acordada al abuso de las fuerzas de seguridad con gases lacrimógenos y porrazos sin control.
Se sobrepasaron todas las expectativas. Según datos oficiales se congregaron entre 50.000 y 100.000 personas procedentes de diversos grupos: sindicatos, organizaciones ecologistas, profesionales y anarquistas entre otros.
Algunos datos de interés
La OMC se creó en 1995 para administrar los acuerdos comerciales negociados entre sus miembros. Otras de sus funciones son propiciar un lugar de encuentro para las negociaciones multilaterales y cooperar con el Banco Mundial y el Fondo Mundial unitario. Está formada 154 países de todo el mundo y su código de conducta se basa en cuatro principios: la no discriminación, la reciprocidad, el principio de acuerdos vinculantes y la transparencia.
En el momento de la manifestación, Seattle pasaba por una delicada situación laboral. Los trabajadores norteamericanos habían comenzado a sentir claramente las consecuencias negativas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) y las medidas desreguladoras: pérdida de empleos y precariedad de las condiciones de trabajo. La máxima conducción del movimiento sindical norteamericano, la Federación Americana del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO), decidió convocar una manifestación social de protesta, que contó con la aprobación del presidente Clinton. Tras los tres días e enfrentamientos en las calles, los protestantes consiguieron su objetivo y la “Ronda del Milenio” resultó un fracaso absoluto.
A partir de ahí, la labor de la OMC ha continuado, pero lo ocurrido en Seattle produjo un cambio en la forma de entender la globalización. Desde entonces, incluso los sectores más conservadores comenzaron a utilizar en su lenguaje términos y propuestas vinculadas a los derechos del trabajo, del medio ambiente, de los derechos humanos, de la pobreza y la distribución de la riqueza. Además, abrió un proceso mundial de alianzas entre organizaciones heterogéneas para un fin común.
Tras la historia, la ficción
Aclarados ya los términos y centrándonos en el filme, aconsejo valorarlo por partes. Nadie duda de las buenas intenciones ni de la necesidad de rodar un filme como este. A veces hay que echar la vista atrás y recordar lo sucedido para seguir mejorando. El problema es que quizá Stuart Townsend peca de superficial. Después de la película, y a pesar de la sobrecarga de datos del inicio, aunque el espectador pueda hacerse a la idea de lo que ocurrió en Seattle sigue sin saber cuáles son las funciones principales de la OMC y más concretamente cuáles son sus errores, a no ser que ya lo sepa antes de verla.
Es cierto que la función del cine no es educativa sino más bien reflexiva, pero cuando nos embarcamos en la filmación de hechos históricos es arriesgado dar por hecho datos que la gran masa no tiene por qué saber.
El partidismo se nota con facilidad a pesar de su afán por dar todos los puntos de vista y eso resta credibilidad dando más una versión subjetiva de los hechos.
Y luego está el tema de la personalización. Tratar la historia en grueso, se deja para los libros, en el cine, para amenizar y no terminar rodando películas sólo para historiadores siempre se trata de personalizar el conflicto. El problema de Townsend es que sus personajes no tienen la suficiente fuerza y sus historias se ven un tanto artificiosas.
Jake (Martin Henderson) es uno de los movilizadores pacifistas de la protesta. El personaje no refuerza mucho la idea de lucha contra una injusticia internacional, sino que más bien parece que se une a la causa exclusivamente para vengar a su hermano muerto en una manifestación. Tampoco se sostiene la idea de que una de las peor paradas sea la mujer (Charlize Theron) de uno de los policías (Woody Harrelson), demasiada casualidad.
Supongo que lo que pretendía era no quedarse sólo en los hechos históricos sino además escribir un guión que enlazara las historias. Creo que en este caso, esa unión queda forzada; el simple hecho de reflejar las diferentes caras del conflicto ya habría bastado como punto de unión de los personajes, unir también sus vidas distrae al espectador del objetivo principal.
Tras estos fallos en el guión quiero resaltar ahora la parte buena de la obra de Townsend, como son, además de su intención, las interpretaciones y el montaje.
Sin ser actuaciones estelares, reflejan muy bien las distintas actitudes particulares y sensaciones que se sucedieron: el nerviosismo y la desorientación del alcalde; los enfrentamientos entre los diferentes tipos de manifestantes –violentos y pacifistas–; el papel de los medios de comunicación, a la carrera para contar al mundo lo que estaba aconteciendo; la preocupación de los delegados de la OMC al ver venirse abajo las reuniones; la reflexión de algunos miembros acerca de cómo se estaba llevando la OMC; y la sumisión de la policía, quien se veía venir lo que podía pasar pero no contaban con la suficiente autoridad como para hacer lo que ellos creían mejor.
El montaje une secuencias reales y ficticias con gran habilidad. Las escenificaciones están verdaderamente muy bien conseguidas. Por momentos nos recuerda la verosimilitud propia de un documental que nos hace olvidar el resto de artificiosidades; teniendo la impresión final de haber visto una película bastante fiel a la realidad.
Merece la pena ver la película y es de aplaudir el hecho de que sean precisamente los directores noveles lo que mejor sepan buscar temas originales para sus películas... aunque luego el resultado no sea de obra maestra.
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BATALLA EN SEATTLE (3)








