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América, una historia portuguesa (3)

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La trastienda del euro

americaunahistoriamuyportuguesa00Partiendo de un topónimo cuya denotación geográfica ha albergado durante el siglo XIX y XX las ilusiones de mejora social de una ingente cantidad de emigrantes europeos, el guionista y director Joâo Pinto realiza una deslexicalización de su significado, asociado a un imaginario colectivo que le configuraba las cualidades de una nueva tierra de promisión, de paraíso edificado en la tierra.

El irónico título esconde la radiografía de los nuevos edenes migratorios, que el paso del tiempo y las circunstancias históricas han convertido en dantescos infiernos para los nuevos pioneros. América es Europa, la vieja y gastada ninfa  antaño seducida míticamente por el toro jupiterino; más en concreto, un hipónimo de la misma, uno de los países caracterizados por nutrir esos flujos migratorios: Portugal.

El punto de vista adoptado sea, tal vez, lo mejor de la película. Se renuncia explícitamente a todo discurso moral, a todo maniqueísmo reduccionista, a toda confrontación dualista, en aras de una postura dialéctica que persigue retratar la intrahistoria de las últimas corrientes migratorias en territorio europeo. En un mundo económicamente desregularizado, en una economía mundializada, un país históricamente generador de emigrantes se convierte en receptor de inmigrantes.

El universo moral en el que se desenvuelve la película es el hobsiano homo homini lupus y las imágenes que reflejan esta ideología riman consonantemente con el tema: una aspereza rugosa, desagradable para el espectador, se adueña de la pantalla, sin que se nos ofrezcan asideros donde refugiarnos del pellejo hirsuto, híspido que la historia vierte a raudales. Se correría el riesgo de caer de lleno en un discurso naturalista sustentado sobre la sordidez, al modo de la Gomorra de Garrone, pero acertadamente el director lo evita, focalizando la película a través de la protagonista femenina, Lisa, una joven ucraniana casada con el portugués Víctor. Efectivamente, la atmósfera que destila la película es sórdida, pero tal cualidad se refleja en personajes, espacios, objetos, en el clima emocional, sin llegar a ser una cantinela ideológica preconcebida que aherroje y fagocite a los personajes.

Un discurso contenido, frío, pero que no repara en mostrar tanto lo desagradable como ciertos destellos de esperanza y lirismo preside el pulso de la narración. Nadie está condenado ni salvado de antemano, aunque resulte agobiante el entorno en que se desenvuelven los personajes.

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El director ha ubicado el escenario en el reverso de la Lisboa más turística: la acción transcurre al otro lado del estuario del Tajo, en Setubal, ciudad dormitorio y pueblo de pescadores arrasado por la crisis económica. En lontananza, se pueden percibir las luces y el perfil de Lisboa, sus reflejos. La geografía tiene su correlato objetivo anímico: esa especie de ratonera donde habitan Lisa, su marido Víctor, su hijo Mauro, la abuela impedida y constantemente postrada en cama de la que ella se hace cargo, así como todos los compinches que forman el grupo de trabajo de Víctor; ese espacio laberíntico, de callejuelas estrechas propias de un antiguo pueblo de pescadores desestructurado y desvencijado por los nuevos tiempos, es un reflejo de la claustrofobia anímica en que se desenvuelve Lisa, de su contenida y distante desesperación.

La cámara se demora en retratar a los personajes a través del entorno, con especial relevancia a toda una serie de bibelots y objetos pertenecientes a una época periclitada, a un tiempo en blanco y negro anterior a la irrupción del euro y la europeización a marchas forzadas de Portugal, pero lo mismo valdría para España, Grecia, Irlanda… Todos esos cachivaches muestran la decrepitud actual y una melancólica tristeza por un mundo desaparecido, al que los personajes se agarran para no ser devorados por los nuevos tiempos.

Estamos ante un espacio de la devastación, tanto anímica como física; tanto de los países de los que proceden los inmigrantes que pululan por la pantalla (rusos, ucranianos, africanos…) como la devastación de los portugueses que habitan en los márgenes del sistema, que se aprovechan e intentan hacer negocio con la podredumbre de los recién llegados, inmersos ellos mismos en las orillas de la riqueza. La nueva familia de Lisa es un compendio de parásitos sociales, de pobres desgraciados que intentan sobrevivir mediante estafas cometidas sobre unos personajes aún más desgraciados que ellos. El cinismo que los caracteriza los dota de consistencia. Son unas alimañas esperpénticas, que chapotean en su propio lodo.

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No obstante, la película se ve lastrada por ciertas deficiencias que la perjudican. Posiblemente debido al peaje propio de la coproducción, la historia protagonizada por Fernanda (María Barranco), la exmujer de Víctor, resta credibilidad a la historia. La secuencia de su presentación es un remedo de modo tarantiniano. Fernanda bascula entre su condición de mafiosa de pacotilla y de presencia incongruente en el universo familiar de su exmarido. Debemos de admitir que representa el iberismo, en su alianza explotadora de lo foráneo. Fernanda entorpece sin aportar nada. Los mafiosos rusos pecan de cierta configuración esperpéntica, en disonancia con el tono predominante del filme, de tal manera que la oscilación entre drama y toques de comedia nigérrima no están bien insertados.

Tampoco la concesión a cierto realismo mágico, mediante la secuencia en que un barco queda varado en el techo de la vivienda, a raíz de una tormenta, así como su persistencia dos meses después, aporta nada a la película.

La contención y coherencia mantenida hasta ahora está a punto de hacer zozobrar la historia, por demasiado abigarramiento: la virulencia de las aguas del atlántico que han estado azotando la enclenque vivienda-familia en donde ha buscado refugio Lisa acaba por limar su resistencia. La inclusión de los médicos ucranianos sirve para propiciar la espoleta del conflicto emocional en Lisa: el más joven de ellos será un acicate para emprender una nueva huida, sin muchos visos de éxito. Los últimos veinte minutos precipitan un final, puesto que el desarrollo se había quedado estancado, se había vuelto innecesariamente repetitivo.

No se ha sabido profundizar más en ciertos atisbos de lirismo y desgarro, tales como la búsqueda del calor humano en los lechos vacíos, la necesidad de querer y ser queridos que muestra hasta el canalla protagonista. La ejecución compasiva de la abuela por parte de Lisa es toda una muestra de amor, un remanente de su anestesiada capacidad de amar.

Para como están los tiempos cinematográficos, la película al menos es un soplo de aire puro, un hálito de verdad, a pesar de todos los escollos que no ha sabido superar. El espigón de A cova do vapor que repetidamente aparece en pantalla abatido por el fuerte oleaje atlántico es un símbolo temático del dique interior de Lisa. El final anticlimático, en su desesperanza, clausura un recorrido vital sin salida, un ejercicio de pura y dura supervivencia para una mujer condenada irremisiblemente a su condición ancillar.

Escribe Juan Ramón Gabriel 

 Título América, una historia muy portuguesa
 Título original  América
 Director  João Nuno Pinto
 País y año  España, Brasil, Portugal, Rusia, 2010
 Duración  111 minutos
 Guión  João Nuno Pinto, Luísa Costa Gomes, Melanie Dimantas
 Fotografía  Carlos Lopes
 Música  Mikel Salas
 Distribución  Karma Films
 Intérpretes  Chulpan Khamatova, Fernando Luís, María Barranco, Dinarte Branco, Cassiano Carneiro, Raúl Solnado, Mikhail Evlanov, Francisco Maestre, Nikolai Popkov, Manuel Custódia
 Fecha estreno  17/06/2011
 Página web  http://www.karmafilms.es/ficha_cine.php?ID=141

 

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