jueves 24 de mayo de 2012

Última actualización01:59:55 PM GMT

RSS
Usted está aquí: Sin perdón Balada triste de trompeta (2)

Balada triste de trompeta (2)

E-mail Imprimir PDF

Inglorious Spaniards por Álex de la Iglesia

Balada triste de trompeta, de Álex de la IglesiaLa inesperada estética y la sofisticación que habíamos visto en las imágenes promocionales del último estreno de Álex de la Iglesia nos habían animado, al menos a quien escribe, a creer en la inminencia de algo gordo. Una película de autoría adulta, llena de rizos al culto y digna de su presupuesto. Lo que suele llamarse una película de madurez, con un toque arquetípico e incluso universal. Inocentes, quizás, los que nos sentimos atraídos por la poética de su título y la leyenda del payaso triste.

A caballo entre la Guerra Civil y los años 70, la película narra la peripecia de Javier (Carlos Areces), hijo de un payaso reclutado por el bando republicano en plena función y asesinado como preso político por un coronel fascista. Lo que empieza como una historia de honor, de un niño de la guerra que sueña con ser payaso para dignidad de la memoria familiar, acaba siendo una de esas extrañas opciones vitales de la psicopatía del absurdo propia de las criaturas del autor, desde su primer corto Mirindas Asesinas. “Soy payaso porque si no sería un asesino”, es en este sentido y a ciertas alturas del film, una frase iluminadora.

Lejos de leyendas universales y honores, el resultado queda en thriller de trama libérrima aderezado con el barroquismo del mundo circense. Una plástica potencialmente bizarra que sienta bien al director, que explota ciertos carices de la violencia y el desmadre de Acción mutante o El día de la bestia, pero que no llega a darnos un resultado del todo entero o a la altura de las expectativas.

Optando por el tópico del triángulo amoroso, Álex de la Iglesia se divierte a su manera, como ha hecho siempre, haciéndonos olvidar paulatinamente la película a la que nos invitaba el romanticismo felliniano de un prólogo estupendo. Alguien dijo una vez que quien tiene un buen inicio, quien logra atrapar en la primera escena, ya tiene una película. De la Iglesia prefiere tener a un psicokiller vestido de payaso campando a sus anchas por el escenario de la transición española.

La impresión global de Balada triste es que la película no ha estado nunca al servicio de su semilla dramática, que coquetea durante la primera parte del film con una trama espejo en la que el dualismo inmortal del clown y las dos Españas se miran de modo hiriente. Una semilla potente, sembrada con maestría en ésa obertura quizás demasiado sugerente para el festival de bizarrerías por el que definitivamente la cámara sucumbe en desatada tentación.

La impresión global de Balada triste es que la película no ha estado nunca al servicio de su semilla dramática

Ya entrados en la trama, la única balada a la que podría aludir esa poética del título es la que bailan el buen y el mal gusto en una película excesiva, fallera, atrevida y lograda en muchísimos momentos, pero deslucida en detalles de reparto, extrañezas de guión y una trama demasiado encaprichada de esa violencia gratuita que, cuando olvida estar al servicio de una ironía de plomo, molesta. Cabe un sentido luto por Jorge Guerricaechevarría, la inseparable mano escribiente de Álex de la Iglesia, a quien el montaje, a ratos aburridamente imparcial, no salva de su solo como director y guionista.

Desde La comunidad, De la Iglesia apuesta por producciones complejas. Actitud loable y quizás algo lamentada a propósito de Los crímenes de Oxford. Balada triste es un gran proyecto, y es una lástima que la autoría se pierda en una dirección partida entre el equilibrio de la orquesta y la voluntad hacia una idea brillante. Y aquí es donde encontramos lo que no esperábamos, el ingenio de enhebrar una trama de creciente delirio a otro delirio mayor y preexistente (el de la historia española desde la Guerra Civil a la transición).

