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Revisión infernal terroríficamente muerta
Escribe Ángel Vallejo
Hace casi treinta años Sam Raimi protagonizó una pequeña revolución dentro del género de terror, presentando en sociedad su más que notable Posesión infernal (Evil dead, 1981), que no pasaba de ser una pequeña gamberrada rodada con escasísimos recursos, pero mucha imaginación, entre un grupo de amigotes de la facultad que comenzaban a hacer sus pinitos en el mundo del cine.
Posesión infernal apenas contaba con un guión estructurado: se basaba en una historia sencilla desarrollada en torno a una bien elaborada sucesión de golpes de efecto que mezclaban a partes iguales el humor y el gore, y cuyo destinatario último era el protagonista principal, un Ash (Bruce Campbell) que se convertiría en protagonista de la trilogía del Necronomicón (junto con Terroríficamente muertos y El ejército de las tinieblas) y en héroe de toda una generación a fuerza de recibir mamporros y amputaciones, además de exhibir su habilidad para resolver situaciones sencillas de la manera más torpe y complicada posible.
Posesión infernal revitalizó el estilo del slapstick, hasta entonces vedado a todo género que no fuera la animación socarrona, y pobló de humoradas un género aparentemente tétrico y estirado como era el del cine de terror. Eso siempre contará en el haber de Raimi, acaso no exento de ciertos débitos hacia el Roman Polanski de El baile de los vampiros (The fearless vampire killers, 1967).
Pero hete aquí que la fama alcanzó al gamberro de Raimi y le abrió (no sin esfuerzo) las puertas del mainstream. Si bien es cierto que por lo general sus películas no han abandonado el terror y el fantástico, no lo es menos que incluso se ha adentrado con desigual éxito en el western, el melodrama y el thriller, por no hablar de sus consabidos e indiscutibles éxitos en el subgénero del cine de superhéroes, con Darkman y sobre todo, la trilogía de Spiderman a la cabeza.
Es quizá por ello que, en cierto modo como homenaje, o quizá por el hecho de que sus fans le recriminen el abandono de su verdadera vocación primigenia, Raimi ha querido volver a los orígenes, haciendo una especie de revisión actualizada de su éxito de los ochenta, pero sin la frescura ni el talento de la juventud.
Arrástrame al infierno tiene la misma estructura que su lejana predecesora, esto es, casi ninguna, y se limita a proponer una serie de situaciones angustiosas para la protagonista dentro del espacio cerrado de cualquier casa. Lo que ha cambiado es que merced a la mayor capacidad económica del productor, ahora los escenarios no se limitan a una cabaña del bosque, sino que se multiplican a lo largo de todo el metraje, pero el grueso argumental del film, más allá de la bien hallada excusa para introducir lo sobrenatural en forma de maldición gitana (una denegación de hipoteca en un tiempo en el que la banca parece el origen de todos los males), se sustenta en las consabidas manifestaciones del espíritu maligno (el Lamia) que agita cacharros, rompe vajillas, vomita líquidos asquerosos y atormenta en sueños a la protagonista, no sin antes homenajear a Murnau arrastrando maléficas sombras de sus garras sobre pasillos y escaleras.
Lo penoso es que todo esto no da para mucho ¿De cuántas formas pueden agitarse los cacharros? ¿De cuántas pueden romperse? Y más aún, ¿de cuántas que no hallamos visto ya desde hace treinta años? Raimi apenas es capaz de reinventarse en dos o tres escenas, alguna particularmente desagradable, y el resto suena ya a demasiado visto.
Un entretenimiento menor que puede sorprender al espectador quinceañero que no haya visto nada de cine de hace más de diez años, que ignore todo lo relativo a Raimi y su anterior estilo y que se asuste ante el sobresalto fácil (y convenientemente avisado hasta diez segundos antes en pantalla) de cara maléfica y golpe de sonido orquestado.
Por lo demás, incluso la supuesta sorpresa final del filme es demasiado evidente como para no anticiparse con un poco de perspicacia veinte minutos antes del desenlace, que al menos, tiene la virtud de poner a cada uno de los protagonistas donde se merece.
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ARRÁSTRAME AL INFIERNO (1)








