Esta es nada menos que la antepenúltima (si no contamos la que tiene en preparación) película del muy prolífico director japonés Takashi Miike, que suele realizar un promedio de dos filmes anuales y que como siempre llega con un ligerísimo retraso a España, tras haber obtenido el premio del público en 2010 en Venecia.
Remake de una película de 1963 de Eiichi Kudo, Trece asesinos está ambientada en el Japón de finales del shogunato, época dorada de los samuráis vinculados a los clanes regentes, pero también a los ronin o espadachines a sueldo que venían a ser algo así como samuráis desheredados o en paro.
Su estructura se desarrolla según las pautas clásicas de las películas de venganza justiciera. En este caso, el ajusticiamiento pretende llevarse a cabo con objeto de cerrar el paso al poder a uno de los más sanguinarios familiares del clan dominante. El interfecto no es más que un psicópata que anhela volver a la era sengoku, la más cruel de la guerra civil japonesa y para ello no duda en ir sembrando la muerte a su alrededor como puro entretenimiento o satisfacción sádica. El hartazgo de los gobernadores moderados hace que encomienden la misión de descabezarlo a un viejo samurái, quien reclutará al efecto a once compañeros sin ofrecerles nada más que el honor de la muerte en batalla.
Con semejantes mimbres, podemos hacernos a la idea de que la película no va a andarse con remilgos, y como para no decepcionar, hace gala de ello ya en la primera escena, donde se nos ofrece (eso sí, con la parte más escabrosa fuera de plano) la ejecución de un harakiri como preludio de lo por venir.
La secuencia no sólo resulta premonitoria en cuanto a la carga hemolítica; en realidad, es la primera muestra de uno de los hilos conductores del filme y sin duda el más estimable: el peso del honor y la vergüenza en la tradición japonesa, enormemente ritualizados y llevados hasta el extremo de sólo poderse lavar con sangre, ya sea propia o ajena, por encima de toda consideración o cálculo racional.
En ese sentido, Trece asesinos cumple con su papel a la perfección; resulta instructiva y esclarecedora y además da una idea de cómo funcionaba el Japón feudal y cuáles eran las relaciones de sumisión y dominio del pueblo llano con respecto a los clanes más poderosos. Paralelamente, hace un magnífico retrato de la vida de los samuráis, antigua élite militar del poder nipón que se había convertido en cuerpo de guardia de las familias más poderosas y que profesaba una fidelidad absoluta a los deseos de sus señores, aún por encima de sus propias ideas, como salvaguarda del código de honor del guerrero, el bushido.

Si por algo debe destacar la película de Miike, es precisamente por haber sabido mostrar las dolorosas contradicciones a las que debe someterse el espíritu del samurái en el cumplimiento de su código; si bien las primeras leyes postulan la necesidad de respetar las propias convicciones y la vida de los indefensos y los inocentes alejándose de la crueldad y el desprecio, no es menos cierto que la última, y por ello cabe colegir que más importante de las reglas dice lo siguiente:
“Un samurái es intensamente leal a aquellos bajo su cuidado. Para aquellos de los que es responsable, permanece inclaudicablemente fiel. Para el guerrero, las palabras de un hombre son como sus huellas: puedes seguirlas donde quiera que él vaya”.
Consecuentemente con ello, si el señor al que el samurái debe fidelidad es un demente, seguir sus palabras es seguir el camino de la locura y muy probablemente, el de la destrucción.
Éste es el nudo dramático en torno al cual Trece asesinos teje la estructura narrativa de su soberbia primera parte: los dilemas entre la fidelidad y la conciencia que llevarán a dos viejos rivales a enfrentarse muchos años después, con la excusa de defender los intereses de sus respectivos señores.
A esta magnífica introducción, que como se ha dicho refleja con notable fidelidad las intrigas políticas y los ancestrales valores del Japón feudal, le sigue un breve episodio de preparativos militares, más bien anodino, como preludio de la batalla final.

Toda vez que resulte curioso denominar como “final” a un episodio que se prolonga durante cuarenta minutos. Es aquí donde Miike abandonará todo ápice de contención para darse un festín de sangre y fuego a costa de la desigual batalla entre los trece protagonistas (doce samuráis de la más diversa procedencia y condición, y un salteador de caminos medio tarumba) y los más de doscientos que componen la guardia pretoriana del sádico aspirante al shogunato. La batalla se prolonga sin interrupción ni respiro durante veinticinco minutos, y aquí no hay atisbo de reflexión ni profundidades filosóficas: es la sangre por la sangre y la brutalidad sin medida. Para el devoto puede resultar orgiástico, y para el profano cansino; no obstante, cabe señalar las magníficas coreografías y el estudio minucioso de la escena, que probablemente pudieran pasar desapercibidas al espectador no avezado en medio de tanto sablazo sanguinolento y rodar de cabezas de ojos rasgados.
Miike sólo se permite recuperar el resuello en los minutos finales, donde vuelve a perorar sobre el absurdo de la guerra por boca de algunos de los protagonistas. Pareciera como si después de darse un atracón, se arrepintiera de su exceso y quisiera purgar culpas… un ejercicio demasiado pueril como para resultar creíble en un director de su trayectoria.
Y es que si algo lastra la magnífica película que podría haber sido Trece asesinos, es ese infantilismo desasosegante que se respira en algunas de sus escenas y planteamientos: como para justificar la intervención contra el futuro gobernador, se hacen ímprobos esfuerzos por convertirlo en un ser despreciable, a veces rayano en lo cómico por sus excesos despóticos. En lo que respecta a los samuráis, excepto los dos mayores, son todos de una pieza: su simplicidad desentona con la supuesta profundidad de su espíritu y quedan desdibujados ante la magnitud de la batalla que se cierne sobre ellos. Para conseguir (o mantener, dado que por momentos la alcanza) la excelencia, Miike hubiera hecho bien en cuidar su película dando un poco más de fondo a sus personajes, pero quizá sean esas las servidumbres de un realizador tan prolífico.

Por lo demás, deben perdonársele también algunas licencias humorísticas, muy propias de la cultura nipona y que, mal que bien, contribuyen un tanto a relajar el exceso de violencia.
No podemos dejar de recomendar, sin embargo, a todos aquellos que disfruten con el cine de acción oriental, una película que aúna profundidades y excesos sin resultar cargante o ridícula: para los aficionados al género, ésta es una pequeña obra maestra; para el resto, una excelente oportunidad para conocer una buena aproximación a una época fascinante.
Siempre con permiso de Kurosawa, claro.
Escribe Ángel Vallejo
| Título | 13 asesinos |
| Título original | Jûsan-nin no shikaku |
| Director | Takashi Miike |
| País y año | Japón - Reino Unido, 2010 |
| Duración | 126 minutos |
| Guión | Daisuke Tengan; basado en un argumento de Shoichirou Ikemiya |
| Fotografía | Nobuyasu Kita |
| Música | Kôji Endô |
| Distribución | Avalon |
| Intérpretes | Kôji Yashuko, Takayuki Yamada, Yûsuke Iseya, Gorô Inagaki |
| Fecha estreno | 12/08/2011 |
| Página web | http://www.avalonproductions.es/13asesinos/ |
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