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El asesino, el discípulo, la sordomuda y el elefante
Escribe Mister Arkadin
Parece estar de moda que dos hermanos dirijan una película al alimón. Lo hacen los Coen, Wachowski, Farrelly, Hughes, Pang... Cuando realizan sus películas los hermanos se suelen dedicar a diferentes labores. Así uno, por ejemplo, se encarga de dirigir a los intérpretes, mientras que el otro se encarga de los encuadres, de la cámara...
Danny y Oxide Pang (gemelos como los hermanos Hughes), nacidos en Hong Kong en 1965, son conocidos sobre todo por El ojo / The Eye (Gin Gwai, 2002) y las posteriores secuelas. Pero uno de los primeros filmes que realizaron conjuntamente fue la primera versión de Bangkok Dangerous (1999). No se estrenó en España a pesar de haber obtenido el premio a la mejor dirección en el festival de Toronto y el correspondiente al mejor actor y a la mejor actriz en el festival de Tailandia... aunque sí se distribuyó directamente en DVD.
Los dos hermanos también son responsables del guión de la mayor parte de las películas que han dirigido. Ambos han sido montadores de algunas películas. Danny Pang lo fue de Juego sucio o Asuntos infernales (Moungan dou, 2002) la película que tomo como referencia Scorsese para realizar su oscarizada Infiltrados.
Otro remake
...Y van. Parece que es más fácil volver sobre antiguas películas que obtuvieron éxito en taquilla (grande o pequeño) que tratar de escribir guiones originales. Los productores norteamericanos parecen actualmente haber encontrado un buen filón en las películas orientales (sobre todo de terror) que “fusilan” sin contemplaciones. Bueno, a veces si las tienen, y para “evitar culpabilidades” contratan a los mismos directores del original. O compran los derechos de la película que desean “copiar” impidiendo sea estrenada en Estados Unidos.
En este filme que comentamos se optó por contratar a los mismos directores de la primera versión para que rodaran el remake producido en Hollywood. En ambos caos los “autores” fueron los hermanos Pang.
La nueva película (con prácticamente la misma duración que la original) ha seguido la historia narrada en la primera versión(¿plano a plano como hiciera Haneke con Funny games?). Lo que ha cambiado es la nacionalidad del protagonista. El actor oriental del filme de 1999 ha sido sustituido por el norteamericano, Nicolas Cage, el sobrino de Francis Ford Coppola.
Por lo demás, la película conserva el título original y, por tanto, su referencia clara a la capital de Tailandia. La foto de tonos azulados, la realización, el entrecortado montaje, el desarrollo en definitiva, es afín en todo momentos a las producciones “policíacas” que nos llegan de Hong Kong o de Corea. Un filme norteamericano pero de hechuras claramente asiáticas. Una forma de realizar que difícilmente puede hacer olvidar el cine del que se “bebe”.
Un asesino con corazón
La historia del asesino a sueldo que es el protagonista, en su conjunto, resulta decepcionante. Hemos visto numerosas películas sobre estos hombres que matan por encargo. Unas optan por la acción, otras por la introspección, la toma de conciencia del personaje o como mínimo las preguntas “internas” del asesino (sin respuestas) sobre su misión o su oficio.
Bastaría, como referencia, recordar Código del hampa, ese buen filme que en la década de los años sesenta realizó Donald Siegel tomando como base un relato corto de Hemingway –también había servido de base con anterioridad para Forajidos (The killers, 1946) de Robert Siodmack–. Pero no es el único caso que existe en la historia del cine. Hay varios títulos importantes que tratan sobre el tema.
El filme de los hermanos Pang parece, en su inicio, que se va a centrar en las dudas y reflexiones del personaje interpretado por Nicolas Cage, pero es un mero espejismo, lo único que termina por dominar a lo largo de su desarrollo es la acción por la acción: las repetidas persecuciones, los asesinatos, las brutales palizas...
Película violenta a ritmo videoclipero, en su mayor parte, donde todo es válido: desde la utilización de un montaje rápido, hasta el alargamiento (por medio de un sin fin de planos) de un determinado momento, todo ello entrelazado de un intento ritmo frenético dominado por una inmisericordiosa utilización del teleobjetivo.
Aparentemente el filme está contado en primera persona. Algo que no se corresponde con el desarrollo de varias secuencias. Y, si hubiera dudas, el final termina por invalidar dicho planteamiento.
En la primera secuencia, desarrollada en la ciudad de Praga para mostrar que no todo es asiático, el protagonista explicita su forma de actuar. Ejecuta una misión al tiempo que en off nos explica las cuatro normas básicas que presiden su vida. Y que son las que le han mantenido vivo... hasta ahora. La trasgresión de sus normas a lo largo del filme le conducirá a un trágico final.
¿Malo? Depende para quien
El protagonista, Joe (Nicolas Cage), no se hace preguntas sobre los hombres que debe asesinar... Al menos no lo hacía. Pero varios imprevistos le llevarán a preguntarse sobre aquellos hombres que debe eliminar. Imprevistos que son desde luego bastante inconcebibles desde una estructura lógica del personaje. Imposiciones a la fuerza de un guión que sigue normas televisivas, tanto en sus prioridades como en su rapidez de ejecución.