Recordándonos la mala leche del más reciente Tarantino (y los placenteros aplausos que se llevó su Malditos bastardos), el autor nos brinda, en última instancia, una comedia de categoría que consiste en la venganza que a veces el cine consigue robar a la Historia mayúscula. Ésta es la de estar presente en el lugar y el momento precisos para darse el gusto de dar un mordisco a Franco, dinamitar la obra del Valle de los Caídos o levantar las cejas a un coche conducido por militantes armados porque en la misma escena del clímax del film se les ha ocurrido hacer estallar el coche de Carrero Blanco.

Recordándonos la mala leche del más reciente Tarantino (y los placenteros aplausos que se llevó su Malditos bastardos), el autor nos brinda, en última instancia, una comedia de categoría que consiste en la venganza que a veces el cine consigue robar a la Historia mayúscula

El noveno largometraje de Álex de la Iglesia deja una sensación de atropello embolado, pero también la certeza de una voluntad hilarante hacia la comedia catártica. Bajo esta luz podría cobrar nuevos significados la decisión de una película sorprendente en el registro del autor. Cobraría sentido que De la Iglesia rescate al clown que desde el bufón de Shakespeare es quien puede contar la historia diciéndole lo que le venga en gana. Disimularía ese desmadre no exento de vulgaridad que se pierde pero vuelve a ratos para convertir ciertos monumentos patrióticos en emblemas del libre albedrío, porque la pirotecnia, al fin y al cabo, está justificada y los locos están exentos de culpa: “No somos nosotros, es este país, que no tiene remedio”.

El cine español siempre cayó bien por su salero al lamentar el propio país desde la falla, y Álex de la Iglesia decreta una bastardería irremediable y sin gloria desde la perspectiva de un niño espectador de Los payasos de la tele y el año en que nos dejó Berlanga. Creemos que es esta voluntad de calidoscopio histórico cargado de balas lo que conquistó en Venecia, cuyo jurado falló a favor de su guión.

Esa supuesta mirada libre sobre la triste balada de la historia española podría haber hecho que el barroquismo de ciertos iconos y la valentía de algunas escenas cumbre pasara por alto la dudable entereza de lo contado, y perdonara la tendencia al mal gusto o a los diálogos improbables. Lo cierto es que es tan fácil entrar en la película como salir de ella. La potencia de sus títulos de crédito es directamente proporcional a la flojera de sus subtramas y a algún que otro amago de infarto del ritmo del montaje.

A toro pasado queda esa idea más o menos convincente del canto amargo, clownesco y perverso a una patria sin remedio, a un culo de saco de país que no sabe lamerse las heridas, firmada nada menos que por el director de su Academia del Cine

A toro pasado queda esa idea más o menos convincente del canto amargo, clownesco y perverso a una patria sin remedio, a un culo de saco de país que no sabe lamerse las heridas, firmada nada menos que por el director de su Academia del Cine.

Con todo, desde las butacas de frontera adentro, echamos de menos cosas que ya hemos visto aprobadas en antiguas ocasiones del autor. El ligero pero certero sabor de decepción podría notarse tanto en el pundonor del culto más puro del primer De la Iglesia como en la ingenuidad de quienes esperábamos correspondencias entre Fellini y Tarantino, así que no acompañamos a quienes, aparte del aplauso a la ironía y al sentido del humor (absténganse debutantes o espectadores con tendencia a la indigestión), también se han animado a hablar de una película redonda.

Escribe Marga Carnicé

 Título  Balada triste de trompeta
 Título original  Balada triste de trompeta
 Director  Álex de la Iglesia
 País y año  Francia, España, 2010
 Duración  107 minutos
 Guión  Álex de la Iglesia
 Fotografía  Kiko de la Rica
 Distribución  Warner Bros. Pictures
 Intérpretes  Santiago Segura, Fernando Guillén Cuervo, Antonio de la Torre, Javier Botet, Fran Perea, Sancho Gracia, Carlos Areces, Juana Cordero, Raúl Arévalo, Terele Pávez
 Fecha estreno  11/12/2010
 Página web  http://baladatristedetrompeta.blogspot.com

 

Banner
Banner
Banner
Banner
Banner