Academia y académicos
La Academia
El contubernio originario se produjo en una comida. Las comidas son importantes para crear grandiosas fundaciones. Se habla, se pacta, se conspira y se redactan normas que luego se enviarán a amigos de unos y enemigos de otros para, después, en magna asamblea aprobar tal entidad. Luego de pasar por algunos procesos inquisitorialmente burocráticos se procederá a la bendición de la nueva asociación en cuya entidad entrarán, se dice, personajes de más o menos enjundia especializados en diferentes oficios fílmicos. Eso sí, se le bendecirá con el sacrosanto nombre de académicos porque esto, no lo olviden, es una Academia.
El propulsor del invento en esta España hambrienta de cine bueno fue el productor Alfredo Matas. La fecha, para la historia, de aquella comida madrileña fue el 12 de noviembre de 1985. El acta de aquel día no nos dice cómo vestían ni lo que comieron ni bebieron los avispados emprendedores. Eso sí, años después, a punto de producirse un cisma academicista, se reunieron diversas personalidad cinéfilas para recordar tal efemérides. Fue, claro, al cumplirse veinticinco años justos. O sea el 12 de noviembre de 2010.
En veinticinco años
Quizás también sea conocida porque una directora de
En veinticinco años han pasado muchas cosas. También demasiados directores y directoras de la organización, que también edita (por decir algo) una revista, eso sí, muy lustrosa.
Tomen nota de algunos de los que la han presidido: Fernando Trueba, Giménez Rico, Gerardo Herrero, Mercedes Sampietro, Marisa Paredes, Eduardo Campoy, Ángeles González Sinde, Alex de
Ahora, Alex de
Alex de
Hoy

Los dos grandes púgiles son el director Bigas Luna y el productor Enrique González Macho. La tapada es Azucena de
No hace falta presentar a Bigas Luna. Se presenta sólo aunque vaya acompañado, en esta situación, por una de sus actrices y un productor. Es capaz de cualquier cosa. Mediático como él sólo. Lo mismo hace teatro, reduciendo Las comedias bárbaras valleinclanescas a un soberano espectáculo de duración normal en una amplia nave en Sagunto (Valencia), que regenta en Zaragoza un cabaret para peregrinaje de propios y extraños abierto ―incluso en vísperas y festivos― a las cuatro de la tarde, o que en la misma ciudad de
El apellido del segundo púgil es claro. Es fuerte y hombre como él solo. Es uno de los más grandes y conocidos productores (Alta films) y exhibidores (los cines Renoir) de nuestro sacrosanto cine español. Alguien que se las sabe todas respecto a festivales, subvenciones, derechos y libertades. O lo que es lo mismo, dispuesto a evitar que ocurran cosas (pero ¡qué cosas!) como esa de que un académico (denunciado recientemente) pueda subir a la red una película (flojita, flojita) española. Académico que, para mayor sorpresa, llegó a ganar un Goya. Creo que por un corto o algo así. No investiguemos más, please.
El combate, que se celebra el 10 de abril, será muy reñido. En ambas candidaturas hay un productor, un director-guionista y una actriz. Así en la de Bigas Luna están Leonor Watling y Yousef Bokhari, en la de González Macho tenemos a Marta Etura (Celda 211) y Judit Colell (guionista y directora de Elsa K).
Azucena será árbitro o parte, vaya usted a saber. Lo curioso es que a estas alturas de la historia se ha presentado en solitario, es decir no tiene equipo. Lo cual, como mínimo, es sorprendente.
El espectáculo está asegurado. Mientras tanto, en un año nefasto para el cine español (lo contrario que ocurre en el cine en general) sobre todo desde el punto de vista artístico, la escasamente presentable Torrente 4 ―en 3D, para saborear más su vulgaridad― arrasa en taquilla.
Un filme que, con cierto asombro, es al menos admitido (da igual que sea de forma simple) por cierta crítica, quizá absorbida por la innoble fortaleza del sagaz Santiago Segura o, acaso, por buscar su amparo. Filme para saludar las apariciones de unos y otros, gente conocida auspiciada por la prensa o los programas del corazón (“mira ese, mira esa, anda tú los conocemos son…”).
Lo que podía ser un esperpento nacional se muerde la cola para revolcarse en su propia insipidez y vulgaridad. Un cine que, en definitiva, gusta a los espectadores más soeces, más incultos. Todo un conglomerado de los peores clichés propios y ajenos. No se trata de hacer crítica sino de regodearse en lo más vulgar. Feísmo elevado a la quintaesencia. Segura explota un personaje que ha creado de acuerdo al gusto de la gente. Lo que ocurre es que termina siendo devorado por sí mismo. La cuestión es, o al revés, dónde termina Segura y empieza Torrente.
No estaría mal que
Escribe Adolfo Bellido López

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Editorial marzo 2011