Y es que Joe, a fuerza de “mirar” todo lo que le rodea a él, a los que le rodean, y muy especialmente al entorno de su asesino, termina por tener sentimientos. Un lastre si se desea seguir fiel a sus principios. O si se desea sobrevivir.
Joe se quedará pensativo frente a los niños que “le” miran (¿será por ser extranjero?). ¿Qué representan esas criaturas en un mundo dominado por la oscuridad del mal? ¿Será tal la fuerza del delito que posibilite que la mayor parte del filme venga dominado por la noche y una fotografía de tonos apagados?
Niños que miran sorprendidos lo que ocurre a su alrededor. En realidad más que mirar aparecen estáticos observando. Pero ¿qué? ¿Acaso representan la propia conciencia del protagonista? Una niña será la culpable de las heridas que sufra Joe al comienzo, pero gracias a ello podrá enamorarse... de la ayudante de una farmacia que es sordomuda. Nada más efectivo para un asesino a sueldo: amar y ser amado por una muda, una mujer que no puede hablar ni oír.
Joe se enamora de la mujer como un “colegial”. La atracción, a primera vista, se produce en la farmacia a la que acude buscando un remedio para sus heridas. La chica asiática le atiende. Al principio, Joe no sabe que es sordomuda. Le habla en inglés, claro, porque todo el mundo debe saber allí –o en cualquier sitio– este idioma. Joe habla en inglés a cualquier tailandés porque piensa que todos deben conocer la lengua del Imperio, y si no la conocen peor para ellos. Así ocurre en esta película donde todos y todas hablan el mismo idioma. Excepto la chica de marras que, claro, no habla. Pone cara de sorpresa en el fortuito encuentro. Pero enseguida va a comprenderle.
No sabemos si Joe se compadece de la mujer y decide amarla por su silencio: la mejor compañía para un silencioso asesino. Un dato que la película pasa por alto. Lo que importa es que exista una historia de amor. Por eso se incluye... bueno, en realidad hay dos, si contamos la que mantiene el discípulo de Joe con la chica del club.
Hay que agradecer, de todas maneras, la presencia de la sordomuda, ya que su aparición da lugar a dos momentos (escasos en el filme) de cierto valor.
El primero sería aquel en el que Joe se ve obligado a matar a unos matones (claro, para que no le maten a él) a espaldas de la mujer, lo que la conduce a saber, mas o menos, cuál es la profesión de su querido amor: su traje blanco (en la parte alta de la espalda) queda salpicado de sangre, hecho que se “clarifica” al pasar sus dedos por atrás. Al darse inmediatamente la vuelta ve a los dos hombre muertos junto a Joe, que empuña la pistola. El otro momento sería cuando Joe acude a “despedirse” definitivamente de la mujer.
Joe busca a alguien (al tiempo que debe huir de los demás para vivir su soledad) para poder sentir algo de “calor” humano, la necesidad de saberse querido. Pero el personaje no sólo se queda ahí. Y, por arte de las exigencias del guión, decide que ya es hora de “buscar” un sucesor. ¿Un heredero para cuando él falte? ¿El hijo que nunca ha tenido? No se sabe muy bien la razón, pero de pronto decide convertir en su discípulo a un macarra que vive en –y de– la noche. Que quede bien claro –y como tal se lo dice una y otra vez: no será su jefe, sino su maestro.
Como en cualquier apreciado western, hay un joven que recorre un camino iniciático: un personaje que parece al principio un sinvergüenza pero que a lo largo del relato va mostrando que es bueno. Se convertirá, incluso sin quererlo, en una especie de conciencia del maestro.
Joe enseñará todo lo que sabe al joven asiático. A mirar lo que no se ve, a huir, a defenderse, a utilizar los puños y las armas. Cualquier tipo de ellas. Por su parte, el discípulo transmite a Joe una serie de sabías perlas cultivadas o sin cultivar. Sobre todo dos.
La primera se corresponde con su primera entrada en la casa de Joe. Entonces le previene sobre la posición –y significado– de un cuadro que tiene en el pasillo. Representa un elefante con la trompa hacia abajo y eso, le dice, es señal de mala suerte. Una premonición sobre el camino que tomará posteriormente la vida de Joe. Elefante (real e imaginario) que simboliza la posterior destrucción de Joe. Frente a los augurios, las reales premoniciones, no hay remedios que se precien. Joe cree que puede dar la vuelta a los oráculos, por eso cuando se convence de su cambio de suerte, da la vuelta al cuadro o lo quema. Pero esa no es la solución. Quizá lo preciso cuando las cosas van mal, de acuerdo a su máxima que parece haber olvidado, es alejarse del lugar en el que se encuentra... borrando antes todo rastro.
