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El parricidio de los Corleone
Escribe Juan Ramón Gabriel
A imitación de los enfrentamientos entre “monstruos” tan característicos de la industria cinematográfica de serie B (Frankenstein contra el Hombre Lobo, Alien versus Predator, Godzilla contra quien sea), el cine de qualité también ha propiciado el enfrentamiento entre “monstruos” de la interpretación, entre vacas sagradas por su prestigo actoral. En el caso que nos ocupa, asistimos al “parricidio” entre Don Vito Corleone joven (Robert de Niro) y su retoño preferido Michele (Al Pacino).
La expectación generada por el duelo interpretativo entre dos grandes “pistoleros” del Far Hollywood es el reclamo principal de un filme elaborado con pólvora mojada y con armas enmohecidas.
Dada la talla de los actores protagonistas y su provecta edad, se les ha insertado en uno de los géneros clásicos por excelencia: el thriller. Pero el cansancio que asoma en los rostros dignamente envejecidos de los actores se convierte en tedio, desde el mismo principio, a lo largo de este aburrido e insulso relato criminal.
Paradójicamente, la transparencia clásica que se persigue en la lógica de la narración, su planificación de orden ortodoxo, renunciando a los mecanismos discursivos posmodernos (ralentización de la imagen o lo contrario, apresuramiento; ritmo frenético mediante la sucesión de planos brevísimos; renuncia al estatismo y quietud de la cámara, etc.) pone en evidencia las carencias de su clasicismo.
El guión, que es el cimiento de una buena historia y de unos personajes compactos, muestra unas grietas enormes, puesto que, ahora sí, está construido a través del “pastiche” (la dichosa posmodernidad mal entendida) de otros dos filmes, citados en la propia historia por uno de los intérpretes para que el espectador sea consciente del pretendido guiño irónico: nada más ni nada menos que se persigue el entroncamiento con Harry Callahan, alias Harry el sucio, y con el doctor Hannibal Lecter.
Se ha pretendido crear un serial killer utilizando la incorrección política (y su carácter insobornable, de llanero solitario justiciero) de Harry el sucio con un injerto de psicópata vía Doctor Lecter. El híbrido resultante es un engendro. Debería de haberse conseguido una especie de Teniente corrupto a lo Abel Ferrara, pero la radicalidad de éste sería inasumible en un producto cinematográfico de estas características.
El trampantojo lingüístico al que se recurre para intentar mantener en vilo el interés del espectador, al que se le engaña obligándole a identificarse con la confesión que está realizando Turk (de Niro) ante los de asuntos internos; identificación con la imagen pues las palabras que dice pertenecen a su compañero Rooster (Pacino) provoca sonrojo en el espectador, lo mismo que el motivo que induce a cruzar la tenue línea del delito a Rooster (“he perdido la fe, compañero”), así como la secuencia final, el duelo literal, remedo del western, entre los dos amigos compañeros, con el desenlace “parricida” del mismo.
Todos los tics de de Niro y Pacino desfilan por la película; la química entre ellos es inexistente; la “potencia” sexual y física exhibida por el pobre De Niro, por su personaje, abochorna. Mejor que continúe con la serie de los padres de ella, de él y de quien sea. Aunque bien cierto es que la actuación de Pacino otorga cierta dignidad a De Niro. Pacino se esfuerza por dejar bien patente que aquello no va con él desde el principio, con su dejadez, su indolencia. Patético.
Bien, ya lo decía don Vito Corleone: “no es nada personal, es un asunto de negocios”. Esperemos que haya sido un buen negocio para los ex–Corleone.
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ASESINATO JUSTO (1)








