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Embelesamiento documentado
Escribe Daniela T. Montoya
Manuel Delgado Villegas es el objeto de estudio de Arropiero, el vagabundo de la muerte, realizado por el experimentado documentalista Carles Balagué. Conocido como “el Arropiero”, dado el trabajo de comerciante de su padre, Delgado Villegas es considerado uno de los mayores asesinos en serie de España.
Con una infancia precaria, y huérfano de madre tras el nacimiento de su hermana, Manuel y su familia subsistían (como buena parte de la población española de los años 40 y 50) trapicheando con lo que podían. Del mercadeo con arrope de su padre heredó la costumbre de no echar raíces, la facilidad para aplicar un razonamiento práctico a la vida y el desarrollo del instinto comerciante.
Desde el sur de Andalucía, el Arropiero se movió a sus anchas por la precaria España de los años 60, el sur de Francia del lujo y la mafia marsellesa (para quienes hizo algunos trabajillos), flirtear también con la italiana más sórdida, y de vuelta hasta la ciudad gaditana del Puerto de Santa María. Allí, en 1971 fue detenido acusado de asesinar a una mujer. La sorpresa que se llevó la pareja de policías que le interrogó fue descubrir que este sujeto, anodino hasta la fecha, se enorgullecía de haber cometido decenas de asesinatos.
Una vez presentado el sujeto, el documental de Carles Balagué desgrana lo que hace excepcional a Manuel Delgado Villegas. Excepcionalidad que es abordada desde dos ámbitos: el análisis de su personalidad y la reacción jurídico-policial, quedando, por tanto, ignoradas su repercusión social y su entorno familiar.
Así, sobre su personalidad, se destaca su afán de notoriedad, su tendencia al hedonismo, su simpatía embaucadora y su psicología patológica (desde la necrofilia, hasta su evidente falta de arrepentimiento), y se descartan condicionantes fisiológicos (como tener un cromosoma XYY y posibles disfunciones sexuales) como aspectos determinantes de su comportamiento psicópata. Para hacer este cuadro del Arropiero, Carles Balagué recurre a la voz de los expertos que participaron en la investigación y del que, indirectamente, ellos mismos forman parte completando el aura de fascinación que generó este asesino.
Tomando como base documental la entrevista, el documental Arropiero… desanda el camino que siguió la policía para confirmar la autoría en algunos de los crímenes que este tipo, cuyo bigote a lo Cantinflas le da un aire simpático, se autoinculpa con orgullo. Así, policías, jueces, forenses y psiquiatras reconstruyen los hechos, con la perspectiva que otorga el paso de los años (y décadas), desde sus púlpitos de acción, a saber, el lugar del crimen, la palestra del tribunal, el laboratorio o el psiquiátrico, respectivamente.
Son narraciones que Balagué monta casi entrecortándose unas con otras, ya que en la investigación no hay disensión. Pero la homogeneidad del discurso de los especialistas, a medida que el documental evidencia las fechorías de este crápula, comienza a verse salpicada por las opiniones y sentimientos que despierta en quienes le trataron. Afecto, que se desprende de las fraternales fotos que documentan cómo realizaron la investigación, viajando por la costa Mediterránea y la Ibiza donde aún coleaba el movimiento hippy; admiración, por ese desparpajo con que trataba a sus “carceleros”; sorpresa, que provocaban sus descripciones detalladas sobre la escena del crimen; asombro, ante la facilidad que tenía para moverse y cruzar fronteras; y hasta pena, por ver la degradación física que acabó con su vida “recluido” en un psiquiátrico.
El Arropiero fue (y es) un caso excepcional en la historia criminal de este país. Si a Manuel Delgado Villegas no le hubiera gustado alardear de sus crímenes, muchos de los asesinatos nunca se hubieran descubierto (como demuestra el desglose entre los que se atribuye Delgado y los que la policía confirmó, aunque haya la convicción de que hubo muchos más que decidieron no investigar), o habrían acabado en vía muerta, o desafortunadamente se atribuirían a otras personas.
La película de Balagué da cuenta de esta fanfarronería despiadada del Arropiero, pero también del atraso jurídico-policial que vivía la España predemocrática. Sin una formación especializada y sin pautas consensuadas de investigación en delitos de sangre (¿para qué, si los únicos criminales eran por causas ideológicas?), la pareja de policías que se “encontró” con el caso del Arropiero procedió siguiendo los pasos que éste les dictaba. Ni la jefatura central de Madrid se planteó trasladar el caso a instancias más cualificadas cuando, ante la envergadura y extensión geográfica a las que apuntaban las confesiones del Arropiero, desde la comisaría gaditana pensaron en delegar el asunto.
Tampoco interesó demasiado hallar pruebas de todos los asesinatos que se autoinculpaba el Arropiero, ya que con una decena ya era suficiente para considerarlo obscenamente depravado. Además, por aquella época, no existían tratados internacionales que permitiesen el intercambio de información entre policías de distintos países, pero ¿acaso había en España un trabajo conjunto de las distintas comisarías locales?
La documentación visual que progresivamente se va intercalando en las entrevistas sirve más para atestiguar la familiaridad con que los policías y el Arropiero recorrían la Península e Ibiza, que no para documentar los crímenes. Son, principalmente, postales de viajes que se habrían hecho amigos comiendo junto a la playa o visitando un paraje perdido, cuando en realidad quien está en el centro de la mesa es el asesino al que investigan y los matojos que señalan era donde escondía a su víctima. Y es que por aquel entonces ni siquiera había interés por recoger muestras fisiológicas…
El Arropiero dice que ese no es el colchón donde asesinó a la joven francesa, o identifica la piedra con que machacó la cabeza a un hombre que descansaba junto a la playa. Su testimonio es suficiente. ¿Para qué tomarse la molestia en tomar pruebas? Y, claro, sin pruebas, ¿cómo condenarle judicialmente? En los archivos judiciales tampoco había precedentes de asesinos sanguinarios como el Arropiero, que matan sin un patrón establecido.
Por tanto, la solución que se adoptó fue el limbo legislativo, es decir, quitarlo de en medio primero, encerrándolo en la cárcel sin haber una condena en firme; después, trasladándolo a un psiquiátrico donde aplacaban con electroshocks (tan de moda hasta la década de los 90) sus instintos más primarios. Un final no demasiado tormentoso para quien, habiendo crecido en la hambruna, es feliz teniendo tres comidas al día, techo, baño y jardín.