La segunda cuestión propuesta por el discípulo conduce al maestro a un sin fin de dudas. Le llama hombre bueno llegado a la ciudad para eliminar a los hombres malos. Vamos, lo mismito que Batman. La pregunta continua del discípulo frente a otra proposición de asesinato es simple: “Ese que va a eliminar es malo, ¿verdad?”. Y la contestación posterior de Joe es clara: “¿Malo? Depende para quien”.
Propuesta, por supuesto, tramposa, que lleva a Joe a su destrucción, porque de pronto debe eliminar a alguien que según su discípulo es la mejor persona del mundo. Un político (voto a brios) que quiere lo mejor para sus conciudadanos. Y Joe, bajo el punto de mira de su fusil a punto de disparar, comprueba que sí, que debe ser un hombre bueno porque el público que le aclama lo siente con amor y admiración. Por primera vez, quizá, Joe debe matar a un hombre bueno, por eso se lo piensa antes de apretar el gatillo. El tiempo contará entonces en su contra.
Una ciudad
Hay películas que refieren ciudades, casi como si fueran documentales sobre ellas. Hay varios títulos que hablan de Florencia, Paris, Hong Kong, Madrid, Buenos Aires, Berlín, Toledo, Parma, Venecia, Salamanca, Marsella, Brujas... Pues bien, ésta habla también de una ciudad, le renombrada Bangkok incluida en el título del filme.
En ciertos momentos del desarrollo de la película parece que asistimos a la proyección de un documental sobre una agobiante ciudad. Por la pantalla pasan sus calles oscuras, el tráfico endiablado, los canales, los edificios, los comercios, la heterogeneidad de sus habitantes, los elefantes, la pobreza, los night clubs, sus “paseantes” de diferente edad, sexo y lugar... Una ciudad atiborrada de gente siempre en movimiento. En ese aspecto, la película es un muestrario de un lugar donde todo es posible, pero sobre todo donde la diferencia entre la pobreza y la riqueza es grande. He ahí, en ese testimonio ciudadano, donde se encuentran las mejores virtudes de un filme que, por lo demás, no se eleva de la mediocridad.
Probablemente la visión de la ciudad, de todas formas, es demasiado simple y tópica. Tanto como lo son los personajes y las acciones que se representan.
Sería, pues, la visión de una ciudad, desde el tópico, acorde con el apresurado viajero o el fabulador que llega de fuera. O, a lo mejor, es el dibujo de quién pensó, soñó o al que alguien le contó ese lugar.
Efectista y simple
La historia del maestro Yoda o el maestro Po o la de los pequeños saltamontes no se sostiene, ni tiene demasiado interés. Pero tampoco nos atrapa la historia, y sus implicaciones, del asesino a sueldo.
Joe va de un lado a otro. Cambia y juega con los otros. Se nos presentan sus huidas, sus sentimientos, su soledad. Peo es imposible entender –o buscar una lógica– a lo que se nos muestra en la pantalla. ¿Cómo, por ejemplo, admitir toda la secuencia del asesinato en el canal? Está bien planteado el mecanismo empleado para proceder a eliminar al nuevo blanco, pero la preparación y el ocultamiento del arma en una canoa se da por sentado apelando a las bravas.
Tampoco puede entenderse que el mafioso de la ciudad pague a otros para matar a los que le apetece, cuando cuenta con una amplia banda de asesinos. Y no digamos de la imposibilidad de estos de conocer el lugar donde habita Joe.
Realmente a la película parece no interesarle la lógica (¿por qué no matan los mafiosos al discípulo y la chica, conformándose con hacerlos prisioneros?) y sí la acción pura y dura. De ahí que a medida que transcurre el retraje, el filme se vaya mostrando más apagado, más errático. Sus desgarrones van quedando al descubierto a medida que la narración se prolonga. Es difícil sostener un entramado donde todo se supedita a un sinfín de muertes, persecuciones, raptos o asesinatos. A pesar que en algunas de las muertes se intente buscar cierta originalidad, como el asesinato en la piscina.
Hay un instante en el que el filme decididamente entra en barrena. Desde ahí se repite de forma cansina: su punto de inflexión se corresponde con la secuencia del asesinato en el canal. El resto de la película no logra levantar el vuelo. Ni el desconcertante discípulo asiático, ni el rubio lugarteniente mafioso con pinta de nazi, ni Joe con su peinado a lo navajo pueden devolver la agilidad que la película tenía en sus primeros momentos.
Desde la mitad hacia el final hasta la ciudad aparece sabida y poco vistosa. Todas esas imágenes forman parte de una pirotecnia barata, cuya explosión resolutiva se alarga innecesariamente. La secuencia que termina por asestar la puntilla a la película es toda la parte final, que transcurre en una especie de edificio amurallado. Todo, en la antesala de la conclusión y en ella misma, se resuelve a base de vapuleos y destrucción. Demasiado previsible y cargante.
Ese es, en definitiva, el sino de una película, que poco a poco va mostrando sus infinitas limitaciones. Sin embargo la taquilla le será propicia. Los espectadores de hoy día admiten y se contentan con cualquier cosa.
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BANGKOK DANGEROUS (1)








